Los españoles recordarán 2016 como el año en el que vivieron sin Gobierno. La noche electoral del 20 de diciembre de 2015 dio paso a una incierta etapa política en la que el bloqueo fue protagonista durante más de diez meses.
Y es que hubo que esperar hasta el 29 de octubre de 2016 para investir a un jefe del Ejecutivo. Tras dos intentos fallidos y dos citas electorales, el conservador Mariano Rajoy revalidó su cargo gracias al Partido Socialista (PSOE), al que la decisión de dejarlo gobernar le pasó -y le sigue pasando- factura.
Rajoy fue uno de los grandes protagonistas de este año político en España, pero compartió portadas con el socialista Pedro Sánchez, quien tuvo que dejar el timón de su partido en medio de una guerra fraticida, y con los los líderes de Podemos y Ciudadanos, el izquierdista Pablo Iglesias y el liberal Albert Rivera, dos nuevos actores que, con su fuerte irrupción en el Parlamento, cambiaron las reglas de la política española.
Todos ellos, los cuatro, cruzaron propuestas, críticas y líneas rojas duranta meses, pero fueron incapaces de llegar a un acuerdo para formar Gobierno tras los comicios celebrados hace un año.
Los españoles recordarán 2016 como el año que vivieron sin Gobierno, pero también como el año en que tuvieron que repetir su paseo hasta las urnas, seis meses después de haber votado.
Tras una dictadura de casi 40 años (1936-1939) y más de tres décadas de bipartidismo en España, la fragmentación del Parlamento tras la entrada de nuevos partidos como Podemos y Ciudadanos y la dificultad para formar mayorías propició una situación inédita: la convocatoria de nuevas elecciones.
Rajoy ganó las de diciembre de 2015, pero sin mayoría absoluta. Un mes después, sin la certidumbre de poder sumar los apoyos suficientes para ponerse de nuevo al frente del Ejecutivo, declinó asumir ante el rey Felipe VI la tarea de formar Gobierno, convirtiéndose en el primer candidato español en hacerlo.
Ante su retirada, el líder de la oposición, el socialista Pedro Sánchez, decidió probar suerte para formar un Gobierno "progresista" y alternativo al de Rajoy.
Pero sus planes no salieron bien. Tras varios intentos infructuosos, no logró recabar el apoyo simultáneo de Podemos y de Ciudadanos en el Congreso de los Diputados, por lo que la investidura, celebrada a principios de marzo, resultó fallida.
La imagen del rey de España firmando la convocatoria de nuevas elecciones el 2 de mayo forma ya parte de la historia. Nunca antes había ocurrido algo así en España.
El gran triunfador de esa segunda cita electoral fue Rajoy, el único candidato que ganó apoyos respecto a la de diciembre.
Todas las encuestas electorales se equivocaron. Podemos, que aspiraba a adelantar al PSOE y situarse en segundo puesto gracias a su coalición con Izquierda Unida (IU), quedó de nuevo relegado al tercero, lo que permitió a Sánchez aguantar el tipo pese a los malos resultados y las críticas internas que ya recibía.
La aritmética, sin embargo, seguía sin ser favorable a la formación de Gobierno, ni siquiera tras el pacto alcanzado entre el Partido Popular (PP) de Rajoy y Ciudadanos. El Parlamento continuaba igual de fragmentado y los vetos no caían.
A finales de agosto, Rajoy protagonizó la segunda investidura fallida de la historia reciente de España, solo unos meses después de la de Sánchez. El líder conservador no logró el apoyo de un PSOE cada vez más divivido y el país se vio abocado a una nueva contrarreloj para formar Gobierno con el temor a unos terceros comicios generales en el aire.
El punto de inflexión fueron las elecciones regionales en Galicia y País Vasco, celebradas el 25 de septiembre. Mientras el PP se vio reforzado con su gran triunfo en Galicia, el PSOE recibió un varapalo en ambas regiones que dejó muy tocado a su líder.
La guerra en el seno del PSOE, hasta entonces opacada, se hizo oficial y el descontento de algunos sectores con Sánchez salió a flote. La mitad de la cúpula de la formación dimitió para tratar de forzar la salida de su líder en medio de una crisis sin precedentes que dejó al partido dividido en dos: por un lado, los fieles a Sánchez y a su oposición a Rajoy y, por otro, los favorables a dejar gobernar al conservador para romper el bloqueo político en España.
Sin el apoyo de la mayoría, Sánchez se vio obligado a dimitir y el partido quedó en manos de una gestora que tomó una de las decisiones más importantes y más difíciles en sus 137 años de historia: abstenerse en la votación de investidura de Rajoy y permitirle gobernar en minoría.
El juramento del líder del PP ante Felipe VI el 31 de octubre abrió una nueva etapa política en España, con un Gobierno en minoría y obligado a negociar y a llegar a acuerdos con las fuerzas parlamentarias para sacar adelante leyes y propuestas.
Sin embargo, la parálisis, el bloqueo y, sobre todo, la escasa altura de miras de los partidos durante meses sumieron a la política española en una crisis. Los españoles recordarán 2016 como el año que vivieron sin Gobierno, pero también como el año en que se enfadaron con sus líderes políticos y se decepcionaron.
Ahora, de cara al 2017, las formaciones se enfrentan a la prueba de fuego: la de constatar si son capaces de dialogar y dejar de lado sus propios intereses para hacer política de verdad. Está por ver cuánto durará la nueva legislatura.
Por Ana Lázaro Verde (dpa)