Han pasado cuatro años y todavía se siente.
El 27 de octubre de 2010, yo era uno de los miles de colaboradores que decidieron participar en el censo que se estaba realizando a lo largo y ancho del país. Sentía que esa era mi manera de acompañarlo. Por ese motivo, mi compromiso me llevó hasta el departamento de Lavalle, donde me encontré con una hermosa jornada de militancia junto a varios compañeros.
Recuerdo que muchos sostenían que ese censo iba a fracasar. Los noticieros no hacían otra cosa que contaminar a los argentinos con la cantinela de que los ladrones ahora iban a disfrazarse de censistas. No abran la puerta, repetían al unísono los canales del poder económico. Decían que éramos peligrosos y quien sabe cuántas barbaridades más. Sinceramente, yo aún no entendía por qué había sectores esperando que aquel día terminara con resultados negativos.
Mientras tanto, en la humilde Costa de Araujo, más de cien familias me respondían que por primera vez en sus vidas, tenían acceso a una computadora en su hogar gracias al plan Conectar Igualdad. Con una sonrisa en el rostro, me contaban que sus hijos ya no trabajaban porque la Asignación Universal Por Hijo se había consolidado como política que les proporcionaba una ayuda importante y los ponía en la obligación de mandar a sus hijos a la escuela.
Ese 27 de octubre, además de un día histórico para el país, era mi cumpleaños. Mientras la jornada transcurría entre mate y mate, recibí una llamada que no voy a olvidar nunca, básicamente, porque me paralizó el alma. Del otro lado, mi amiga Federica me dijo: “Gordo, se murió Néstor, la gente me está diciendo eso”. Casi instantáneamente, le dije: “Es mentira, seguro que quieren que el Censo fracase. Sigamos”.
Preocupado, empecé a caminar. Fue en ese momento que decidí llamar a Anabel, mi compañera de vida. Ella también estaba participando del Censo, pero en La Pega. Le conté lo que estaban diciendo.
Necesitaba corroborar que lo que decían era una mentira más. Le pedí a un vecino que encendiera el televisor, quería ver lo que estaba pasando con mis propios ojos. El teléfono volvió a sonar, pero esta vez, con un mensaje lapidario: “Es cierto gordo, está en la TV pública; lo estoy viendo, no lo puedo creer”.
Corté. Creo que ni siquiera respondí. Me senté sobre una piedra; un grupo de perros completaba el desolado paisaje. Dejé mis hojas en el suelo. El resto de lo que sucedió a partir de ese momento, el algo que no puedo describir. Solo puedo limitarme a decir que el mundo se me vino encima. Los sueños se derrumbaron en un solo instante. No sé por qué, pero sentí que el censo ya no valía la pena.
En ese momento, se me acercó Miguel, el director de la escuela República de Venezuela y responsable de mi tarea durante esa jornada. “Lo siento mucho, hermano”, me dijo, mientras me consultaba si podía continuar con el censo. Mi respuesta fue inmediata y contundente: “No, me voy a la mierda”.
Me levanté, caminé unos pasos y volví. Lo miré y le dije: “estos hijos de p… no nos pueden ganar, voy a terminarlo, por él y por Cristina”. Le pregunté si podía entregar los resultados por mí. Su respuesta, es algo le voy a estar agradecer toda la vida, porque fue su compresión la que me permitió entregar mis relevamientos a las 18hs, para dirigirme a la plaza independencia donde, entre miles de jóvenes, me esperaban mis compañeros para ir a despedirlo.
El viaje fue un mar de incertidumbre, una mezcla de sensaciones que se extendió durante horas. Pasé de la tristeza, al amor y la esperanza. Fui testigo del odio de algunos, que se alegraron por su muerte y me lo manifestaron en un mensaje de texto. Fueron los mismos que nunca soportaron el reparto de oportunidades que él significaba.
Ese día hablé mucho con mis compañeros. Lloramos, pensamos, cantamos.
