El fin y las vísperas

Y como cada tanto, se viene el “Fin de…” Siempre está por llegar el final de algo, sea el de los tiempos o el fin de semana. O del año, que lo tenemos encima. Siempre algo se termina, es invitable. Por siglos ha sido una habitual cantinela lo del fin del mundo, por ejemplo. Y para algunos sigue siendo un caballito de batalla al que le sacan bastante jugo. De hecho, todas las religiones se basan en algo así, de lo contrario no funcionarían, porque si sabemos que esto seguirá por siempre ¿De qué nos vamos a preocupar? Pero además de morirnos, se va a pudrir todo lo que vemos, nos venden. Entonces tampoco te sirve proclamar “¡Que me quiten lo bailado!” porque no va a quedar nadie que te admire. Es como haberse levantado la mejor mina y no poder contárselo a los amigotes…no tiene ninguna gracia. Eso sin mencionar que las fulerias que hagas acá las vas a pagar allá, según dicen; pero no nos consta realmente. Como sea, el asunto ha funcionado por añares, y antes cuando aparecía un cometa en el cielo se armaba un desparramo padre y todos creían que se iban a morir como ratas; en realidad se morían  así por las pestes que había de puro mugrientos que eran, no por los meteroritos ni bultos que se menean. Pero funcionaba, como siempre y como en todo, para que unos cuantos vivieran a costillas de otros muchos, sea vendiendoles la salvación eterna a sola firma (antes) o vacunas y remedios (después).

Y más allá del apocalipsis semanal que nos predican algunos políticos que no están en el gobierno (porque los que están no lo predican, lo fomentan) y en especial una rubia gordita que es toda una profesional en la materia, los argentinos tenemos una larga historia de acaboses varios, siempre al calor de nuestras propias marranadas. Además solemos ligarnos las esquirlas (o los balazos limpios) de los descontroles que arman otros. Es una tradición, por eso creo que debemos ser el pueblo mejor preparado del mundo para recibir el fin de este circo, que alguna vez llegará. O quizas no…Pero siempre a nuestra manera. En ese sentido es interesante preguntarse qué harían los distintos pueblos y personas en caso que se anunciara oficialmente el fin del mundo. Según expertos varios, los nortemericanos irían en manada a rezar a las iglesias; los franceses armarían unas orgías macanudas; los italianos se hincharían de pastas y vino; los españoles se empedarían con jeréz…y los argentinos correríamos a comprar dólares. Igual, los argentos sí seguiremos comprando dólares apenas el presidente de turno estornude dos veces, pase lo que pase.

Seguramente entre todos estamos gastando al planeta, y parece que no le queda demasiado hilo en el carretel, dicen los ecologístas, nuevos anunciadores del ¡No va más! que supimos conseguir. O puede ocurrir que se nos venga encima un meteorito del tamaño de Misiones y terminemos como los dinosaurios, con el agravante que ellos fueron la especie dominante en la tierra por casi 20 millones de años, y nosotros todavía no llegamos ni a tres, contando desde el Homo Sapiens para acá…o sea que menos chiste con los dinosaurios, que duraron mucho más que nosotros. Pero bueno, no está claro que eso vaya a pasar, aunque meteoritos problemáticos los hay, como las brujas. Algo está claro: los muchos fines del mundo que predicaban las religiones  no serán tales. Aquellos profetas del caput te decían que se pudría el estofado porque díos quería, no por estupideces propias del hombre…o sí, pero no tan directamente como ahora, cuando hasta las vacas que criamos contribuyen con sus gasesitos al calentamiento global, según los que saben. A lo mejor con todo eso tampoco pasa nada, pero seguro que cuando nos demos cuenta ya habremos gastado océanos de guita en productos “Biodegradables”, “Amigables con el medio ambiente”, “Ecológicos”, etc., por lo cual miles de piolas estarán muy contentos. Pero por las dudas no ensuciemos mucho el patio, o mejor limpiémoslo porque está hecho una marranada. Recuerden siempre que hay que cuidar la flauta porque el concierto es largo, en todos los aspectos.

