Vive en la triple frontera de Godoy Cruz, Luján y Maipú; no tiene padres y sus hermanos fueron repartidos; vivió en la calle y pasó hambre y frío; no tuvo infancia, porque debió criar a un hermanito "especial"; tiene un pulmón que no le funciona del todo bien; vive de prestado en una casucha de madera; no tiene zapatillas y almuerza gracias a un tuper que le llenan en la escuela secundaria a la que asiste, sin embargo, a pesar de toda inclemencia acontecida, Marcelo es el ser más puro que jamás vayas a conocer y un excelente alumno y un obrero tenaz, pero, bueno, mejor vendamos su historia de un modo un tanto más dedicado.
Empecemos de nuevo.
Es una de las últimas mañanas de este invierno. Los chocos mean al pie de los grafitis de leprosos y tombinos, en las paredes guachas de Los Alerces, y las madres arrastran por las veredas aquello que, de ellas, ha quedado. La escuela Profesores Mendocinos y sus alrededores han sido maltratados por un huracán deshilachado con un ojo de olvido que todo, todo lo devora.
No obstante, paredes adentro es un hogar colorido, con murales y maceteros hechos por los alumnos; alta en el cielo, una bandera desfallece en la cima de un falo de hierro gris. Los alumnos, en la escuela, tienen cortes de pelo así y asá, aros y tatuajes y ciertos gestos contradichos, cierta dureza incromprensible a veces, cierta ternura indisimulable también. Entre ellos, silencioso como un monje enamorado, está Marcelo, el lleno de gracia, el renacido, el niño más inmaculado que pudiera conocerse. Atrás de sus ojos, baila una milonga una manada de suicidas y él los contiene, acorralados. Y no se suicidan. No, eh, bueno... Así, no.
Empecemos de nuevo.
Una profesora me ha invitado a que veamos con sus alumnos mi documental sobre las cárceles. Están todos ahí, sentados, hermosos y posibles. Están los profesores también; hasta el director está, como corresponde a una escuela bien plantada como esta, aun en territorio hostil. Hablamos, entonces, de la pobreza criminalizada, de la dificultad de parar la olla, de las cagadas que, a veces, dejan las drogas, de la Lepra y del Tomba, de los quilombos en las casas, de la necesidad de persistir y salir adelante en la escuela pública, de la cárcel como santuario de culpas sociales. Después, nos abrazamos y nos sacamos fotos. Prometemos la mentira de volver a vernos y salimos al patio. Allí, en una esquina, acechando con su dolor, está el Marcelo Romero, quien se me acerca y me dice:
- ¿No conoce a mi hermano? Está en la cárcel; se llama Elías y es bajito y morocho, me parece...
- ¿Cómo "me parece"?
- Es que no lo conozco. Somos diez hermanos y no conocimos a nuestros padres y, cuando mi mamá se murió de cáncer, nos repartieron a todos... Me ha dicho que está en la cárcel...
- ¿Y vos dónde vivís?
- En una casucha de madera que me presta una señora.
- ¿Sos buen alumno?
- Tengo todos ocho, nueve y diez. Y este año termino la secundaria.
Entonces, bajo la vista, con admiración: el vago perdió a sus padres, perdió a sus hermanos, vive en una casucha y es -luego me lo afirmarán docentes y directivos- excelente alumno, "un chico muy bueno, que se esfuerza mucho". Bajo la vista, decía, y, entonces, veo que de las zapatillas se le escapan dedos, como queriendo ir a jugar a la ronda al patio de la escuela, ponele...
Entonces, decido que le haré una nota, para que los lectores del diario buenos de corazón le den una mano a este Cristo de la Triple Frontera (digo Cristo porque algunos creen en Cristo, pero podría ser Abraham, el Che, Moisés, el Tío Sam, Buda o quien puta quieras).
Podríamos, a esta altura, empezar de nuevo, pero, no: continuaremos.
