La mujer tendría unos 35 años. Se llama Gabriela. Muerta de calor después de dos horas de marcha apretada en el centro de Mendoza, levantaba botellas y mugre del piso frente a la explanada de la Casa de Gobierno junto a un grupo de mujeres como ella. Eran miles y miles de personas allí soportando 38 grados de temperatura y el viento zonda. “Lo hacemos porque lo que falta es que ahora nos digan mugrientos…” le dijo a una periodista de MDZ Radio que le puso el micrófono en ese momento. Gabriela, como los otros cientos de miles de argentinos que marcharon por todo el país, representa el hastío. El hartazgo del ninguneo. La bronca por la sordera oficial. El fastidio enorme por la negación de la realidad. El enojo por la descalificación, el insulto, o el encasillamiento de una protesta que fue la más importante que haya tenido que afrontar un gobierno en democracia desde 1983 a la fecha.
Hay que escuchar a esos cientos de miles que produjeron semejante demostración de fuerza cívica, peligrosamente cercana al desencanto más completo respecto del gobierno y de la política.
Los ciudadanos son la base de la república y de la organización política de un país. Estuvieron antes que las ciudades, las organizaciones y los partidos políticos. Y resulta, al decir de los pocos voceros oficiales o de algunos análisis que aparecieron, que ahora “no pasa nada”. Y que los vecinos que llenaron las calles de todo el país, en Buenos Aires, Olivos, el Obelisco, la Plaza de Mayo y la Avenida 9 de Julio, las capitales del interior y en las ciudades y pueblos, no son importantes porque “nadie los conduce” o “nadie los representa” o “nadie los capitaliza”. Y justamente esa es la base del problema. Estos cientos de miles –algunos dicen que sumaron un millón y medio en todo el país- son los que no se sienten contenidos en primer lugar por el gobierno, y después, por el resto.
La enorme masa de gente que salió ayer a decir cada uno su propio “basta” tiene peso propio, legitimidad y autonomía. Individualmente cada ciudadano vale por sí mismo. No tienen que hacer un partido para ganar las elecciones ni tener auspicios políticos que los capitalicen. Son ciudadanos construyendo república y reclamando por un país que creen haber extraviado. Y tienen agenda propia. Una importante lista de temas que les afectan. El gobierno dice que no hay inflación y los precios aumentan. Dicen que no hay cepo cambiario, pero ningún argentino puede viajar al exterior por la razón que fuere, porque está afectada su libertad de adquirir divisas. El artículo 14 de la Constitución Nacional enumera como uno de nuestros derechos más básicos, el de “entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino”. Pero la parte de “salir…” está afectada por el cepo cambiario, que según la presidenta tampoco existe, a menos que alguien crea que se puede vivir en el exterior por siete dólares por día y por persona. Además, los argentinos no quieren dólares para hacer fiestas de casamiento en Punta del Este, pero sí necesitan de alternativas confiables para ahorrar luego de que a la moneda nacional le quitasen 32 ceros en 40 años.
Dicen que la inseguridad es una sensación pero ayer fue uno de los reclamos más importantes. Los ciudadanos sienten temor y se quejan de que los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra… Y después ven al “Vatayón Militante” haciendo sus deberes oficialistas.
Para qué mencionar el transporte, los muertos de los trenes, los apagones y la crisis de la energía, o las trabas a las importaciones que afectan cuestiones de la vida diaria, o los funcionarios que viven como ricos pero se quejan de la clase media. ¿Desde cuándo el peronismo es un partido de división de clases? ¿En qué postulado de Perón dice que la clase media es culpable por ser “clase media” y que debe avergonzarse de ello? Al revés, el peronismo es un partido de alianza de clases.
Ningunear a los argentinos que protestan, a los ciudadanos enojados con un gobierno que les ha recortado la libertad entre el cepo y la inseguridad que no se reconocen, y hacerlo desde la soberbia y la descalificación, es peligroso. La gente tiene cada vez más bronca, aunque muchos reconocieron en la propia marcha que el mismo gobierno al que critican hace muchas cosas bien. No son suficientes, por lo que se ve, para frenar el enojo de vastos sectores de la sociedad que se expresaron de manera democrática, multitudinaria y pacífica por consignas sencillas y profundas.
Ayer se cayó un mito urbano: el gobierno no ejerce el monopolio de la militancia ni de la juventud. Los que protestaron estaban militando por lo que creen es un puñado de derechos fundamentales: que el gobierno diga la verdad, reconozca los problemas y los resuelva. Había miles y miles de jóvenes entre ellos. Por eso la presidenta y todo su gobierno deben escuchar a los ciudadanos. ¿Cuántos de los “clase media” que votaron a Néstor o Cristina estuvieron ayer en la marcha? Muchos. Y eso es resultado de una política de resentimiento que maltrata al que se queja, al que señala errores, al que exhibe una diferencia, al que cree que hay cosas que deben hacerse de otra manera, y al ciudadano de clase media urbana.
El enojo es grande. El fastidio es enorme. La negación sistemática de la realidad produjo el hartazgo. Así es que a la clase política ahora le toca escuchar y atender los reclamos. Especialmente a la presidenta. Aunque no le guste, debería “aflojar” y contener a la Argentina que reclama. Es una Argentina que trabaja, produce, consume, y que también tiene derechos. Y que demostró que no necesita de liderazgos para hacer saber lo que piensa.