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Ocurrió un par de días después de que el Congreso de la Nación aprobara la histórica ley, en medio de la escasez de combustible. Ese paredón blanco sobre calle Belgrano de Capital, junto al colegio Fray Luis Beltrán, dejó de ser el papel blanco para los graffittis con ese sentido dispar y a los codazos de las intervenciones urbanas no autorizadas y, de un día para el otro, se transformó en un mural con un significado unívoco: las conquistas sociales, con los trabajadores como protagonistas.
Como movimiento político de masas, el peronismo ha sabido construir una serie de iconografías a lo largo del tiempo, con dos imagénes centrales: Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón. Desde la edición de 1951 de La razón de mi vida, el peronismo ha atravesado incluso la proscripción a fuerza de relatos en los que va consolidando su programa político. La autobiografía política de Evita llegó a ser obligatorio en las escuelas primarias.
La supervivencia de todo movimiento político depende, en cierta medida, de su reproducción ideológica. Y como movimiento, el imaginario es diverso y contradictorio, según la época. De una Evita cuya aura sobresale en la tapa de La razón de mi vida, en el período 1946-1951 -el llamado período clásico, con afiches donde cobra especial relevancia la política social, el 17 de octubre y el trabajador como elemento militante vital-, a esa Evita que, ya montonera y revolucionaria, sonríe fuera de cuadro resignificada políticamente con la inclusión de la tacuara y el fusil. Hay una Evita para cada peronismo.
Un párrafo aparte merece la producción de Daniel Santoro, hacedor de una iconografía más personal, una relectura visceral del peronismo.
La Evita del billete de 100 pesos se inscribe en la tradición de este imaginario. En esa plataforma política que tiene el peronismo de consolidarse en el plano simbólico. Y lo hace en un momento histórico de reivindicaciones de un movimiento que reinterpreta los mandamientos de la justicia social en los términos originales a la luz de esta época o de este gestión, como la entrega de netbooks a estudiantes, un mecanismo formidable de inclusión tecnológica -aunque, claro, habrá que analizar si más allá del hardware hay un programa de fondo de educación crítica digital para usuarios que son nativos digitales-.
Un peronismo que hace borrón y cuenta -la memoria es una construcción a menudo voluntariamente caprichosa, ya lo hemos dicho anteriormente- del peronismo neoliberal de los `90 y mira con cierta pasión los íconos de los ´70. En esta reivindicación, es imposible sustraerse de la producción simbólica de La Cámpora, la agrupación que -valga la paradoja- no tiene al Tío, en sus banderas.
La última resignificación del peronismo se da con la muerte de Néstor Kirchner. A partir de allí se multiplica la imagen del ex presidente arrebatando el traje de buzo a Juan Salvo, el personaje creado por Héctor Oesterheld, el principal guionista de historietas desaparecido en 1977. Así como el Eternauta se volvió, entre la primera y la segunda parte, más militante -la diferencia, se sabe, es notoria y acompaña el grado de compromiso militante del propio Oesterheld-, ahora la mirada de Kirchner bajo el buzo atraviesa el tiempo en banderas y remeras.
Provocador ¿no? Pero el kirchnerismo es -también- eso, provocación política -cabe señalar: consultada pro este cronista en una visita a la Legislatura provincial, Elsa Oesterheld declaró estar de acuerdo con la apropiación por parte del Eternauta-.
Provocar ya sea para encontrar un enemigo de turno -el poder necesita construir enemigos, desde la mesa de enlace a Julio Cobos, desde los ingleses a Hugo Moyano-, ya sea insistir en leyes sobre derechos civiles aunque en el proceso tome como propias las reinvidicaciones sociales de minorías y grupos, que fueron desestimadas por otros gobiernos -en materia de derechos humanos, principalmente, desde los juicios a los represores a la sanción del matrimonio igualitario-.
