Las hembras que nos representan

Desde “yegua” a “gato”, pasando por una serie extensa de calificaciones, la mujer tiene más posibilidades de ser calificada y cosificada.

No importa el cargo que ocupe, no importa si es la presidenta o una fiscal, no importa si es una legisladora o una ministra, no importa si llegó a esa posición a través de los comicios o si fue designada. No importa. Si es mujer y se encuentra en un lugar de decisión (o aspira a él), la valoración pasa, por lo general, por aspectos que no tienen nada que ver con sus capacidades o deficiencias.

Desde “yegua” a “gato”, pasando por una serie extremadamente extensa de calificaciones (amén de recomendaciones de ocupar “su” lugar puertas adentro de la casa), la mujer que ocupa un cargo público tiene infinitas más posibilidades que sus pares varones de ser calificada desde los estereotipos y los prejuicios, cuando no desde el desprestigio o el insulto, antes que por sus habilidades, convirtiéndose, así, en una cosa.

No hace falta más que aparecer en la vida pública a través de los medios de comunicación para que la mujer sea calificada, bien o mal, pero calificada al fin. Por lo general, la primera calificación es por su aspecto físico, y de ahí en adelante sólo parece haber un camino de ida hacia el desprestigio y la cosificación.

De hecho, incluso cuando a una de estas mujeres que irrumpen en la función pública se la califica como “linda” o algún equivalente, el desprestigio a sus capacidades comienza a ser evidente. Seguramente recibirá más “halagos” (si es que ser considerada por el culo y las tetas puede calificarse así) que otras, pero tales elogios serán por su físico, no por su intelecto.

En oposición, claro, si esa mujer no cuadra en los estereotipos de belleza publicitarios, los dardos no se harán esperar, aunque como administradora sea más que capaz.

La ropa, el maquillaje, la bijouterie, si se hizo lifting o se puso botox, si tiene cirugías o no, si está excedida de peso o falta de olla, si es austera para vestirse o si calza zapatos de varios miles de pesos. Lo atávico, lo no esencial es el objetivo primero para la calificación, mientras que sus capacidades quedan relegadas a segundos, cuando no terceros planos. En todo caso, puede una mujer ser algo menos agraviada si quien emite un juicio sobre ella coincide política e ideológicamente, pero ni siquiera así se salvará, y es que, ante todo, es una mujer.

Es lamentable escuchar (incluso en los medios de comunicación) que a una mujer se la evalúa por su apariencia, mientras que el trato a los hombres pasa por otro lado, por un lado mucho más distante.

Y ni siquiera se trata de una cuestión emanada del género masculino, porque en muchas oportunidades son las mismas mujeres las que eligen calificar a las funcionarias desde planos tan superfluos como la apariencia. Y, si no, ahí la tenemos a Amalia Granata asegurando, con una ligereza absoluta, que “Fein no es estéticamente lo que esperamos de una fiscal”.

A pesar de todo lo luchado por las mujeres para ocupar el lugar que les corresponde, cada vez que una de ellas asoma la cabeza por encima de la línea de flotación, el machismo agazapado de la sociedad salta con sus garras para vaciar de contenido la presencia femenina en los espacios de toma de decisiones, para convertirlas sólo en hembras, para cosificarlas. Un machismo, a no negarlo, sostenido en gran parte por mujeres.

Alejandro Frias