También menudean las “Distopías”, como baten ahora los que están en la cosa, que desde el arte o el ensayo o el documental te anuncian que probablemente una cepa mutante del virus de la caspa o algo así se transforme en una plaga que extermine a la humanidad. En estos casos suelen vender la cosa aprovechando que casi nadie tiene  cerca un microscópio electrónico para andar mirando bichitos ínfimos, y si lo hiciera sin años de estudio encima se comería un embole padre, por lo cual enseguida largaría todo para ponerse a jugar con la Play Station o a ver el programa de Tinelli. Ya se anunció que la gripe, la hepatitis, el SIDA, la meningitis, y todo aquello que se origine en un virus tiene el potencial de dejarnos con el tujes para arriba a todos, y solo es necesario darle un empujoncito. En el cine y la tele abundan las producciones en las que algo de eso ocurre, inclusive hay varias en las que por culpa de esos bichos pedorros todos terminan siendo zombies antropófagos. Un disparate del tamaño de una catedral, pero que siempre te deja la cosquillita de pensar si acaso los poderosos del planeta no estarán experimentando con ese tipo de asuntos y el día menos pensado te encontrás con que tu vecino, que parecía más inofensivo que Ned Flanders, se transforma en una bestia carnicera que deja el desplume. De hecho, todavía nadie puede asegurar que el SIDA no haya sido un experimento genético que se le escapó de las manos a sus creadores. Series como “Los expedientes X” o “24” ayudan a fomentar las paranóias que nos merendamos todos los días desde que explotaron los medios masivos de comunicación, allá en la segunda mitad del siglo 20 problemático y febril.

También circulan los que dicen que lo que nos va a matar es la falta de agua; o sea que nos vamos a morir de sed porque escaseará el agua dulce. Encima, los argentos tenemos mucha, desde los grandes acuiferos del litoral hasta los glaciares de la cordillera y los lagos del sur, lo que refuerza la natural inclinación que tenemos a pensar que todo el resto del mundo conspira contra nosotros, en este caso para sacarnos el líquido elemento así como ya nos quitan los futbolistas, la carne y los granos por viles monedas. Lo del agua será un problemón, y de hecho ya encontrás por ahí a los que cuando ven alguien manguereando la vereda y derrochando megalitros de agua potable intentan estrangularlo. Esta bueno generar conciencia sobre el tema, pero convengamos que alimenta algunos dislates. Ya cansó, por ejemplo, la fracesita de que “Las grandes guerras del siglo 21 serán por el agua”, cosa bastante rara si observamos que estamos en la segunda década y las guerras siguen siendo por el petróleo, como siempre ha sido y continuando venerables tradiciones. Tal vez el día que se inventen los autos que funcionen con agua la cosa cambie. Por ahora no lo veo tanto, pero sirve   para que algunos prosperen: los libretistas de cine y tele, los escritores de best sellers, los “futurólogos” surtidos, los documentalistas del Discovery, y por supuesto los religiosos que tratan de arrear el rebaño para su corral al grito de “¡Arrepentíos, carajo, que se nos  quema el rancho! Esos son inmutables, y siguen diciendo mayormente que será obra del demonio, siendo que ya sobran evidencias de que muchos simples mortales lo superaron largamente y sin necesidad de andar chapeando como “Principe de las Tinieblas” o bizarreadas parecidas.

Lo que quedó en el desvan del olvido parece ser la tercera guerra mundial, fábrica de julepes durante décadas. Parece que su estreno se pospuso sin fecha fija, o a lo mejor ya empezó pero de a poquito…hoy vos me volteas unas torres gemelas, mañana yo te invado el país, pasado me hacés volar una estación de trenes o subtes y yo trituro a tus combatientes en Guantánamo…así, despacio, que no hay ningún apuro. Es como aflojar cada tanto la tapa de una olla a presión que está por volarse. Tal vez sea más sabio que tirarse todos los misiles por la cabeza y de una, como se pregonaba durante la guerra fría, porque ahí si que no zafábamos ni a ganchos.

Por lo pronto, va a terminar un añito más, y el pescado sin vender. O ya preparado en forma de entrada fría para la mesa familiar navideña, en la cual les deseo que pasen unos hermosos momentos. Nos veremos la semana que viene, si es que el mundo no revienta, o si no reventamos todos nosotros por comer y tomar demasiado en Noche Buena. ¡Felicidades!

Roberto Pérez en Tiwtter, @robertomagno2