Todavía me pregunto por qué Julio Cobos dijo: “Mi voto no es positivo… mi voto es en contra” a las 4,25 de la madrugada del 17 de julio de 2008.
La lógica de la construcción de la frase marca que lo más adecuado, o lo más usual, debería haber sido: “Mi voto es negativo… mi voto no es a favor”. Ese sigue siendo para mí uno de los misterios que dejó esa noche de tensión en el Congreso Nacional.
A esa hora crucial sonó mi celular por enésima vez. El mensaje de texto decía: “Votó contra Kirchner??!! Lo van echar!!!”: Mi esposa, María Luz, me había enviado el texto como un pedido de socorro psicológico para terminar de entender lo que acababa de ver por televisión.
Ella estaba en Mendoza a 1100 kilómetros de distancia del Salón Rojo del Senado de la Nación, donde me encontraba junto a otros cien periodistas absortos por ese acontecimiento que presagiábamos histórico. Para ese entonces ya había escrito buena parte de la crónica que fue publicada en la edición de Los Andes del 17 de julio del año pasado. En ese momento, casi todos teníamos la sensación de que éramos testigos de algo importante para la vida del país.
Cobos había votado en contra de las retenciones móviles a las exportaciones de granos. Había pegado el salto al vacío político dando un “voto no positivo” al proyecto kirchnerista que contenía a la famosa resolución 125 del Ministerio de Economía.
La mirada del rionegrino y polifuncional peronista Miguel Pichetto se extraviaba por la impotencia, al no haber logrado los votos necesarios que los Kirchner le habían encomendado para imponer las retenciones móviles a la soja.
Cobos lo hizo después de un discurso que duró unos minutos pero que fueron eternos. Sus resoplidos saturaron el micrófono y se alternaron con sus argumentos biográficos (recordó su paso por el Ejército como soldado en la época del conflicto con Chile, que casi termina en una guerra). Esos detalles, relatados con voz entrecortada, se mezclaron con silencios y movimientos pendulantes. Esa coreografía política crispó el ambiente del recinto como si fuera el final abierto de una historia incierta.
Minutos antes, la voz del sanrafaelino Ernesto Sanz había retumbado dramáticamente reclamando la presencia de Cobos en el ámbito. Luego, el senador radical admitiría que su tono se debía a la tensión del momento, donde Cobos tenía que desempatar la votación que había quedado 36 votos positivos contra 36 en negativo.
En realidad Sanz tenía dos temores que lo condicionaban. Por un lado esperaba que a Cobos no lo retuvieran para llegar al recinto; y por otro, no sabía fehacientemente cómo sería el voto del vicepresidente.
Los acontecimientos que se vieron esa madrugada a través de los 6 millones de televisores (eso dice un cálculo en base al rating) tuvieron como telón una seguidilla de actos tan o más cruciales de los que se vieron por las pantallas.
La apasionante trastienda
Cuando ya se sabía que Cobos debía definir la votación me encontré escribiendo mi informe en un ciber a media cuadra del Congreso; las radios porteñas se escuchaban en el apretado local atestado de gente y de computadoras. La sesión del Senado era transmitida como si fuera una partida de ajedrez. Cobos era la pieza definitoria en ese tablero.
A las 2 de la mañana, la efervescencia callejera no dejaba notar que ya era jueves. Para mí era la última oportunidad de mandar un informe antes de la definición porque después, el Congreso quedaría totalmente bloqueado.
El tiempo corrió rápido, casi imperceptible, hasta pasadas las 3. Los 80 mil militantes kirchneristas mantenían la vigilia en la Plaza de los dos Congresos. Para ese tiempo Cobos se predispuso a cenar en su despacho junto a su mujer Cristina Cerutti, su hijo Cleto y la novia del hijo de ambos.
Esa cena fue especial para el ánimo del vicepresidente. Se lo escuchó quejarse amargamente por no poder zafar de su destino personal determinante. Por eso fue fundamental el aliento espiritual que la ingeniera Cerutti le imprimió a ese instante íntimo, invocando a Dios para apuntalar a su marido.
