25 años para siempre

Hoy se cumplen 25 años desde el 30 de octubre de 1983, inicio de una era democrática ininterrumpida, pero con muchos altibajos políticos, sociales, institucionales. En este cuarto de siglo a los habitantes de este país les pasó de todo. La democracia aún no está madura, y crecen las dudas por el futuro.

El domingo 30 de octubre de 1983 fue, básicamente, un gran desahogo nacional, un día de luz plena después de la dictadura más terrible que había atenazado a la Argentina, con su saldo de muertos, miles de desaparecidos, exiliados, excluidos, torturados… y un país arrasado en todos los órdenes posibles de la vida.
 
Resultaría poco original hablar hoy de los beneficios del sistema democrático, y de los valores republicanos y federales que hemos elegido para organizarnos como sociedad. Pero sí podemos mirarnos al espejo, 25 años después, y ver cómo estamos, cómo respira nuestra democracia, cómo hemos vivido este cuarto de siglo de enormes altibajos políticos, sociales, e institucionales; e intentar una mirada sobre los años por venir.
 
En “aquella democracia”, la del 30 de octubre de 1983, la Argentina eligió con un robusto 51,7% de los votos –más de siete millones de sufragios- al candidato y al partido que ofrecieron garantizar, mal o bien; valores primordiales como libertad, justicia, pluralidad, y derechos humanos. Y por eso Raúl Alfonsín fue presidente. El peronismo postulaba a Italo Luder, con una fuerte propuesta social alrededor del bagaje ya conocido del justicialismo. Los actos de cierre de campaña fueron impresionantes. Ambos en Plaza de Mayo. Alfonsín reunió a unas 650.000 almas. La fórmula Luder-Bittel un poco más, casi 900.000.

Durante aquella noche de cierre justicialista se produjo una imagen que –para muchos- decretó el resultado de las elecciones, y fue la del candidato a gobernador de Buenos Aires, Herminio Iglesias, quemando un ataúd con los colores radicales y el nombre de Alfonsín, rodeado de los jerarcas sindicales de aquellos tiempos. Días antes, el candidato radical había logrado fijar un fuerte eje de campaña, denunciando un pacto militar-sindical para que el peronismo, una vez arribado al poder, no investigase a las juntas militares por las violaciones a los derechos humanos. Con ello, y el Preámbulo de la Constitución Nacional, Alfonsín logró un triunfo incuestionable. A partir de ese día, nos atropelló nuestra propia historia.
 
25 años son apenas un puñado en la vida de un país. Desde el 30 de octubre de 1983, hasta ahora, la Argentina experimentó –en apretadísima síntesis- el nacimiento traumático de una democracia moderna, el juicio a las juntas, la revelación de una verdad atroz, atemorizante, las revueltas militares de Semana Santa del '87 y la sedición de los carapintadas, la masacre de La Tablada, la hiperinflación, la Obediencia Debida y el Punto Final, los saqueos a los supermercados, la salida anticipada del presidente Alfonsín, el primer recambio institucional del país entre presidentes de distintos partidos, la hiperinflación otra vez, la convertibilidad y el dólar a un peso, los indultos, las privatizaciones, las AFJP, la pizza con champagne, la fiesta, el Pacto de Olivos, la reforma constitucional, los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, el desempleo de casi el 20%, la discusión de la “re-re”, la farandulización de la política, pobreza y recesión, la llegada de la Alianza, el corralito y el corralón, la debacle, las cacerolas, el helicóptero de De la Rúa, el “¡que se vayan todos!”, el riesgo país más alto del mundo, la escabrosa relación con el FMI,  los saqueos “segunda edición”, el descrédito internacional, el default, los cinco presidentes en una semana, las crisis de inseguridad, las muertes por robos, asaltos, secuestros, la pesificación de los depósitos, los crímenes mafiosos, el poder K, el presidente patagónico, su esposa presidenta, la pelea del campo, el voto "no positivo", la muerte de las AFJP, las nacionalizaciones… Y la corrupción, claro, un mal estructural de la nueva democracia pero que venía de mucho antes. Y además, todas las tragedias que hablan de la improvisación y de la falta de controles de una patria desquiciada: Fray Bentos, Lapa, Cromagnon, las rutas…
 
¿Adónde vamos? ¿La democracia argentina es madura? ¿Somos capaces de respetarnos, de oírnos unos a otros, de convivir en el disenso, de sumar, de ser solidarios, de alternar en el poder sin que ello signifique crisis histéricas? ¿Somos capaces de sostener a los partidos políticos como herramientas de participación, de transformación social, de gestión de un Estado? ¿O se trata todo de un 'verso' nacional para quejarnos de manera permanente y pasarla mejor, siendo los 'campeones morales' de todo?
 
