Objetividad, independencia y una posdata pelotuda

O de cómo periodistas y foristas enturbiamos nuestras aguas para que parezcan profundas.

“¿Para quién canto yo, entonces, si los humildes nunca me entienden.
si los hermanos se cansan, de oír las palabras que oyeron siempre?”
Sui Generis, “Para quién canto yo entonces?”.



La vida ciudadana es un escenario gigantesco. Y ya lo enseñaron los griegos: nadie se muestra cómo es, cuando está en un escenario. Aquellos que más se distancian de sí mismos, son lo que mejor actúan y paradójicamente dejan en escena una parte de sí mismos; son los actores, quienes, si generan belleza con sus intervenciones resultan, además, talentosos.

¿Por qué nos impresionan talentos como los de las mendocinas Gladys Ravalle o Mariú Carrera, los de porteños como Miguel Ángel Solá o Ricardo Darín o los de actores internacionales como Marisa Paredes o Robert De Niro? Pues por la capacidad de jugar a ser otros distintos de los que son y convertirse, de personas, en personajes.

Algo semejante, en otra escala y con menor ostentación de talento, ocurre con nuestra participación social que se ve reflejada a diario a través de, sobre todo, las redes sociales de Internet, los foros de diarios digitales y los mensajes grabados en las radios. Allí, escondidos en “nicks” o “alias”, para que no se sepa quién lanza una piedra o una reflexión o exhibiendo con valentía nombre y apellido para que se sepa quién reflexiona o disiente, decenas de miles de personas crean sus propios personajes de sí mismos, cosa que también hacemos, ya profesionalmente y hasta con cierto cinismo, los periodistas, los políticos, los jueces, los funcionarios, los empresarios y otros actores de la vida social de las comunidades.

¿Por qué creamos personajes de nosotros mismos? Pues porque no queremos resultar heridos.

No obstante, sabemos que no es lo mismo hablar cara a cara y con buena leche con una persona, que debatir en una red social o un diario. Cuando ese otro está ahí, junto a nosotros, y estamos solos, frente a frente, fuera de los ojos del Gran Hermano, las cosas y argumentos son diferentes, son más auténticas y vaya si lo son. Además, en esos momentos, nadie más que el otro nos está evaluando y, por tanto, no nos cuidamos tanto el traste a la hora de escupir sentencias y hasta no parecemos tan seguros de nosotros mismos (nada mejor que la inseguridad conceptual para acceder a la sabiduría).

Esta hermosa profesión que ejerzo me obliga, día a día, a poner mi firma a lo que pienso, tanto en el diario como en las redes sociales. Busco, tajantemente, que se sepa quién soy, que se sepa lo que pienso, aunque a algunos no les guste y a otros les parezca bien. Busco, en la medida de lo posible, que el lector sepa quién es el que está del otro lado de la pantalla, que atisbe, al menos un poco, la persona que se esconden detrás del personaje.

Lo hago a sabiendas de que todo discurso es ideológico: ya si hablo, ya si me callo, ya si grito, ya si me hago el gil y la dejo pasar, ya si armo notas y no las firmo, ya si firmo lo que gustará leer a mis jefes, ya si soy sólo revolucionario de sobremesas, ya si soy cacerolero dos o tres veces al año, todo lo que haga, está teñido, persigue, ostenta, detenta, asume, una ideología.

Antiguamente, ya podemos decirlo sin temores, a muchos periodistas les gustaba hablar de cosas “demodé” como le objetividad y la independencia. Ser “objetivo” significaba que lo que yo decía, sí o sí, era verdad; y los que opinaban de otro modo eran “subjetivos”, “parciales”, cuando no, “opositores” u “oficialistas” o simplemente mentirosos. La independencia, en tanto, supone que un periodista escribe, le pese a quien le pese, contra toda forma de poder. Como esto, sabemos, no ocurre ni por asomo, solemos ejercer la falacia de considerar que el poder es sólo el poder político. Y contra ese poder escribimos, a veces. Que resida un poco lejos, exhiba generosas contradicciones y que no esté vinculado a los intereses de nuestros medios, es condición (de aquí que muchos periodistas se despachen con “asombrosa” valentía contra gente como Moreno o D’Elía o Cristina o Carrió o Macri o De Narváez o contra algún funcionario provincial o municipal de tercera o cuarta línea o contra Obama o Putin o Maduro o Thor o El Principito o Zeus, mientras que contra los detentores de poder real no se dice ni “mu”, sobre todo si ese poder es ejercido o disfrutado en el ámbito que nos convoca).

