El reciente Sínodo de Obispos ha servido, entre cosas de mayor enjundia y alcance, para que salieran de la madriguera los cabecillas de la resistencia a las reformas que trata de impulsar Francisco, de los cuales se esperaría que las apoyaran con entusiasmo. Su incoherencia y deslealtad son un escándalo.
La verdad es que resulta incoherente a no poder más que unos jerarcas que piden a los fieles veneración incondicional al papa cuando éste es de su cordada mental, se la niegan ellos mismos cuando les sale rana. Idolatraron a Juan Pablo II, cuyo triste mérito fue congelar la aplicación del II Concilio Vaticano, pero no se privaron de denigrar al inolvidable Juan XXIIl, que tuvo la inspiración y la valentía de convocarlo con la noble idea de poner a la iglesia en la modernidad. Así entienden esos farsantes con solideo la comunión de los miembros con la cabeza: los inferiores obedecen a los superiores si les conviene.
Expresar en público opiniones distintas a las que sostenga el papa no puede tildarse sin más de acto de deslealtad, porque la tiara no anula la condición falible del juicio humano y la discrepancia enriquece (y hasta puede alabarse como una muestra de libertad de espíritu, virtud que por humana es muy cristiana). Pero sí semeja deslealtad cuando los discrepantes abandonan el silencio ydejan ver lo que realmente les importa, que no es la fidelidad al evangelio sino el temor a la pérdida del poder eclesial. Los tales equivocaron la carrera: de políticos hacían menos daño.
Desde el principio se vio que la oposición curial al argentino no era invención de los enemigos de la iglesia, lo certificaban: la fría acogida, las zancadillas, los embolados, y filtraciones a la prensa. El Sínodo era su oportunidad de echarle un pulso y hasta intentaron que el papa emérito les echara una mano. Pretensión disparatada que demuestra su catadura moral y las torcidas intenciones que les mueven.
Ya que los torpedistas no tienen la gallardía de colaborar con Francisco o pedir la jubilación anticipada, no le queda a Francisco otro remedio que invitarlos a pasar por recursos humanos para firmar el finiquito. No tiene sentido esperar a que se conviertan.
Ramón Baltar es columnista en ReligionDigital.com.