Nos cambió a todos

Después de Cromañón, la escena rockera es más segura pero menos accesible para las bandas nuevas, dice el líder de Ella es tan Cargosa.

Foto: NA
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Hasta el 30 de diciembre de 2004, en la Argentina bastaba encontrar cualquier bar, pub o hasta algún restaurant venido a menos con un cierto espacio para correr las mesas y montar ahí los instrumentos, los equipos y las cajas de sonido. Era cuestión de chamuyártelo el dueño de que podías meterle unas ochenta, noventa personas a beber algo durante un lapso de tiempo sostenido, jurarle que sería todo a un volumen decente y listo: a pegar afiches, a repartir volantes o a dejar correr el boca en boca. El tipo te dejaba la puerta y clin-caja, negocio redondo para todos. Eso se terminó después de Cromañón.

Las medidas de gobierno posteriores estuvieron muy vinculadas a nuestra idiosincrasia: todo lo hacemos exageradamente. A lo argentino. Para que se entienda: lo que hicieron fue lo mismo que cerrar todas las canchas de Fútbol 5 porque hubo un problema serio en un River-Boca en el Monumental.

La Tragedia de Cromañón fue una divisoria de aguas para todos aquellos que hacemos música y, especialmente, rock en Argentina. Cambiaron las reglas del juego en todos los sentidos, con distintos tipos de impacto en el alcance de esas medidas.

Hubo, sin dudas, una mejora importante en lo referente a la seguridad, tanto para los músicos como para los espectadores. Esto es elocuente y también constituye otro rasgo de nuestra cultura: el Estado llega siempre después de los cadáveres. Puerta 12, rutas, trenes, servicio militar, Cromañón. La lista es larga y triste: la intervención preventiva arriba después del impacto colectivo de los funerales masivos. De todas formas, la precariedad nos sigue sobrevolando: hace pocos meses el músico Agustín Briolini, de 21 años, murió electrocutado en una prueba de sonido en una sala municipal de Villa Carlos Paz. El tema está siendo investigado, pero leyendo las declaraciones de algunos técnicos que habían trabajado en la sala respecto a las condiciones edilicias del lugar, me invadió la sensación de que estábamos otra vez ante una muerte evitable por culpa de la desidia y la falta de inversión.

La tragedia de Cromañón, hay que reconocerlo, permitió que mejoraran las condiciones edilicias de la mayoría de los lugares. Hoy es más seguro tocar y es más seguro asistir a un show. Eso es algo objetivo. Pero esto generó un efecto contrario para los músicos, porque, a la vez, redujo notablemente las posibilidades para las bandas nuevas. Hay menos sitios y es más caro actuar.

Los dueños de las salas están al tanto de la reducción de la oferta de lugares de tocar y te lo facturan. No estás terminando tu show, que ya está el personal de seguridad echándote del camarín (y al público de la sala), porque otra banda y otro público se agolpan afuera y hay que seguir facturando. Por supuesto que los costos de abrir un lugar con los requisitos actuales de seguridad son más altos.

También quiero remarcar un punto interesante y controvertido: para que haya bolicheros explotadores tiene que haber músicos dóciles, sin ningún tipo de conciencia, individualistas. El músico sin experiencia (todos lo hemos sido) con tal de tocar y de mostrarse, pone plata de su bolsillo y de este modo desvaloriza su laburo y, sin querer, el de un montón de colegas. Hay movidas tendientes a tratar de concientizar a los músicos, de no pagar para tocar. Soy escéptico al respecto.

Con lugares más seguros, la música vuelve a los lugares de donde nunca se tendría que haber ido.

Nosotros en 2003 metíamos 200 personas en un bar llamado Deeper, en una esquinita en Castelar, donde entraban, como mucho, 100. Era una falta total de conciencia de nuestra parte y la suerte jugó de nuestro lado y no ocurrió nada malo. De todas formas, creo que no podría haber ocurrido un Cromañón, porque ahí hablamos de cuestiones más complejas, a mi entender, pero, sobre todo, de otras escalas: Callejeros era, al momento de tocar, una banda de estadios.

Las bandas que tenemos una convocatoria mediana hemos, lamentablemente, después de la tragedia, adquirido esa conciencia de la que antes carecíamos: si entran 500 personas, entran 500. Más gente implica jugar con la vida de todos. En eso, Cromañón ha significado una dura lección, que muchos grupos o solistas no comprendíamos o subestimábamos antes de la tragedia.

Con Ella es tan Cargosa tratamos de ir contra la corriente de estos tiempos teniendo pequeños gestos: a los shows importantes invitamos a bandas amigas o que están surgiendo sin exigirles que vendan una sola entrada. Son nuestros invitados y cuentan con un tiempo de show amplio, prueba de sonido, nuestros equipos y la parte técnica a su disposición. Y cuando somos contratados en el interior del país, le prohibimos a quienes nos pagan que pongan bandas soportes con la obligación de vender entradas para cubrir nuestro cachet. En algunos lugares vimos cómo las bandas que iban a tocar de soporte juntaban el dinero para tocar antes nuestro. Nos pareció que no era ético que nuestros colegas pagaran con su esfuerzo nuestro laburo y ahora exigimos que no pase más.

Los pubs y los bares pequeños son los auténticos semilleros, los potreros donde se forman y crecen los grupos de rock. Una banda no se curte en el Pepsi Music o en el ND, sino que empieza a cobrar forma en esas cuevas pequeñas de iluminación escasa, ahí, transpirando en los escenarios del under, los grupos empiezan a definir su personalidad, ensayando y errando, y ese circuito es el que más se vio afectado después de Cromañón, sin que –como he intentado consignar en estas líneas- haya existido una relación directa entre las bandas nuevas, los lugares chicos donde se empieza a tocar y la tragedia que nos marcó y nos sigue doliendo a todos.