Gobernaban los "gansos" y lo policiía en ese entonces actuaba en total acuerdo con lo que decia el gobierno de ese momento. Los contratistas, obreros de viñas que poco conocían de derechos sociales se aglutinaban detrás de la figura casi legendaria de Lencinas.
El Comité estaba en la "Bola de Lata", justo en la intersección de Tirasso y Carril Godoy Cruz, frente a la antigua fábrica de mosaicos y azulejos. Los radicales en ese entonces encolumnados detras de la figura del ex gobernador, buscaban la forma de defender lo poco que les iban dejando desde el poder de turno.
Llegaban de todas partes, de Maipú, de Guaymallén, de Ciudad. Los menos en auto, los más, en carretas, a caballo y en bicicleta. El Comité rebosaba de gente ansiosa por tener un lugar donde descargar la furia por perder más que una cosecha, porque al decir de los contratistas, "este gobierno hace más daño que una helada tardía, mire vea..."
Mi abuelo militaba con los "pericotes" desde su juventud y en su casa albergó a más de un perseguido político, porque ¡sí, señor! en esa época decir algo en contra de los "gansos" equivalía a recibir unos buenos guascazos y tambien alguna que otra noche en la comisaria del lugar. El hombre había llegado al Comité a bordo de su flamante carreta, comprada en Rodeo de la Cruz, con los ahorros de toda la familia.
También es bueno que se sepa que en esa época, al haberse cubierto los cupos de vinificación, el Gobierno tomó la "sabia" responsabilidad de tirar el vino por las acequias. Era hermoso ver como nuestros cauces se llenaban de color rojo oscuro, para satisfacción de los curdelas de siempre, que vivian juntando en jarras y damajuanas el preciado líquido.
¿Qué si había intención de importar? No, compadre! No había capacidad política ni capitales dispuestos a jugarse por la Provincia.Sólo el trabajo pisoteado de mantener una viña completa para saber que una vez terminada la cosecha, no les pagaban ni siquiera el mínimo y así pasaron miles de familias de pequeños y medianos viñateros a engrosar la lista de menesterosos e indigentes. En esa época ni siquiera habían planes sociales para ayudar a esas familias. Entonces, Mendoza tuvo el privilegio de tirar por sus acequias el noble producto de años de trabajo. Tambien tuvo el privilegio de ser la provincia con más éxodo de familias rurales hacia la ciudad.
Volviendo al Comité, los ánimos estaban caldeados. Algunos dirigentes radicales habían caido presos y otros preferian el silencio. Los que no callaban eran los de abajo. Entre esos se encontraba mi abuelo, que dejaba en casa a su familia por defender sus ideales. (igual que ahora, no?).
En fin, que la Bola de Lata bullía de carros y caballos, lo que llamó la atención de la policía, que en ese entonces se movilizaba en unas carretas tiradas con dos caballos, para imprimir mayor velocidad.
Eran cerca de las ocho de la tarde, pleno marzo, así que la oscuridad iba ganando terreno. Así las cosas, el centenar de radicales que celebraban dentro de la casona que oficiaba de comité cada vez que el orador de turno nombraba a Lencinas, ni se percataron que estaban siendo rodeados por personajes casi rufianescos, que respondían, como siempre, al Gobierno.
La escaramuza que se desarrolló a continuación, duró muy poco. Los leales al Gobierno, dueños de la sorpresa y del poder, tiraban piedras y reclamaban que terminaran con la reunión. El desbande de los radicales se produjo bajo un alluvia de piedras, palos, adoquines y sillas rotas. Volaban cosas de origen dudoso y alguien, nunca se supo de qué bando, disparó al aire. El estruendo obró el milagro que sólo se ve en cámara lenta. Todos se tiraron al piso, recogian sus pertenencias y huian por sus vidas. Mi abuelo entre ellos.
Después de un rato, la policía llegó a repartir palos y a cargar a los "revoltosos radicales" en carretas abarrotadas de humildes trabajadores. ¡Qué mérito! Obvio que mi abuelo también cayó en la volteada, y su flamante carreta, adquirida a fuerza de soles abrasadores e inviernos inmisericordes, fue a parar a manos de algún avivado.
A la madrugada, soltaron a todos, despues de haberlos bañado con agua helada y reprenderlos con sermones fieles a la política "gansa" y a la falta de solidaridad de los peones con sus patrones, ¡qué tanto!
Cuando mi abuelo llegó a casa, lo único sano eran sus alpargatas negras. Era un espantapájaros lleno de machucones y con la ropa desgarrada.
María, su compañera, lejos de reprocharle su actividad política, lo miró de arriba a abajo y le acercó un mate. Sabía, como siempre, que habían perdido su carreta para siempre. Sabía, como siempre, que ese año iba a ser duro como pocos. Sabía, como siempre, que su compañero había elegido ser un "pericote" y que deberían cuidar los ahorros porque se venía la época mala.
Sabía, como siempre, que no valía la pena reprochar las pérdidas y que había que aguzar el ingenio para mantener a la familia. Sabía, como siempre, que su "hombre" la hacía sentir orgullosa a pesar de de ser un militante más. Sabía como siempre, que algunos radicales que llegaban lejos, cerrarian las puertas de sus lujosas oficinas para no atender reclamos de familias caidas en desgracia. Pero a pesar de todo lo que sabía, estaba feliz.
Por supuesto, mi abuelo ni ninguno de sus correligionarios viñateros ligó una jubilación de privilegio. Pero para ellos, eso era lo de menos. Su orgullo radical pasaba por otro lado. Ser parte de la historia de los desconocidos de siempre fue lo mejor.