Le digo que nos vayamos a su casa. Pasa a buscar el tuper por la cocina, para tener su almuerzo: hoy serán dos milanesitas de pollo y un puñado de ensalada rusa; nada mal. Subimos a mi estupendo auto y atravesamos esas barriadas obreras, como en un film de Vittorio de Sica, hasta llegar a su actual hogar, en la calle Mercedes Sosa, de un barrio que, quién sabe por qué, se llama Metrotranvía. Allí, conoceré a Jacquelina. Vamos con ella.
Jacquelina tiene ocho hijos y unos ojos bellísimos. Uno de sus hijos, el Ramiro, conoció a Marcelo en la época en que nuestro héroe sobrevivía en las calles, limpiando veredas a cambio de monedas y durmiendo en algún rincón del primer piso de la Terminal de Omnibus. Jacquelina conoció a al Marcelo y "lo vi tan buen chico que lo menos que pude hacer es traerlo a vivir conmigo; y eso que yo tengo hijas grandecitas ya, pero él es una excelente persona y muy guapo para trabajar".
Marcelo, con Jacquelina, Ramiro y Micaela.
El pibe se instaló en la casucha de machimbre, junto a la casa obrera, y ahí vive, junto a uno de los hijos de Jacquelina, al lado de bolsas de cemento; aún así la habitación es sumamente pulcra y la ropa del Marcelo, la poca que tiene están tan ordenada como la cama.
El Marcelo me cuenta fue duro cuando los separaron a todos, pero que hace lo que puede para ver a los hermanos que tiene cerca y también me cuenta que un pulmón no le funciona, digamos, del todo bien. Hace changas, también, nuestro héroe: sabe levantar paredes y abrir zanjas y adecentar jardines y atendió un puesto de verduras en la feria, pero su sueño -su gran sueño, su anhelo, su deseo, su utopía- es poder estudiar Enología, después de que se reciba a fin de año. O tal vez piloto de avión, quién sabe, pero esto es más complicado.
- Yo no le ando en cosas raras. Jamás he probado drogas ni tomo alcohol.
Se calla. No habla mucho. Se mira las manos, la gente buena y sincera, como él, tiende a mirarse las manos, cuando hace silencio. Los agujeros de sus zapatillas también se callan. Come milanesas, tomamos de una Sprite muy helada e inapropiada que compré.
- ¿Qué necesitás?
- No sé.
Yo sí sé, porque él no lo dirá: el Marcelo Romero necesita
1) una beca para estudiar Enología;
2) un teléfono móvil para estar comunicado con sus hermanos;
3) una bicicleta para moverse;
4) zapatillas y zapatos -calza 37- y algo de ropa
5) algo de plata, para pagar un plan, el más económico, de su futuro teléfono
Jamás se lo diré, pero lo miro, mientras va terminando su almuerzo, y pienso lo afotunado que soy en poder darle a mis hijos las cosas que necesitan y muchas que no necesitan; no se lo voy a decir, pero pienso que Marcelo podría ser mi hijo.
De pronto, interrumpe mi silencio egoísta:
- Ya sé lo que necesito: un trabajo para poder ayudar a la señora Jacquelina, a mis hermanos y a mí también.
Me subo al auto, pongo un disco de Estelares en vivo, me entrego a pensar que la primavera jamás se presenta con insolencia, sino poco a poco, y atravieso la Triple Frontera como quien se aleja del epicentro de un terremoto.
El Marcelo es un ejemplo de lo mejor que tenemos como sociedad: el testimonio vivo de que, a pesar de toda calamidad posible, podemos salir adelante, con nobleza y optimismo. Démosle esa mano que tanto se merece: dentro de unos años, quizás, brindaremos con un malbec parido por sus manos y diremos cosas estúpidas del tipo "la vida es bella" o "puta qué lindo es vivir" y serán ciertas, tan ciertas como los brotes que se parten o los agujeros de las zapatillas, en interminable asombro, al filo del cuero de este planeta absurdo. A lo mejor, entonces, aprenda a sonreír.
Ulises Naranjo.
Pd: Quienes quieran ayudarlo, pueden traer las donaciones a Mdz -Arístides Villanueva 444- o bien llamar a la profesora Gladys Sánchez al 2616103660 o a Ulises Naranjo al 2616273100; gracias.