“Sin educación, en balde es
cansarse, nunca seremos más
que lo que desgraciadamente
somos.” (Manuel Belgrano)
El martes, dábamos a conocer los resultados de una encuesta realizada por el Centro de Opinión Pública, de la Universidad de Belgrano, que reveló datos que ponen de manifiesto un importante desconocimiento de parte de la gente sobre las instituciones.
La encuesta dio como resultado que 62 por ciento de los consultados no pudo responder correctamente cuántas provincias tiene el país, que 54 por ciento no pudo identificar los tres poderes que conforman el Estado y que 56 por ciento no sabe a quién le corresponde sancionar una ley.
Mientras que discutimos por otros aspectos de la educación, que son tan relevantes como este, perdemos de vista este tipo de “detalles”. Como sucede en la mayoría de los casos, las soluciones que se proponen desde los organismos responsables de la escuela apuntan (y con muchas falencias) a lo urgente, dejando de lado o postergando lo importante.
Pero en este caso no se trata de una responsabilidad que recaiga sólo en la escuela. Por el contrario, son muchas más las instituciones involucradas en el desconocimiento demostrado por los encuestados. Todas las instituciones que se asuman comprometidas con la democracia deberían hacerse cargo de esto, incluyendo en esto a la familia.
Esta encuesta del Centro de Opinión Pública se realizó en época electoral, cuando los partidos políticos se esfuerzan para convencer al electorado que les dé sus votos. Por eso, la conclusión que surge de inmediato es que esa gran parte de los argentinos que van a las urnas ni siquiera saben qué votan, no saben para qué lo hacen, no saben cuáles serás las obligaciones de esas personas que lleguen al Congreso, a las legislaturas y los concejos deliberantes.
Por eso es comprensible que durante la campaña para las PASO algunos candidatos aparecieran en todos los medios de comunicación y en los afiches callejeros con promesas electorales como si en lugar de ir a ocupar un escaño en el Congreso fueran a sentarse en el Sillón de Rivadavia.
Los candidatos son conscientes de que una gran parte del electorado no sabe qué está votando, y por eso pueden decir cualquier cosa en sus campañas.
Y este desconocimiento y esta despreocupación por las instituciones a cargo de las cuales está el país tiene un número concreto a partir de una encuesta, pero sin que esta se hubiera realizado era sencillo estimar que algo así era posible, y para eso sólo alcanza con ver cuáles son los programas televisivos que tienen más rating, qué cantidad de teléfonos celulares se renuevan por año, cuáles son los libros más vendidos.
Argentina es uno de los países más consumistas de la región y de los que conforman el grupo de los denominados “en desarrollo”, y encima los gobiernos se empecinan en sostener una economía keynesiana basada en el consumo, especialmente de electrodomésticos. En tanto, mientras se renueva el televisor todos los años, cada dos años hay que votar pero la gente no sabe qué.
La gente va a las urnas porque hay que ir. Y está claro que si no sabe qué vota, entonces es más fácil convencerla de que vote a quienes más lucesitas de colores ofrezcan.