“Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad, sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia, o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”.
Janet Malcom, “El periodista y el asesino”.
¡Ay, linchamos a Jesucristo, Gandhi y la mina de los ojos vendados!
“Me dolía todo, me dolía el cuerpo del pibe, me dolía el corazón de los que pateaban. Pensé que a ese chico lo hicimos nosotros, creció entre nosotros, se educó entre nosotros. Qué cosa falló? Lo peor que nos puede pasar es olvidarnos de la escena. Y que el Señor no de la gracia de poder llorar... , llorar por el muchacho delincuente, llorar también por nosotros”.
Papa Francisco, carta de rechazo a los linchamientos.
Querido diario: ¡estoy muy contenta! No quepo en mí de mi alegría por el deber cumplido. Hoy linchamos a un tal Jesucristo, al negro Luther, a la mina esa de vestido blanco con los ojos vendados y a un viejito huesudo llamado Gandhi. Bueno, también linchamos a otros negros de mierda, pero no recuerdo sus nombres. El nivel de adhesión fue muy alto: hasta carteles hicieron muchos y los diarios hicieron galerías de fotos buenísimas. Vi a varias chicas y chicos del club. Fue un espectáculo espectacular, muy espectacular, tanto que oí por ahí que se estudia integrarlo al calendario vendimial y que los asistentes aporten para campañas a beneficios de los desnutridos.
¿Cómo hicimos? Bueno, fue así: pusimos cebos, Resulta que de ese modo es como se caza a los animales. “Desde los primeros tiempos, la carnada ha cumplido eficazmente con su misión: atraer seres elementales”, dijo un señor mientras los ponía; se ve que tenía experiencia. Bueno, te cuento, ¡te cuento!
Empezamos por Jesucristo. Resulta que el tipo -bastante sucio, siempre con la misma ropa, las mismas sandalias y esa barba impresentable- vivía por allá, me dieron, por el barrio La Favorita, que queda atrás del Cerro de la Gloria, por allá.
El cebo que pusimos fue una puta: cuando estábamos por apedrearla, el tipo se puso delante y ¡la defendió! Después, furioso -¡lo hubieses visto!-, se las agarró a puteadas con los comerciantes y los que tienen mucha ropa y los que son ricos y dijo algo de una aguja y hasta con las fuerzas de seguridad “del imperio”, dijo.
El asunto es que lo llevamos al Cerro de la Gloria, cargando una cruz por el camino más largo, mientras todos le pegaban y lo escupían de lo lindo. Ya arriba, empezamos a pegarle más fuerte: piñas, patadas, piedrazos, mientras les sacábamos fotos y hacíamos videos. Finalmente, lo crucificamos, junto a dos ladrones, que robaron gallinas en un negocio de la General Paz (unas gallinitas de plástico muyyyy grasas, de esas para atarse el pelo).
Mientras le pegábamos a Jesús, apareció un viejito, que intentó defenderlo y se puso a hablar de la no violencia. ¡Para qué! Empezamos a darle a él también. Lo llevamos a los golpes hasta los Portones del Parque, bueno, ese, Gandhi se llamaba, ahí, llegó prácticamente muerto.
No jodió más con la no violencia.
Después, nos lavamos en la acequia la sangre de los zapatos (no quedó otra). Y bajamos hacia el centro y ya nos estábamos desconcentrando, cuando en la Plaza Independencia, vimos a un negro, sobre un banco.
¡No sabés las barbaridades que decía! Alcancé a escuchar una parte y la grabé con el teléfono: “Yo tengo un sueño... Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad". Uhhh!!! ¡Para qué! Después de eso empezamos a darle al negro hasta que la sangre roja y la piel negra, bueno, se confundían. Y ahí, quedó, calladito, boqueando, hasta que murió, decía un señor del campo, como mueren los chanchos.
Ahora sí va a soñar el negro y va a soñar también su puta madre negra también y su mujer y sus cuatro hijitos negritos, prontito seguramente.
Bueno, ¡te sigo contando! Como si fuera poco, llegando a Peatonal y San Martín, nos enfrenta una mina de blanco, con una espada y una balanza. Una loca de mierda como tantas locas de mierda que hay, parecía una puta, pero con vestido largo. En este caso, antes de matarla, muchos abusaron de la cieguita hasta el hartazgo; pobre mina, las cosas que le hicieron. Después, varios tuvieron que ir a confesar pecados a Jesuitas. Uff, a mí todo eso me descompuso. Ahora estoy agotada, querido diario, pero mañana voy a estar de nuevo con todas las pilas. ¡Y vamos por más!