La democracia argentina sufre, todo el tiempo, espasmos autoritarios. La falta de respuestas políticas a problemas profundos del país genera reflejos difíciles de canalizar, como los pedidos frecuentes de mano dura, gatillo y bala, en lugar de más y mejor educación, más salud, más trabajo, más ciencia, más investigación, más inversión, mejor distribución de la riqueza, más equidad social, más alimentos.
 
El vacío alarmante de la política, la crisis de representación, la perpetuidad de dirigentes, la corrupción organizada, las mafias, la convivencia del poder con los negocios oscuros, la desilusión colectiva por los gobernantes, muchos de ellos ineptos -cuando no tránsfugas- son signos característicos de esta democracia “a la argentina”.
 
Pasaron 25 años. Y aún no podemos decir que vivimos en un pleno Estado de Derecho, porque hoy se discute –incluso- la propiedad privada, porque el Estado flaquea en servicios esenciales, y porque muchos argentinos que salen a trabajar cada día no saben si regresan vivos a sus casas, sobre todo en los grandes centros urbanos como el Gran Buenos Aires, Córdoba, Rosario, o Mendoza. A ello hay que agregarle que el clima para debatir con seriedad y responsabilidad cada tema importante del país, es muy malo, ya que el estilo kirchnerista de conducción es más bien cerrado, extremadamente duro, con rasgos de intolerancia, y no otorga mucho espacio a la discusión ni siquiera en el seno de su gabinete.

Mirémonos en el espejo del '83, en aquella Argentina utópica y plagada de sueños, en aquel país que creía en la vida en democracia y en la organización social con participación. También quienes nos gobiernan desde el poder central como en muchas de las provincias –incluso Mendoza-, deben reflejarse en aquel momento, y deponer las actitudes autoritarias, la cooptación de la oposición, los intentos de silenciar por medio de las descalificaciones, desechar las teorías del pensamiento unívoco, cesar en las extorsiones a los medios y de (algunos) medios de comunicación, y escuchar a su país, a sus provincias, a sus vecinos.

Se fue la cuarta parte de un siglo. Pero nuestra democracia es apenas adolescente. Sabemos que éste es el sistema en el que queremos vivir, el que nos permite expresarnos, el que nos posibilita deliberar y gobernarnos por medio de representantes que surgen de la voluntad popular, más allá de sus cualidades y competencias. Pero es una democracia que debe ser fortalecida. Aunque por suerte ya no hay trasnochados que la quieran interrumpir, "iluminados" son los que igualmente sobran, siempre dispuestos a la aventura anacrónica.
 
La permanente destrucción de los partidos y de la política como herramienta de gestión, de planeamiento estratégico de un país; ha dejado a la democracia casi raquítica.
Para alimentarla, tenemos que escucharnos. Para fortalecerla, nos tienen que escuchar.

Hemos hablado una y mil veces de “reforma política”. Y nada se ha hecho. Necesitamos partidos políticos transparentes y modernos, representación auténtica, sistemas electorales sanos, fieles, que eviten las famosas “listas sábana” donde se refugian muchos impresentables, o las listas “colectoras” y “partidos express” absolutamente coyunturales y tácticos, armados para favorecer a uno u otro. Nada de todo esto se puede concebir sin una reforma política profunda. Y esa es una cuenta pendiente.

Que este día nos sirva para reflexionar sobre el presente, aun borroso, y el futuro. Y para rescatar el ejemplo de los hombres y mujeres que lograron en 1983, –con todos nosotros, con el país entero- llegar a las elecciones, las primeras de una larga serie que no debe interrumpirse jamás. Es un objetivo largamente cumplido.

Ahora, hay que transformarse en un país en serio.