¿El Estado soy yo?

La columna "Cosa seria" de Roberto Pérez. Sus diálogos semanales sobre la realidad, listos para recibir tu opinión.

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Según parece, la frase del título la usó (pero sin ningún signo de interrogación) el famoso Rey Luis XIV para decir que era amo y señor de todo cuanto había en Francia y sus colonias, y andá a saber de qué más. Cuando recuerdo eso, tiendo a carcajearme duramente en los rostros de aquellos que, en épocas diversas, han afirmado que nuestra amada patria era víctima de personeros con ideas foráneas y obtusas, de retorcidas doctrinas importadas con el oscuro propósito de uncirnos a yugos terribles. Porque tengo para mi que el único pensamiento que realmente cuajó en nuestro suelo es el que adorna la parte superior de esta humilde página, y que todo lo demás no puede ser considerado otra cosa  que “modas ideológistas” o algo parecido, a las que los vientos huracanados de la historia se llevan lejos más temprano que tarde. Porque en tiempos de “neoliberalismo” (sea esto lo que rayos sea, que nunca nadie me lo pudo explicar debidamente) o de dominio más nacionalista, con mayor o menor apertura hacia el mundo, con radicales o justicialistas de cualquier pelaje, o militares o lo que venga, el único dogma que parecieron respetar nuestros gobernantes es este de considerarse dueños soberanos de lo que en realidad es de todos, omitiendo por completo considerar que son meros administradores temporarios y más nada. Con el pretexto de aplicar políticas más populares, más liberales o más eficientes o lo que canejo sea, se ha dispuesto de los recursos públicos como el chico que le manotea el monedero a la madre para comprarse caramelos. O paco, a juzgar por ciertos resultados obtenidos. Algunos tomaron los bienes públicos para revolearlos alegremente por ahí a cambio de algún dinero para embolsillarse (“privatistas vendepatrias cipayos”, fueron anatemizados por sus contrarios) y otros extendieron los dominios del Estado hasta extremos insanos para tener controlada la vida nacional en el sentido más extenso y profundo posible (“burócratas dirigistas naZionalistas”, les batían quienes no comulgaban con ese estilo). Pero en el fondo el comportamiento era el mismo: disponer de lo que no les pertenece en exclusividad como sí fuera el campito que heredaron de un tío.

-“Pero eso es lo más lógico del mundo, querido...no sé de qué te extrañás...” -me dijo mi gran amiga  la  Socióloga Elba Llenato- “Además de la frasesita de Luis XIV, la otra que pegó mucho es una de Roca, hoy tan denostado el pobrecito: 'En Argentina no se gobierna; se manda'. Y eso es lo que han hecho o intentado hacer todos los que tuvieron la manija. Al que no le salió bien le aplicaron el viejo procedimiento conocido como 'Posteriorpodia' (Una patada en el tujes) y salió como escupida de músico. ¿Do you understand?”.

-”¿O sea que según vos es por eso que al Estado lo manejan como quien arrea tropillas de ganado?” -pregunté, intrigado.

-”Ciertamente. De lo contrario, empezarían a decirles que son débiles, timoratos y pechos fríos. Nos llenamos el hocico clamando por el dialogo, la comprensión, las coincidencias republicanas y los consensos democráticos. Pero apenas llegamos al palo más alto del gallinero, pelamos látigo y que se agarren. La mejor forma de mostrarles a todos cuantos pares son tres botas es manejar la cosa pública como propia y particular, o como un objeto arrojadizo para tirárselo por la cabeza a los contreras, prefiriendo siempre pedir perdón a pedir permiso. Y nunca nadie pidió perdón por nada, que sepamos...”.

-”Digamos que, según vos, quien llega a la cima está casi obligado a comportarse como un capanga negrero del siglo 18 a fin de impedir que lo agarren para el churrete...” -inquirí  azorado.

-”Of Course. Si así no lo hiciera, Dios y la patria se lo van a demandar, no te quepa ninguna duda. Así que nadie se arriesga, y los pocos que lo hicieron van a ocupar un espacio muy pequeño en los libros de historia. Tenemos serios problemas con las figuras de autoridad; vivimos reclamando que alguien pare la joda, pero apenas muestran los dientes (usando lo público como garrote) le empezamos a decir que es autoritario y antidemocrático”.

-”Y ahí viene la parte en que hacen de goma el Estado sin preguntarle nada a nadie, total  igual los van a bardear, y prefieren que sea por hacer y no por no hacer, digamos...” -interrogué, azorado una vez más.

-”Eso mismo. Hay que mandar y demostrar que se manda, de lo contrario te comen los albatros. Si en el trayecto se te escapa la tortuga y hacés bosta las libertades ajenas,   mala suerte. El que venga después deberá pagar los platos rotos. Aunque eso es nada más que una manera de decir, porque quienes los pagan no son precisamente quienes pasan a ocupar las poltronas, si no los que se quedan abajo y lo miran por TV. Como siempre”.

-”Cruel descripción, querida, pero ciertamente acertada y muy ilustrativa para saber porqué acá agarramos al Estado como a una piñata. No sería una cosa ideológica, si no la tendencia ancestral a mostrar cuan grande se la tiene...”.

-”¡Correcto! Entonces, el que se quedó con el cuchillo de cortar el bacalao (o manejo del Estado) se siente obligado a ponérselo en la panza al prójimo tal como mandan nuestras ancestrales costumbres, porque cree que de lo contrario su usufructo del mandato podría ser harto breve. Así, la administración de los bienes comunes tiende a ser un ejercicio de poder crudo, por el poder mismo y su exhibición”.

-”O por un instinto de conservación no muy bien procesado, que deviene en placer por el mando y la disposición arbitraria de lo que no es de uno para que todos los demás sepan quien lleva la batuta” -sugerí, angustiado.

-”Ni más ni menos. Acá ya entramos en el campo de la psicología colectiva, de la  psiquiatria política y de la pornografía social (en caso que estas dos últimas existieran); nada de eso es lo mío, aunque igual pega...y me gusta que me peguen y me llamen 'Argentina'...pero eso es otro tema. Si, tenés razón, pibito”. Lastima que  no puedo hacer nada al respecto  salvo mandar un chamuyo como el que ya te tiré. Y agradeceme que fue gratis, porque en la Universidad donde laburo encima cobro por enseñar giladas como estas, y bien que los chicos se quedan mirándome con los ojos como el dos de Oros”.

-”Upppsss...Bueno...gracias...de nada. Espero que al menos en la Facu uses un lenguaje más académico...” -manifesté, preocupado.

-”Si, desde ya. Pero es para decir lo mismo. Así los purretes se van acostumbrando de a poco a lo que se encontrarán apenas salgan en serio a la calle: La verdad de la milanesa, y no lo que les sirven en bandeja desde los libros. O desde los medios. O desde Internet. No digo en sus casas, porque ya nadie le da pelota a eso. Si te queda crédito en el celu, llamame un taxi, porfa...”.

Eso hice, y se fue. Claro que no sin llevarse colgando mis esperanzas de vivir en un país medianamente comprensible; no digo ya “previsible”, porque esa apelación la gastó  una oposición que no existe mayormente. Pero bueno...¿Nos encontramos la semana que viene?...¿Quieren?