Los tiempos que corren...

¿O nos corre el tiempo? En fin, que esperamso por estos lados con ansias la tan bendita y siempre tan esperada llevuviecita, para sacarnos el feo polvillo que se mete en nuestros rincones más insospechados.

Hubo una época, no hace tanto, que para llamar a una buena cosecha o un bueno año vitivinícola, se organizaba una buena procesio, y a veces, eso bastaba para que el Buen Señor nos refrescara en agostos de zondas o en setiembres sin agua.

El cura del Bermejo, tomaba la posta y los reclamos de sus vecinos, y durante un par de domingos organizaba una procesión, en la cual no fataba el corte de calles (en singular, calle, ya que se cortaba el acceso único, el carril Mathus Hoyos) y ahí andábamos los castigados por faltar el respeto en misa, cargando la imagen de Nuestra Señora de la Merced, caminando unos tres o cuatro kilómetros (el recorrido dependía del pedido también), pidiendo perdón por los pecados cometidos y ofreciendo el sacrificio de andar tanto para que la lluvia bendijera estos parajes.

Y muchas otra veces, ¡al revés! Procesiones para parar el mal tiempo, que traía granizo o piedra. Entonces, la procesión se organizaba de la misma forma y con distinto propósito. Además, el cura preparaba unas hermosas bombas de estruendo, y desde el punto más alto de la Iglesia de Bermejo (que también era el punto más alto de todo el pueblo), los bombazos rompían el aire y la siesta y los más despistados gritaban que se habia adelantado la Navidad, tal era el jolgorio que se armaba.

Algunos descreídos y algo más ateos, solían hacer una cruz de ceniza en el suelo y le echaban sal gruesa encima. A esa cruz le clavaban un hacha en el medio, y según decían, eso bastaba para cortar las tormentas. La cuestión era mostrarle a ese Dios tan esquivo, que el poblado no se iba a amilanar por unas piedritas así nomás o por la sequía que mataba las vides.

Si daba resultado? Y, si tenemos en cuenta tantas artimañas religiosas y paganas dando vueltas por ahí, sí. Cuando se pedía lluvia, llovía y cuando se pedía frenar una tormenta, la tormenta se alejaba. O sea, pagábamos nuestros pecadillos por un ratito, nos convertíamos en los mejores soldados de Cristo por unos minutos, y el cielo se acordaba. Eso sí, apenas se cumplia el pedido, vuelta a las andadas. "Vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a la pobreza y el señor cura a su misa...", como dice Joan Manuel. Y a los pecados también.

El almacenero se olvidaba de su caridad y remarcaba a full todo. El carnicero y el verdulero, hacían otro tanto. Y nosotros, por supuesto, olvidadas las promesas hechas y los castigos impuestos,nos dedicábamos a molestar en misa de nuevo, a meter tinta china en los recipientes que estaban a la entrada de la iglesia, así que cuando la gente se hacía la señal de la cruz, quebaba una marca indeleble en su ropa y en su frente.

Los más pudientes,los que tenían radio o televisión por ejemplo, pasaban el dato que don Bernardo Razquin o Nilo Gonzalez, habian dicho que llovía o no, que habia que esperar las heladas tardías y todas esas cosas que la gente creía a rajatabla.

Y pasaban agostos con zonda, o setiembres tormentosos. Pero, perdidos en el tiempo como estábamos, no le echábamos la culpa a nadie, sólo al hecho de saber que el tiempo era lo que era, y que un simple pedido en forma de procesión, no iba a cambiar mucho las cosas.
Por lo pronto, me voy a mirar el hormiguero que tengo en el patio. Si veo que los insectos están frenéticos, por las dudas, me voy con paraguas a todos lados.