El inicio de la cosecha ya tiene fecha: el martes que viene. Para los enólogos es como el “Día D”. Me acuerdo haber escuchado decir a algunos que su día más feliz es cuando la cosecha empieza, y el más triste, cuando termina. Tiene que haber mucha vocación en eso, porque el trabajo es colosal.
El factor decisivo para definir el día es muy sencillo: la madurez de la uva. Se trata de caminar los viñedos y de ir probando granos, de apretarlos con la mano y de intuir cuándo esa madurez se podrá transformar en el vino soñado. La piel gruesa que tienen los granos este año anticipa –me explican- que allí se concentrarán mejor los aromas, los colores, los sabores y la complejidad. El buen sol del viernes, después de varios días de lluvia, contribuye a que esa madurez avance. Para eso seguimos deshojando, para que el aire y el sol impacten de lleno en los racimos y los terminen de madurar.
Marcelo Pelleriti ya nos contó que está todo planificado para ese día. Hace números y se la pasa hablando por teléfono en espera del momento. Mientras, saca algunas fotos excelentes con una cámara sofisticada, que ilustrarán este blog en las próximas entregas. Yo hago lo mismo, aunque con una cámara mucho más modesta. No importa, porque en Pomerol cada mirada, cada paisaje, vale una foto, cualquiera sea la cámara.
Mientras nos preparamos para el “Día D”, anoche cenamos con un Moulin La Graviere Lalande de Pomerol 2009. Tenía un poco de “bret” pero a mí me gustó. Y discutimos sobre eso, pero como buenos amigos, como corresponde siempre que hay un vino de por medio.