El peor mes para Cristina

Si hay algo que deben estar esperando en el gobierno nacional es que por fin se acabe noviembre, tal vez el peor mes para Cristina desde que comenzó su segundo mandato. Hubo algunas buenas para el kirchnerismo en este mes, como la aprobación del per saltum en el Congreso, pero desde el mismo Congreso llegó quizá la primera señal de que no iba a ser un mes tan sencillo, porque faltando horas para que octubre fuera historia, el 31 a la tarde, el Cuervo Larroque se despachó con un neologismo con el que quedó bastante flojo: les llamó narcosocialistas a los integrantes del FAP, en clara sintonía con la avanzada nacional contra Santa Fe, provincia de la cual salió, oh casualidad, el tipo que le hizo sombra (no mucha tampoco, pero que en el futuro puede crecer) a la presidenta en las elecciones del 2011.

Como ya nos tiene acostumbrados el kirchnerismo, en lugar de llamarse a silencio o elaborar una estrategia de reducción del conflicto, salió con los tapones de punta. Así que al otro día nomás, ya el primero de noviembre, tanto Cristina como Amado hicieron declaraciones en defensa del indefendible epíteto de Larroque.

Hasta Estela de Carlotto aseguró que a Larroque se le fue la mano, pero desde el Gobierno, por supuesto, de autocrítica no hubo nada.

Y hacia ahí vamos, hacia la imposibilidad de la autocrítica. Porque noviembre, con todos los trastornos que trajo para el Gobierno (apagón en Buenos Aires, 8N, golpe de efecto de De la Sota, 20N, bronca de la CGT que se alió, decisión de Griesa y siguen los éxitos), otorgaba una buena oportunidad para aproximarse un poco a la gente, tal vez bajando los decibeles de la agresión, porque no hay funcionario nacional que no ataque cada vez que habla, cosa que es lógica, porque el modelo comunicativo que propone el oficialismo necesita de enemigos para sostenerse, por eso le es preciso recordar en cada aparición pública que los desestabilizadores golpistas están ahí, a la espera del momento justo para hundir sus colmillos.

Pero la estrategia del oficialismo tiene otra pata que también, en lugar de aproximarlo a la gente, lo distancia. En este caso se trata del método de la comparación sin más. Así como el alumno que se lleva tres materias y ante la recriminación de sus padres responde “pero si Fulano se lleva ocho, cuál es el problema”, el Gobierno sale en su propia defensa en casos como el del 8N o el del 20N diciendo cosas como “acá se quejan, pero miren España, o miren Italia, o miren a cualquier lugar del mundo y van a ver que estamos mejor”.

Un argumento similar utilizaron De Vido y Kiciloff el viernes para anunciar el aumento de tarifas de los servicios de gas y electricidad. En lugar de hablar sólo de lo que piensan hacer con el fondo que propusieron crear con los réditos del aumento, recurrieron a la comparación, con la que pretendían dejar mal paradas a provincias como Córdoba, por ejemplo.

Estas dos formas de manejar cualquier conflicto incrementan toda distancia antes que acortarla. Y así comienza la última semana de noviembre, que de movida nomás trae la apelación que la Argentina presentará mañana ante la Corte estadounidense en respuesta a la decisión de los fondos buitres, jugada con final incierto, hay que reconocer, por más optimista que se sea.

Cristina, su gabinete, sus legisladores y los jueces afines se acercan al último mes del año, y cada vez es mayor la sensación de que lo hacen más distantes de la gente con cada día que pasa, porque cansa que nunca el gobierno sea responsable de nada, sino todo lo contrario, los culpables son Magnetto (por sobre todas las cosas), Moyano, De la Sota, anónimos que hicieron un sabotaje a la red eléctrica… Todos los de afuera son responsables, pero nadie del gobierno lo es.

Y como si esto no fuera suficiente como para elevar la discordia de los que no son kirchneristas, esta semana se estrenó Néstor Kirchner, la película, que salvo un obsecuente o un necio, nadie más puede decir que es un buen trabajo, por lo que recibió malas críticas desde todos lados, salvo, claro, desde los sospechosos (aplaudidores) de siempre.

Son sólo cinco días los que quedan para que comience diciembre, el mes del 7D (estamos de acuerdo con el fin del monopolio), el del 10D (siempre es un motivo de fiesta que se cumpla otro aniversario de la democracia), el del no cobro del Impuesto a las Ganancias en el aguinaldo (pese a los detractores –entre los que me cuento, porque no coincido con el keynesianismo–, unos mangos más para el bolsillo son), pero nada de esto ha servido para que el mal humor no se generalice.

Podrán volver cuantas veces quieran al argumento de que Cristina ganó con el 54 por ciento de los votos, pero el ánimo del votante cambia si esa persona en la que confió no le habla, o si cuando habla es para dejarlo cada vez un poquito más afuera en su discurso.

Este gobierno necesita reconciliarse con la gente, acercarse a ese personaje que todos los días sale a laburar y al que no le caerían para nada mal muchas de las políticas que se aplican si sólo se las explican sin soberbia, sin la presunción de que a la vuelta de cada esquina se esconde un enemigo.

Pero, ante todo, este gobierno necesita comenzar a sincerarse, porque si no es capaz de adecuar su discurso a lo que la población ve todos los días en la calle, a lo que gasta cada vez que compra elementos de primera necesidad, a todo eso que siente y presiente que está pasando y sabe que ni los oficialistas ni los opositores le están diciendo. Si no, todo será cuesta arriba.

Alejandro Frias