Durante ese momento reservado Cobos miró el televisor y vio lo que todos vimos: la pantalla partida con las imágenes simultáneas del Congreso y de la mutitudinaria concentración en Palermo (unas 300 mil personas) que habían convocado las entidades ruralistas.
En esa secuencia Cobos vio su propia imagen en las gigantografías que portaban los seguidores del Campo, su cuerpo se tensó aún más, había sentido el impacto televisivo. Quizá por eso frente a la asamblea el hombre luego dijo que “el país está partido en dos”.
La marca kirchnerista
Después sobrevino el rigor de la esperada presión política sobre el ya tenso Cobos. Salió de su despacho y en el salón donde están ubicados los sillones, antesala de su oficina, estaban sus colaboradores directos. Lo hizo con paso pausado pero se lo notaba rígido, entonces lo aplaudieron en señal de apoyo. Eran alrededor de las 4,10 y Sanz ya reclamaba a los gritos su vuelta al recinto.
Cuando iba llegando y frente al Salón Illia, lo interceptó José Pampuro. El peronista y presidente provisional del Senado le pasó un celular para hablar con el ahora retirado Alberto Fernández; casi inmediatamente y ahí mismo, atendió otra llamada de Florencio Randazzo y a los minutos la de Néstor Kirchner. A todos les dijo lo mismo. Ofrecía una salida de emergencia a la situación extrema: un cuarto intermedio hasta lograr un proyecto de ley consensuado. También les dijo cómo votaría para que no fuera una sorpresa si se veía obligado a hacerlo.
La verdad es que la alternativa de Pampuro era más práctica: que Cobos abandonara la sesión y él se quedara con la presidencia para evitar el final que, en los despachos, ya parecía inexorable. A la luz de los hechos consumados, eso no prosperó y Cobos a las 4,25 dio el salto a la vereda contraria de los K y comenzó a tener entidad política propia.
Eran las casi las 5 de la mañana del 17 de julio de 2008, los piedrazos y los gritos arreciaban contra las puertas metálicas del Congreso. Los insultos de los militantes kirchneristas eran un trueno de furia.
El notero de CQC, Clemente Cancela, se lamentaba de las casi 20 horas que habían pasado desde comenzada la sesión. Recuerdo que el mismo cansancio le había quitado el humor al menudo comunicador y eso se tradujo en las entrevistas -especialmente, en la de Gerardo Morales-.
Justamente el jujeño y ahora socio político de Cobos, sólo trató de no quedar tan ridiculizado ante la evidencia de quien él mismo había demonizado como traidor al radicalismo. “No me importa cómo votó Cobos, sigo creyendo que es parte del Gobierno”, dijo molesto entre tantas evasivas.
Pude salir del antiguo edificio recién a las 5,45; no dormí por temor de pasar de largo, sólo me recosté una hora mirando la tele en la habitación del hotel que estaba a dos cuadras del Congreso. Los diarios salieron a la calle tarde, con los titulares obvios que resaltaban la definición y el repentino protagonismo de un vicepresidente que se presumía gris -como todos sus antecesores-.
Todavía hoy me pregunto por qué Cobos dijo “mi voto no es positivo… mi voto es en contra”. Nelson Castro hace unos meses se lo preguntó cuando lo entrevistó para su libro “La sorprendente historia de los vicepresidentes”.
“La verdad es que no lo pensé, fue lo que me salió y sólo atiné a aclarar que el voto era en contra del proyecto de la resolución 125”, explicó.
A un año de esa noche histórica, fui consolidando la creencia de que Cobos fue el hombre que no quería votar, porque si lo tenía que hacer -como finalmente ocurrió-, lo sería en contra de la presidenta con la cual llegó al poder. Por eso, quizá no se animó a decir: “Mi voto es negativo… mi voto no es a favor (de Cristina)”.
La noche en que Cobos no quería votar
Un relato a modo de confesión vivencial. El país estuvo pendiente de lo que ocurría en el Senado. Los entretelones de una historia reciente y definitoria para el rumbo de la Argentina.