El viejo truco de la objetividad y la independencia

Inventario de improbabilidades: el paraíso, las gallinas que bucean, Papá Noel, la inteligencia policial, la teoría del derrame y los lenguajes despojados de ideología.

Foto: Web
Foto: Web

Dicen que lo dijo Bertolt Brecht: “El peor analfabeto es el analfabeto político. El no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

Agreguemos a su cita que, con el paso de los años, ha crecido otra forma de apolítico menos ingenua: aquel que es alfabeto, que sabe de qué se trata, pero que no participa, que se hace el zonzo, que nunca firma lo que dice ni vocifera; que siempre busca decir lo que al otro le gustaría oír; que cambia de opinión según se mueva el viento y que dice todo lo que dice, porque jamás participará de la política, ni gestionará nada, sencillamente, vive a costa de su cobardía y es, en pocas palabras, el prototipo del cínico.

Ahora, muchos se creen presas de algún sentido de iluminación al decir que detestan la política y que todos, absolutamente todos los políticos son corruptos. No quieren ver, lo ven pero no quieren verlo, que la única herramienta certera de cambio social viene de la mano de la política.

Así lo considero yo, que jamás ha militado en política y que, encima, ejerce el periodismo, un oficio (bueno, un ex oficio, ahora, una gimnasia), que, con buena dosis de hipocresía, consiste en hacer creer a la gente que existen la objetividad y la independencia.

Ayer, subí esa cita de Brecht a mi muro de Facebook (debo decir al respecto, que tengo muchísimos “amigos” muy lúcidos en esa red social, que diariamente me alimentan con reflexiones y miradas que absolutamente ningún diario me provee). Acompañé la cita con un texto que solté a las apuradas: “Yo entiendo al apolítico como un mote que alguna gente elige respecto de sí misma, para no participar comunitariamente o, en el caso de los periodistas, por ejemplo, para justificar (con las remanidas banderas de la objetividad y la independencia) su no-jugarse en temas trascendentales de la vida social. El apolítico quiere hacer entender que la moderación y el conservadurismo es una forma de virtud, de bien pensar, de equilibrio. De ese modo también, va acomodando su mirada conforme cambia el contexto. Así, supervive y rara vez se ve involucrado, porque la aparente neutralidad de su discurso lo -aparentemente- justifica. No quiere ver -o lo ve y no dice nada- que todo discurso es ideológico y político. Y todo silencio, también, porque el silencio es parte del discurso, como lo es de la música”.

Mis amigos no tardaron en dar sus aportes respecto, en particular, de este trabajo del periodismos y su vinculación con la política. Aquí, algunos de los comentarios que caprichosamente elijo:

Mónica: Es una forma bastante burda de cobardía, es como sostener que uno vive en una burbuja y no es parte del mundo social, también de mezquindad y de falta de ética, por sostener que uno puede abstenerse de comprometerse con el otro.

Raúl: Max Weber decía que como ni en las ciencias sociales existe el objetivismo, dado que las variables son infinitas y el investigador elige, condicionado por su mirada del mundo, es que la honestidad es decir a los alumnos cuál es su simpatía política.

Mónica: Freire decía que el uso de la libertad nos lleva a la necesidad de optar y ésta a la imposibilidad de ser neutros. Lo de la objetividad es un mito.

Morena: El "apolítico" es el más político de los "ciudadanos" porque es funcional a las "políticas" que funcionan con la lógica del Señor Mercado.

Mónica: Otra cita de Paulo Freire: “Si los seres humanos no hubiesen sido capaces, entre otras cosas, de inventar el lenguaje conceptual, de optar, de decidir, de romper, de proyectar, de rehacerse al rehacer el mundo, de soñar; si no se hubiesen vuelto capaces de valorar, de dedicarse hasta el sacrificio al sueño por el que luchan, de cantar y ensalzar el mundo, de admirar la belleza, no tendría por qué hablarse de la imposibilidad de la neutralidad (...) El uso de la libertad nos lleva a la necesidad de optar y ésta a la imposibilidad de ser neutros. Ahora bien, la imposibilidad total de ser neutros ante el mundo, ante el futuro –que no entiendo como un tiempo inexorable, un dato dado, sino como un tiempo para ser hecho a través de la transformación del presente en que se van encarnando los sueños– nos coloca necesariamente ante el derecho y el deber de ubicarnos como" ciudadanos. (Fuente: Educación y participación comunitaria)

Pedro: Invito a leer las notas del rector de la UNAM y también la de Atilio Borón, al respecto. Creo que de alguna manera reflejan esta situación, es más, la profundizan y sobre todo tomando el reciente caso de Chile. En realidad el apolítico crece, porque no vivimos en democracias participativas. Hay gente que justifica que los senadores sean simples lacayos de su partido en vez de representar al pueblo que los eligió y fundamentalmente a las provincias que representan. En la práctica, el apolítico no existe, ya que su negación, muy sui generis, es una forma de hacer política, lo cual no implica que Bertolt Brecht tuviera razón en cuanto al desconocimiento de la realidad cotidiana, que generalmente es el individuo que termina diciendo; “no sé de qué trata, pero me opongo” y en las votaciones, emite el voto castigo. De cualquier manera, creo que el problema es mucho más complejo que el enunciado de Brecht.

Manuel: Sólo los ególatras son apolíticos, pero a su vez sí funcionales a la política (aun cuando no lo sepan) de la derecha, que proclama como absoluta la libertad individual y que entiende a la política como “todos para uno”.

Mónica: Tener un pensamiento “político” es tener un pensamiento social, que más que comprometido emocionalmente con el otro advierte que estás unido, ineludiblemente, con los demás en un destino común y que la interdependencia es algo que no podés optar. Por otra parte un pensamiento político no necesariamente te puede llevar a un partido o a ocuparte de temas exclusivamente.

Son estos, fantásticos años para la política, no sólo en Argentina, sino en toda Latinoamérica. Una multiplicidad de hechos saludables generados por la política nos instan, nos seducen para que participemos. No importa cómo elija hacerlo cada uno: en un partido político o fuera de él, en organizaciones sociales, uniones vecinales, escuelas, clubes, donde sea, incluso en los medios de comunicación, que son empresas comerciales, con afán de lucro, pero también que prestan un servicio a sus comunidades, que es el de socializar la información, en tanto derecho humano.

Se intuye que el problema, otra vez, no son los que se meten, sino los que están afuera ejerciendo el cinismo de considerarse apolíticos. El problema, muchas veces, nos tiene a los periodistas como protagonistas por no ejercer con vocación, honestidad y seriedad nuestro laburo, mal pagado, sí, bastardeado, sí, con abundancia de trompeteros y de obedientes a rajatablas de intereses económicos diversos, sí, con mala preparación y con desidias, sí, pero laburo al fin que hemos elegido y en el que también florece gente decente.

Traigamos otra vez a Martin Luther King, para despedirnos por hoy: “Lo que más me preocupa no es el éxito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin carácter, de los sin ética, lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

Escudados en la supuesta neutralidad que otorga la supuesta objetividad y la supuesta independencia, estamos dejando que alguien haga el mundo por nosotros. Y lo está haciendo mal.



Ulises Naranjo.