El poder no es inagotable. Una clara muestra de eso lo tuvimos ayer en el Congreso de la Nación, en el momento en que ingresó al recinto el ex presidente Néstor Kirchner, ahora como diputado nacional.
Convertido en uno de los pocos candidatos testimoniales que finalmente cumplió con el mandato de la sociedad, frente a la casi masiva deserción de quienes fueron votados para ocupar una banca, pero renunciaron a hacerlo, Kirchner juró como diputado.
La imagen no pudo ser más reveladora: antes de que llegara, la oposición copó el recinto y designó en la presidencia provisoria a la radical Lidia Satragno, Pinky, quien logró imponer su voz a una "platea" que la chiflaba y que quería impedir el normal desarrollo de la primera sesión de la era K, con quorum propio opositor.
Cuando Kirchner entró al recinto, no todos fueron aplausos, a pesar de sus gestos grandilocuentes.
Entraba a un lugar que ya le había marcado la cancha y que le recordó, a todo el país, que ese hombre es el mismo que perdió las elecciones de junio, a pesar de su persistencia en concentrar las decisiones de toda la Nación.
Lo vio todo el mundo, en una imagen que, junto con el avance judicial sobre los funcionarios, se transformó en la segunda señal de aviso de que "todo tiene un final, todo termina", como dice la canción setentista.
Todos, menos lo que sintonizaron Canal 7 Argentina que, a la misma hora en que Kirchner era mostrado como uno más del montón, transmitía las instancias de un partido de fútbol, evitando multiplicar una imagen que podría molestar al matrimonio presidencial.
Kirchner, como uno más del montón
Esta semana Néstor Kirchner recibió la segunda señal, luego de las que está dando la Justicia al investigar a sus funcionarios, de que el poder es un bien perecedero. El ex presidente asumió como un diputado más en una sesión en la que la oposición le recordó que en las elecciones de junio último fue derrotado. Por primera vez, el oficialismo perdió el control del quorum en la Cámara baja.