Escuché decir a un señor que “a los efectos de conseguir un mayor número de sacrificables vamos a tomar varias medidas urgentes como abrir todos los portones de nuestros barrios privados y desactivas las alarmas y a plantar miles de señuelos”. Algunos amigos míos que dejaron el rugby quieren comprar rifles con miras así como láser y poner plasmas y estéreos y zapatillas en la calle e instalarse en las terrazas y matar de lejos, para no mezclarse. Cuántas cosas están pasando con los negros, pero la culpa es de ellos, que son violadores y asesinos con planes sociales y los protegen los de derechos humanos.
Para mí, no sé, son como los zombies de The Walking Dead o Resident Evil: distintos de nosotros, contaminados, feos, peligrosos. Por algo serán así. Algo habrán hecho, Dios lo sabe.
¡Ay, me olvidaba..! Al chico llamado Jesús, el que crucificaron, se le cayó un papel del bolsillo de atrás del pantalón. Yo lo recogí. Aquí te lo leo, querido diario, vos sacá tus conclusiones...
Palabras de un pronto muerto
“Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria”.
Osvaldo Lamborghini, "El niño proletario".
“La profe de Lengua quiere que hagamos una redacción que salga de adentro y yo la empiezo diciendo que yo no soy ningún pelotudo: sé dónde se estudia, dónde se come y dónde se chorea. Y si a algún rocho lo linchan, el gil es él por dejarse agarrar. Y siempre son los pibes más nuevitos que andan por ahí manoteando lo que sea y no piensa ni un cachito. ¿Qué vas a choriar una cartera? Dejate de joder; que lo maten; si no lo matan ellos, lo matan los pibes del otro lado de la ruta, que lo andan buscando y cuando se ponen duros se mandan cualquiera con la competencia.
“Profe: le voy a contar cómo empecé a choriar: tengo seis hermanos, pero, una vez, estabámos solos con mi hermano mellizo en un Atomo mirando un chocolate de esos gruesos como una pija. Mi vieja no podía pagarlo y él se puso a llorar y yo lo manotié y me comí la mitad y le convidé la mitad a él. Ahí empezó todo. Por eso, yo choreo y él no y aunque los dos vamos a la escuela. A mí no me gusta estudiar. Laburo no hay, entonces, cuando puedo y meditadamente, mire cómo le uso la palabra, meditadamente, salgo a hacer un trabajito. Y le digo más: jamás he tocado ni una teta en un asalto. Esta la tenemos bien clara también. Por eso, lo que más me jode del noticiero es que nos digan que todos somos asesinos y violadores. Yo no mato ni violo. ¿Usted se imagina lo que sería, profe, si todos nosotros fuésemos asesinos y violadores..? Pero, ¿en serio se imagina--?
“Bueno, el asunto es que un día me van a matar; acá todos nosotros terminamos muertos, después de pasar la mitad de la vida pudriéndonos en la villa y la otra mitad pudriéndonos en la cárcel. No hay caso con nosotros, profe. Nosotros tenemos la culpa por no saber salir para adelante y ya no tenemos remedio. Mire los pibes con los brazos cortados y las lágrimas tatuadas en los pómulos: ¿cómo los hace volver de ahí? Algunos, una vez que pelaron fierro en un asalto, se agarran de ahí, mire, como de una madera cuando se hundió el barco. Yo los he visto. Ojo: yo jamás he salido con fierro; hay uno por ahí y ni sé si funciona; nos lo vendió un cana retirado. Dicen los pibes que hay que ver las caras de los tipos cuando lo sacás.
- Van del desprecio al miedo, me dijo una vez el Fuentón de Achura, y se quedó en silencio como si fuera una estatua. Fue su mejor frase, que en paz descanse.
“Mire, profe, yo le agradezco la oportunidad y le digo que Mendoza está llena de giles y de chantas y, hasta donde sé, los únicos que vamos a parar a la cárcel son mi primos, mis tíos, mi viejo, mi hermanos, mis amigos del barrio y yo. Acá no hay uno solo que tenga carita de ángel. Los únicos que empilchan sin persa son algunos presos federales, porteños y rosarinos, pónganle. Desde mi abuelo en adelante, los rochos rateros pagamos el pato. Capaz que ya antes era así también, no sé.
“Lo último que le digo es que mire bien, pero muy bien: en la villa, de cada diez, uno solo se tuerce como yo. Mi hermano mellizo y sus amigos por ahí terminan de estudiar y consiguen un buen trabajo, uno donde no importe el lugar donde vive. Ojalá consiga salir de acá y comprarle chocolates a sus hijos. Yo voy a seguir robándolos, hasta que me muera, podrido en la villa o en la cárcel como mi viejo o de un tiro de la Gorra o linchado o crucificado, viene a ser lo mismo, profe, ¿no?”.
Ulises Naranjo.