Los discursos de la objetividad y la independencia (¿independencia de qué?), son, por sobre todas las cosas, una forma de solapada de tiranía o cobardía o de ambas cosas a la vez (es obvio que hay cosas indiscutibles como si es de día o de noche o si el hueso está quebrado o no o si Soledad Villamil es hermosa o no, pero la realidad –la realidad que es construcción, interpretación de la realidad– sólo se asume de la mano de un discurso sobre la realidad, una construcción, un acuerdo, una interpretación de ella).

Lo que hay, sí, es, más bien, una suma de pequeñas subjetividades que concuerdan. Esa suma bien puede llamarse consenso. Y ese consenso, estoy convencido, se puede construir a través del diálogo. ¿No me gusta lo que pensás? Bueno, puede ser, pero me gusta que estés pensando y que, por sobre todas las cosas, lo hagás con buena leche, buscando fundar desde el lugar que te toca.

Me ha pasado en estos días, me pasa a menudo, en realidad, encontrarme con foristas o “amigos” de Facebook con los que habitualmente discuto. En prácticamente todos los casos, es ocasión de gran felicidad tener esos encuentros, porque descubro, mirando a los ojos al otro, que es muy valioso y nutritivo cotejar y conflictuar lo que uno piensa, a la luz de lo diverso (me pasó el otro día, en La Nave, con Marcelo, un radical genuino, convencido, buena gente con solo verlo; me pasa casi a diario con mi amigo Pedro Leopoldo Zalazar, hombre de izquierdas y profunda cultura y participación en foros; me pasó también el otro día, con la bella gente de “Pensamiento Crítico”, un nutrido grupo filokirchnerista sin militancia partidaria, que invitó a algunos periodistas a debatir de todo: ideología, seguridad, megaminería, inflación, líneas editoriales de medios, shows mediáticos, operaciones de prensa y etcéteras, con enorme capacidad para la autocrítica, para el buen humor y para la construcción de pensamiento colectivo).

En fin, les ha de pasar lo mismo que a mí: varios de mis mejores amigos y hasta gente de mi familia no piensan como yo. Tengo incluso adorables amigos que jamás dicen lo que piensan (ya aclaramos más arriba que esto también es ideología). A todos los amo, como una especie de Walt Whitman tercermundista: a unos, por compañeros y compañeras, con la utopía a cuestas más allá de cualquier forma de política; a otros, porque cimentan desde otro lugar y a otros simplemente porque los amo y me aman y no hay muchas explicación que dar a eso.

Con todos, y no son pocos, así andamos por la vida: sin independencia, sin objetividad, sin enseñar a vivir nadie, sin mirar solamente la parte que me conviene de la película, sin dedicarnos a condenar incluso hasta la propia mano que te da de comer, sin ser más papistas que el papa, sin autocensurarnos, sin dejar de reconocer que nos va mejor, sin miedo a volver a la calle, esa universidad sin privilegios, que ineludiblemente enseña, sin tibiezas y sin más afán que dormir tranquilos y seguir militando la ideología oculta en la mirada que no traiciona.



Ulises Naranjo.



Posdata Pelotuda: sí, sí, ¡sí! No te voy a negar que también me cruzo con pelotudos –o sea gente que yo considero pelotuda y que con toda seguridad me consideran pelotudo a mí–; se trata de gente mal intencionada o demasiado inclinada a sus intereses personales, con ases bajo la manga y oscuras intenciones, pues bien, a esos, simplemente, y con cortesía, si se puede, los dejo pasar de largo. La vida es demasiado breve como para malgastarla en pelotudos.

Aclaración: como es muy, muy posible que yo también sea un pelotudo para usted, estimado lector, en ese caso, tenga a bien, sin más, dejarme pasar de largo. Lugares para construir, abundan, por suerte, en este maravilloso espectro de libertad de expresión que se vive en Argentina. Nueva aclaración: los que consideran que acá hay “censura” o “falta de libertad de expresión” o “dictadura K” y giladas por estilo, sobre todo si son políticos candidatos a algo, para mí, son francamente pelotudos, que me quieren tomar por pelotudo y que, encima, quieren que los vote, porque buscan voto miedoso y pelotudo. Ultima aclaración: tenía razón, el Negro Fontanarrosa, ¡qué fantástica palabra, la palabra “pelotudo”! Ahora bien, si me van a atacar en este foro, que no sea diciéndome “pelotudo”, pues yo no se lo estoy diciendo a casi nadie en particular, je, y menos escondido en un alias y, además, es muy feo, muy feo y de mala educación decirle “pelotudo” a alguien, porque no piensa como vos o postear el chiste fácil: “Qué columna pelotuda”, cosas así... Eso no se hace. Seguramente, han de encontrar mejores formas que el insulto para ejercer la subjetividad y la quimera de la independencia conceptual.

He dicho, por hoy; mañana será otro día.