Frente al aparato más conservador del peronismo, el kirchnerismo es revulsivo políticamente. Pero, mal que les pese, el Eternéstor es un hijo dilecto de "Los hijos de Fierro", aquella crítica relectura de la obra de José Hernández que filmó Pino Solanas en los `70, cuando el peronismo era tironeado por izquierda y por derecha.
En este orden simbólico se inserta el billete de 100 pesos con el rostro de la Abanderada, a pesar del bleff de los cajeros electrónicos. Es la construcción de un relato también visual. El discurso de Cristina apunta en ese sentido, durante el acto en conmemoración por el 60 aniversario de la muerte de la jefa espiritual: "Ella está en los 2 millones de netbooks que hemos entregado", entre otras reinvidicaciones de la gestión actual.
El hecho simbólico, no obstante, de colocar a la primera mujer en un billete pierde eficacia con situaciones que contrastan en el orden político. A saber: que la sustitución del genocida Julio Argentino Roca por la de Eva Duarte de Perón se da en el momento en que el vicepresidente Amado Boudou es investigado por su influencia en la impresión de billetes. O un problema menos circunstancial, más de fondo: la pérdida de valor de un billete de 100 pesos en un contexto inflacionario. Ambas situaciones, figura y fondo, marcan los límites del relato kirchnerista. Ahí donde la iconografía pierde sentido por lo político.
En un viaje a Buenos Aires, con un grupo de militantes de Franja Morada -para cubrir el lanzamiento presidencial de Ricardo Alfonsín, en 2010-, discutíamos este sistema de representaciones como multiplicador del discurso. Habían pasado dos meses de la muerte de Néstor Kirchner, la reelección de Cristina ya era un hecho, y los universitarios de la Franja cuestionaban el grado de fanatismo de sus rivales políticos y la crisis del radicalismo post gobierno de la Alianza en medio de la interna radical nacional.
Había algo que no lograban ver. Esa capacidad intrínseca -y totalmente política, por supuesto- que tiene el peronismo para expresar en materia simbólica sus principales hechos políticos en el tejido urbano, en la ciudad.
La última visita de Aníbal Fernández a Mendoza trajo consigo otra de las formas del relato K, a modo de libro y con reversión -es provocación, ya lo dijimos- a don Arturo Jauretche. La actual gestión -desde Celso Jaque a Francisco Pérez- han dado lugar a los actos propiamente peronistas en el escenario mayor de Mendoza, el Teatro Independencia. Allí, el ex jefe de gabinete ensayó su reinterpretación actual del manual de zonceras argentinas, a la luz del kirchnerismo.
Ese acto en el Independencia tuvo un cierre que marca puntualmente cuál es la importancia que da el kirchnerismo al movimiento juvenil, desde la tradicional Juventud Peronista a las agrupaciones ultraK. En aquel momento, como si fuera una liturgia en cada una de sus presentaciones, Aníbal Fernández no cerró con la marcha peronista, sino con una canción de los Redondos de Ricota.
En este punto volvemos al principio para dar cuenta de un detalle. En esos días en que el Congreso sancionó la ley de expropiación de YPF a Repsol, un grupo de militantes -la verdad, desconozco la agrupación en cuestión- transformó ese paredón blanco sobre calle Belgrano en un mural en el que resaltaban dos cosas: la nacionalización de YPF y el rostro de Cristina.
Ese mural se encuentra -no es un detalle menor- sobre la pared externa del Archivo Histórico de Mendoza, una oficina pública, lo que dispara otro debate: ¿es válido o legítimo que el peronismo intervenga con sus principales íconos en los edificios del Estado?
El mural, pese al oficio de los artistas, ya sufrió otra intervención, no menos política, como puede verse en la fotografía.
Sea considerado arte o propaganda, se trata de otra forma de revalidar el consenso. Una serie de relatos distribuidos a lo largo de la ciudad que nos recuerda lo que ha hecho este gobierno.
Te guste o no, el kirchnerismo es cultura.