Hay dos o tres lados para pararse a vivir: de un lado de la calle, hay un muro en blanco donde escriben sus epitafios llenos de luz los condenados.
Del otro lado de la calle, hay otro muro distinto con otro tipo de condenados y otros tipos de epitafios que no me interesa rescatar. En medio de la calle, está la mayoría: sentada en sillas de plástico blancas, de esas apilables, oteando las sentencias de unos y de otros e insultando a los escribas, pues para eso pagaron sus entradas. A esos, los que están en medio, se los llama discretos, circunspectos, equilibrados, formales, moderados; para mí son los grises, los blandos, los tibios, apenas los correctos.
Dejemos en claro ya mismo que nadie tiene la obligación de convertirse en Da Vinci, Maradona, el Dalai Lama o Bill Gates. No se trata de eso. No se trata, ni siquiera de ser artistas para disfrutar del arte, de ser deportistas profesionales para jugar al fútbol, de ser científicos para pensar la ciencia o de ser creyentes para dejarse engañar con la compra en cuotas de un supuesto paraíso.
No se trata tampoco de buscar la crucifixión para sentirse a salvo ni de buscar el infierno, como otro paraíso, uno a medida de los chicos malos que nos revuelcan en la cara sus vanas osadías que los convierten en rebeldes.
Se trata, tal vez, de dejar un rastro. Y el único modo de dejarlo es sentirse perdido, mientras se cantan canciones de amor desesperadas a la brújula partida y a la sed de los peces y a los ojos de los pájaros.
Se trata de disfrutar el ridículo de enarbolar un ademán ante el vacío, aunque la faena de tapar el cielo con las manos nos deje luego más vacíos. Se trata, para ser concreto, de vivir sin miedo, de vivir desesperadamente, al fin, de morir un poco cada día y así fabricar la última de las muertes, sencillamente otra más. Se trata, tal vez, de ser uno mismo y animarse a contarlo, con nombre, apellido, huellas dactilares y errores procesales.
Aquí mismo, en este diario, se da una cotidiana situación digna de análisis: un columnista, mi hermano, Marcelo Padilla, desde años, con sus escritos, no hace otra cosa que ser sincero con sí mismo a cualquier costo. Su desesperación, su compromiso y su búsqueda de un lenguaje hacen que sus textos brillen como un anillo en medio de ese mar de grises en que se ha convertido el periodismo, con la excusa de unos de parar la olla o de permanecer inalterables en la cinta transportadora de los días o con la mala intención de otros de derribar todo discurso de lo diverso o, sencillamente, de hacer dinero.
Ya mismo aseguro algo y válgame el olvido si es un yerro: dentro de cincuenta, cien o doscientos años, su ejemplo será una de las pocas cosas dignas de ser recordadas en la historia de la comunicación social mendocina. ¿Por qué? Sencillamente, porque Marcelo Padilla se animó a correr el riesgo de ser sincero con sí mismo, porque se animó a pensar sin miedo, más allá de que estemos o no de acuerdo con sus pensamientos. Su desnudez, nos evidencia; su descaro, nos descoloca; su pureza, nos condena.
En medio de ese mar de grises formado por una sola noticia redundante, sin firma de autor y replicada interminables veces como gotas, aparecerán algunos pocos maderos flotando a la deriva. De ellos se tomarán los que vendrán para intentar adivinar lo que fuimos.
Intentarán adivinar, quizás, por qué vivimos en la hipocresía como forma de reparo bajo la noche inmensa. Indagarán por qué es que no queremos que nadie nos descubra sosteniendo una idea en la palma de la mano, como a un bebé de abeja enfermo, pero llena de dulzuras. Buscarán responderse por qué actuamos a hurtadillas, por qué estuvimos dispuestos a matar, a cambio de sostener un status quo basado en controles remotos, rejas con puntas, culos carísimos, costillas arqueadas, veranos en el mar, educaciones privadas, industrias cosméticas y tinellis en la pantalla.
Nuestra filosofía, habrán de concluir, se basó en el sacrificio como única forma de ceremonia: “Para sostener lo que fueron, se les hizo necesario, con fría y calculada decisión divina, mandar a la hoguera a todo aquel que se pasara de la línea o que osare, como Asterión, el monstruo de Creta, mostrarse distinto”.
“Las formas de castigo, por aquellos años, fueron varias: del mero insulto anónimo a la institución de encierro o el despido, del ostracismo en los cinturones de la ciudad o en las zonas rurales, a la franca desaparición de a miles, cuando el clima social –a determinados poderosos– les otorgó la posibilidad de ser ominosos y sistemáticos”, escribirán, tal vez.
Así somos y esto es, a fin de cuentas lo que pensamos: no importa quién escriba la historia, importa que nos favorezca, que nos deje bien parados ante nuestros iguales, los paladines del status quo que nos ayudan a mantener lo que somos y que ayudarán a que nuestras descendencias sostengan privilegios, por lo menos, semejantes a los nuestros.
¿Y qué somos? Somos esos que siempre hallaremos sitio en las balsas del Titanic que se hunde con el 80% de los pasajeros a bordo, ignorantes del dólar blue, de las bandas anchas, de los planes de negocios, de las manos duras y de las carnes blandas y de los airbags y los toneles de roble y los imposibles turquesas del Caribe y también de las miles de formas de la corrupción política, sindical o empresarial y de la hipocresía del ciudadano promedio y sus estrategias para cometer delitos sin que así jamás sean considerados.
Miren: allí, en la cubierta del barco, alguien canta una hermosa canción desesperada. Es mi hermano: se llama Marcelo Padilla y de él hablarán aquellos que serán mejores que nosotros y que, si somos optimistas, seguramente renunciarán a la comodidad de las sillas para animarse a escribir sus propias canciones en los muros de los días.
Por eso, resulta claro que las mejores canciones no han sido escritas aún. Y que mañana es mejor.
Ulises Naranjo.