Ella a veces desarmaba pulóveres viejos, cuando te iban quedando chicos, yo tenía que tenerlos amarrados de un extremo, ella tiraba de la punta de la lana e iba armando un ovillo y la lana quedaba con la marca del tejido, como si fuera una guarda griega. Ya tenía comprado de antemano una madeja de otro color, la ponía entre mis manos y armaba otro ovillo, yo movía las manos acompasadamente mientras la novela Pons sonaba en el aire de la Spica, Nené Cascallar, Osvaldo Rudy, Iris Láinez... después comenzaba a tejer y los ovillos danzaban en el piso como si fueran gatos jugando entre ellos: la lana se fusionaba en dos tonos que nunca pegaban pero servían para el invierno.
Hace unos días invité por Facebook a la marcha del 24 de marzo a todos mis amigos diciéndoles que las madres ya están viejitas, que se han ido gastando los zapatos y el alma de tanto dar vueltas todos los jueves; una mujer de Australia que me pidió amistad, tal vez porque vio que yo era de Mendoza, me escribió.
La cosa es muy sencilla, mi nueva amiga se llama Rosa, y Rosa se llamaba mi abuela que tejía.
Yo la adoraba a mi abuela, me encantaba su piel morena, su pelo largo hasta la cintura... tenía una pequeña estatuilla del General San Martín, todas las noches le prendía velas al Santo de la espada, y rezaba, rezaba hasta que yo le decía "Abuela! deje de llamar tantos Santos que se le va a romper el catre con tanta gente!!"... se sabía novelas de memoria la vieja, si!! novelas de memoria, como en Farenheit. Yo nunca aprendí a tejer, pero en mi cabeza tengo agujas, ellas toman el hilo de una historia y arman pullóveres que me abrigan los desolados domingos.
A la otra Rosa, la de Australia, la dictadura le mató a su hermano y a su cuñada... allá en Córdoba, se llamaban Amalia Stella Echegoyen de Pacheco y Hugo Hernán Pacheco, 23 años tenía cada uno, y tenían un hijito de 8 meses.
La mamá de Rosa, se quedó en Mendoza y cada jueves comenzó a girar el contorno de la Plaza San Martín, el Santo de mi abuela, daba vueltas y vueltas a esa noria, hasta que un día, un santo día, su corazón se hartó.
Luego siguió mi amiga Rosa la tarea de latir y girar y en uno de esos giros, antes de morirse al todo, decidió llevarse su corazón muy lejos... con lo poco que le quedaba de vida armó una familia allá lejos y allí terminó de criar al hijo de su hermano. Robbie Pacheco se llama el joven, tiene 37 años, es fotógrafo, tiene muy pocas fotos viejas de sus padres, en blanco y negro, como su vida...
Vive ahora de capturar momentos, instantes de la vida de los demás y arma el rompecabezas de su propia historia con instantáneas de muchos pixeles...
Miguel Lisanti
Una historia con rosas pero ningún canguro
Miguel Lisanti relata un encuentro a propósito de la dictadura y sus ecos.