De hijos y padres

¿Por qué los padres deberían saber todo?

 Llega un momento de la vida, que si tuviste hijos, estos se van. Crecen se independizan. Te muestran que tienen su vida, que tus opiniones ya no son importantes, que no te extrañan, que te necesitan poco y nada. Cada hijo o hija lo demuestra a su manera. Cada madre o padre lo toma a la suya.

Suele ser un proceso gradual. La primera vez que te das cuenta te duele como si te sacaran un pedazo. Es que es eso, sin querer los tomamos como un “cacho” nuestro, cosa que en realidad nunca lo es, nos lo armamos así.

Hay un momento en dónde las madres creen saberlo todo. Cada llanto es interpretado por la mamá desde su “saber”: tiene hambre, hay que cambiarlo, tiene sueño. Pero en la medida que “su pequeño” va cumpliendo años la cosa va cambiando. Comienzan los berrinches, más adelantes las peleas. No quiero. Así no. Que sabés vos.

En algunos hogares los hijos son más escuchados que en otros. Y cuando no se sienten escuchados se hacen escuchar de alguna manera. A veces necesitan de una gran explosión para ser tenidos en cuenta.

Los padres, los adultos en general, se ubican en relación al hijo, en un lugar de saber. “Te lo digo Porque soy tu padre” “Me haces caso porque soy tu madre.” Creen saber lo que es mejor para el hijo porque “ellos son grandes”. A veces hasta les dan explicaciones de por qué se sienten como se sienten.

Qué cosa esta ¿No? ¿Cuál? La de suponer que se sabe.

¿No sería más fácil y más amoroso encontrarse con que no se sabe?

¿Por qué habría que saber todo?

¿Por qué un hijo no puede saber sobre si mismo más que sus padres? ¿O en tal caso ir buscando ese saber paso a paso mientras va viviendo?

¿Por qué la obstinación de los padres de marcarles un camino, en lugar de acompañarlos activamente para que lo encuentren solos?

La relación con los hijos se construye, no es unidireccional. Es un ida y vuelta. Es una construcción amorosa basándose en la diferencias. Amar de ellos lo diferente, lo que los hace individuos, únicos, irrepetibles.

Hacer de nuestros hijos sujetos libres es ayudarlos a que ejerzan esa libertad con ellos mismos. A que prueben. A que tropiecen. Para ello se hace casi imprescindible cuestionar ese lugar de saber del que antes hablaba. Privarse de “la satisfacción” de que sean tal cual los imaginamos.

¿Qué es amar a un hijo?

Soportar que no son un pedazo nuestro. Que no nos completan. Que no están para cumplir nuestros ideales. Que no vinieron a este mundo para sostener nuestras imperfecciones. Que no es su función acompañarnos en nuestra vejez.