Cuando llegué a Buenos Aires, los carteles y pintadas que rezaban “Por siempre Néstor; fuerza Cristina” ya habían comenzado a saturar las paredes. Miles y miles de columnas inundaban las calles, jóvenes (y otros que lo fueron en otras décadas) aparecían por todas partes. Entre tantos carteles caseros, me conmoví al ver como lloraban los mismos abuelos que hasta la llegada de Néstor, habían sido olvidados.
A partir de ese momento, comenzó una jornada que pausó nuestros sueños durante 14 horas. Sin embargo, cada lágrima, activó en cada uno de los que estábamos allá, un motor que aún hoy no consigo dimensionar, pero que ese día nos hizo cantar, saltar y sentir que esa plaza era de él. Sentí que estaba más vivo que nunca.
A mi lado, un abuelo caminaba lentamente. En su cuello, un cartel rezaba “gracias Néstor, saludos a Perón”. No paraba de llorar. Yo tampoco. Su emoción, me hizo pensar que quizás no llegaría a la Casa Rosada para despedirlo.
Me acerque, con una botella de agua y le dije: "tranquilo compañero, nos queda Cristina". Me miró y respondió: "¿A cuántos lideres perdiste pibe? Ya no quiero perder más. Siempre perdemos nosotros. Perdimos a Eva, a Perón. Ahora a él.
La frase retumbó en mi cabeza. La dura y simbólica respuesta me dejó pensando.
Faltaban escasos metros para que llegara a la puerta de entrada cuando algo sucedió. Algo que cambió mi espíritu para siempre. Un grito desgarrado, pronunciado desde lo más profundo de los miles de corazones que estaban allí para despedirlo, comenzó a retumbar en los cuatro costados de la plaza: “Che gorila, che gorila, no te lo decimos más, si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”.
Por primera vez en el día, sentí calma, tranquilidad. Todos esos sueños que parecían pausados, se pusieron en marcha nuevamente, pero este vez con más fuerza que nunca. Era un canto que nacía desde el amor y potenciaba el apoyo a una mujer que tenía la enorme responsabilidad de continuar transformando la argentina.
Entendimos que no podíamos permitir que nada, ni nadie, ni siquiera el emperrado destino, le arrebatara la esperanza a los humildes, a los que cada noche se acuestan pensando que mañana será un nuevo día en el que tendrán una oportunidad para salir adelante.
No sé cuanto duró ese momento, seguramente no mucho, pero estoy seguro que canté como nunca lo hice en mi vida.
Mi voz, se entrelazó con la de miles de jóvenes que sentían lo mismo que yo. Era un sonido único, uno que nos incluía a todos. En ese momento, entendía que la historia continuaba y que ese “nosotros”, del que tanto hablaba el compañero, se convertiría en el verdadero protagonista de este país.
Entré a despedirlo sin tomar completa dimensión de que ya no lo veríamos más por ahí. Al pasar frente a él, solo pude soltar tres palabras, que fueron las que el nudo en mi garganta me permitió esbozar. “Valió la pena Néstor”, dije, mientras continuaba mi marcha.
Dio su vida para que en nuestra Argentina, el nuevo protagonista sea el “nosotros”. Y vaya que vale la pena dejarla por esa causa. Fue “el héroe colectivo”, como le decía otro gran compañero.
Lo cierto es que ese día sellamos un pacto con él; fue nuestro día de la lealtad generacional. Esa promesa que le hicimos, consiste en militar con sus mismas convicciones las banderas que él militó, levantó y por las que murieron tantos compañeros.
Le debemos el acompañamiento a Cristina en la continuación de este proceso transformador que él inicio en 2003, para que sienta nuestro apoyo en cada batalla que necesite dar para que ese “nosotros” nunca más sea el patio trasero de la patria.
Hoy sigo acá, en el mismo lugar, con más fuerza que nunca.
Acá me encontraran cada vez que me busquen. Porque ese hombre me salvo la vida. Le dio sentido, razón de ser. Y yo estaré en deuda para siempre con él. Una deuda que me he comprometido a pagar militando durante toda mi vida, defendiendo las mismas banderas por las que él murió.
Hay personas que vienen al mundo para iluminar la vida de otros. Él era una de esas personas, y lo hizo con la mía. Por suerte también lo hizo con la de millones más.
¡Eternamente gracias Néstor Kirchner!