Fin de ciclo en España

Por más que quieran tapar el sol con un dedo, no se puede. Y el reclamo del pueblo por democracia verdadera y por la república seguirá creciendo.

Se terminó un ciclo en España. No sólo el de la generación dorada en el fútbol, sino también el de 39 años con el rey Juan Carlos como jefe de Estado. Viene la renovación. Y no estoy hablando del campeón del mundo, sino que estoy hablando de política internacional. Desde ahora hay nuevo rey y se llama Felipe VI.

¿Ahora bien, es una verdadera renovación, es un manotazo de ahogado, o es el principio del fin? La investidura de Felipe fue austera, casi en secreto, sin jefes de Estado ni miembros de la realeza europea. Es que no hay nada que celebrar, teniendo en cuenta la realidad política de España y que Juan Carlos se va por la ventana, casi huyendo sin pena ni gloria.

El discurso del nuevo rey estuvo cargado de alusiones a la unidad de España, el viejo y remanido argumento que apela más a una construcción ficticia que a una realidad social y política. Claro que matizó apelando a la pluralidad y a la diversidad en el aire, con una sobreactuación que incluyó saludos finales en euskera (vasco), catalán y galego (gallego). Pero en la calle se vivía un clima represivo que tenía ciertas reminiscencias al franquismo que gobernó durante 40 años. Madrid estuvo blindada por fuerzas policiales, detuvieron a decenas de manifestantes por llevar símbolos republicanos y los manifestantes que querían llegar a la Puerta del Sol se tuvieron que conformar con hacer un acto en la plaza Tirso de Molina, en exigencia de un referéndum en el que el pueblo pueda elegir democráticamente en qué sistema político quiere vivir.

Pero España vive en una democracia controlada, donde la opinión del pueblo no cuenta demasiado. No cuenta demasiado lo que vayan a expresar en las urnas en setiembre próximo los catalanes en relación a si quieren ser españoles o no. Y no cuenta demasiado lo que quieran los españoles, si seguir en un sistema antediluviano como el monárquico o volver a la república.

Y digo volver a la república, porque nunca hay que perder de vista que la actual monarquía es heredera directa de la dictadura franquista. Y que el franquismo fue producto de una sublevación ilegal e ilegítima en 1936 contra la institucionalidad de ese momento, que era la Segunda República. Luego sobrevino la Guerra Civil y más adelante una dictadura con más de 100 mil desaparecidos y 30 mil niños con la identidad robada. Durante esos 40 años el Generalísimo preparó a Juan Carlos para que hiciera lo que hizo hasta hace unas horas, es decir garantizar la impunidad más absoluta. Sobre todo con el Pacto de la Moncloa, un pacto de impunidad que algunos políticos y periodistas argentinos llaman “pacto de gobernabilidad”.

Y en ese pacto propiciado por Juan Carlos participaron tanto los neofranquistas del PP (Partido Popular) como los socialistas de bajas calorías del PSOE (Partido Socialista Obrero Español). Los mismos que ahora apoyaron la sucesión real lo más rápida y disimulada posible. Ante los pedidos de Izquierda Unida y del partido Podemos de llamar a un referéndum para decidir entre monarquía y república, el PSOE se hizo el distraído y miró para otro lado. Se sabía que el PSOE no era ni socialista ni obrero. Lo que no se sabía tan claramente es que era monárquico.

Significa quizá el suicidio político del partido de Felipe González y Rodríguez Zapatero, que perderá el poco caudal de votos que le quedaba. Seguramente en manos de Podemos, que irrumpió en las últimas elecciones europeas de hace un mes con el 8 por ciento de los votos. Y ese sí puede ser un verdadero fin de ciclo que de inicio a una revolución pacífica y democrática.
Por más que quieran tapar el sol con un dedo, no se puede. Y el reclamo del pueblo por democracia verdadera y por la república seguirá creciendo. Como tampoco se puede hundir un corcho en el agua porque de alguna manera, tarde o temprano, sale de nuevo a la superficie. Y así, las heridas de la Guerra Civil siguen abiertas, sobre todo mientras las fosas comunes sigan cerradas, la memoria sepultada y la justicia taponada.

Todo esto en un país que gasta 50 millones de euros en la investidura de un rey. Una escena digna de un cuento para niños, pero no de un pueblo que tiene el 26 por ciento de desocupación, y donde según la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico (OCDE) el salario real bajó en el primer semestre de 2014 un 0,6 por ciento.