Nadie debería sorprenderse por lo que sucede cuando se juega con fuego. Tampoco por el vínculo que aletea entre la catarata de expresiones de un racismo incandescente lanzadas tanto por el gobierno como la oposición francesas y la breve pero sanguinaria carrera criminal del asesino de Toulouse Mohamed Merah. Este muchacho de 23 años, francés de origen argelino, muerto el jueves pasado de un tiro en la cabeza por el equipo de policías especiales que lo sitió en su guarida, ha sido identificado por el Estado como el autor de la masacre de tres niños y un rabino en una escuela judía de París y, antes de eso, de haber acribillado a tres militares franceses de origen extranjero y musulmanes como él.
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