Hay que tocarse más

Tocarse, sentirse, mirarse es fundamental para las relaciones humanas. Las redes sociales son el boom del siglo XXI, pero... ¿Son capaces de reemplazar el "tête à tête"? ¿Qué pasó con la piel, mendocinos?

Foto: Vía Flickr
Foto: Vía Flickr

Se viene en primera persona. Sabios profesores -antes- y compañeros con mucha experiencia –ahora- recomiendan que no se debe escribir así, que no es periodístico. Estoy totalmente de acuerdo, pero lo que quiero transmitir es un pensamiento que surge de una vivencia, y así me surge contarla.

Hace tiempo, unos años, reflexionaba sobre este mismo tema, pero esta dependencia que tengo, que tenemos hacia los celulares, el mensaje de texto, el chat de Blackberry, las redes sociales y demás me hicieron pensar nuevamente en la cuestión.

Venía de hacer un móvil de la radio, y me tenté con un heladito. Entré a una famosa cadena de comida rápida y vi en la mesa que tenía más cerca a cinco chicas adolescentes con el uniforme del colegio secundario, cada una con su celular, enviando mensajes de texto.

En la mesa contigua, tres norteamericanos y sus netbooks. En las tres pantallas, la página de Twitter, resplandeciendo.

Una tercera mesa reunía a dos señoras de las cuatro décadas: una llamaba al hijo y la otra chequeaba mensajes de voz.

A mi lado, un amigo se excusaba apurado: “disculpame que no me quede, pero muero por llegar a casa y revisar Facebook. Quiero ver si me aceptó la invitación de amistad Fulanita”.

De los cuatro grupos, solo a estos últimos los escuché cruzar palabra –y eso que me llamaron la atención y esperé mirándolos un considerable tiempo-.

El cuadro completo me recordó a un texto que alguien me pasó alguna vez de Mex Urtizberea, en el que el actor hablaba de su añoranza por una época en que para poder decirle algo a alguien a la distancia se necesitaba un cospel. Y para conseguir ese cospel tenía que encontrar un comercio que lo vendiera. ¡Y que no vaya a ser tarde, porque ya el negocio no estaría abierto!

Pero la cosa no terminaba ahí. Recuerdo que Mex enumeraba una serie de obstáculos que ahora nos parecerían impensables (no se si todos estos eran los que se mencionaban, o se me ocurrieron a mí): había que caminar hasta el teléfono público, rezando en el camino para que no esté descompuesto. Si funcionaba, y no se tragaba la ficha, tener la suerte de que la otra persona estuviera en casa. Si estaba ocupado, esperar parados y seguir intentando una, dos, tres… las veces que hiciera falta. 

Es que en ciertos tiempos, el teléfono era algo extraordinario y se usaba para comunicar cosas urgentes. Si uno quería charlar, iba y lo hacía en persona.

Me acordé también de mi bisabuela, que fue la que me inculcó el gusto por la charla y la curiosidad por escuchar historias y conocer personas.

Fue como un refucilo: se me vino a la mente mi “nonna Anna”, que me contaba cuentos de noche hasta que los ojos se cerraran, y a quien la computadora y el celular le parecían elementos un poco mágicos, un poco diabólicos.

A ella le encantaba charlar conmigo, y a mí con ella. Hablábamos de Italia, de la segunda guerra mundial, de Lencinas, de Pancho Gabrielli, de Perón y “la Eva” –no los quería, evidentemente- y del horror de la dictadura.

Ella decía que las cosas había que hablarlas cara a cara. Ella reunía todos los sábados a tíos, hermanos, primos, nueras, yernos, nietos y sobrinos y hacía apagar la TV para “charlar” mientras comíamos.

¿El recuerdo más lejano de mi nonna? Yo tenía casi cuatro años, y sin embargo es muy vívido. La gente festejaba porque Argentina había recuperado las Malvinas. Ella me contaba un cuento, y de pronto lloró. Y me dijo: “Acuérdese esto, mi amor: Nunca se festeja una guerra cuando empieza, sino cuando termina. No hay que pelear, hay que hablar”.

La disfruté mucho. Se murió a mis veintipico. Estoy casi seguro que le debo mi profesión de periodista.

Hablar a la cara

Soy un usuario desenfrenado de la tecnología, internet, el celular y las redes sociales. Es decir… trabajo en un diario digital. Creo que son herramientas importantísimas para la propagación de la información, pero si nos descuidamos, son también la causa del aislamiento y la despersonalización.

¿Te acordás cuando antes de conversar con alguien, te saludabas con un beso y no con un zumbido? ¿O cuando te bastaba ver la cara de traste o la sonrisa amplia para conocer un estado de ánimo, y no tenías que esperar a los dos puntos seguidos de un paréntesis -que te indica lo feliz o lo triste del sujeto en cuestión según “para que lado esté la pancita”-?

¿Y cuando te hacías amigo de alguien por las experiencias compartidas o por los pensamientos o ideas en común, y no haciendo un “click” en su perfil –según si la foto que tiene lo muestra lind@ o no-? 

Antes para hablar con un amigo te juntabas, viajabas, lo ibas a buscar.

¡Qué lindo que es poner el cuerpo para comunicarse, che! 

Es cierto. Ahora todo es muy sencillo y sofisticado: decimos lo que queremos y se lo contamos al mundo casi al mismo tiempo en que la idea se conforma en nuestro cerebro.

Sin embargo… ¿No pareciera que la gente se entiende cada vez menos? Te conectás, te registrás, estás on line… pero no mirás a los ojos. No escuchás. No comprendés. No captás. No charlás. No besás. No abrazás. No tocás.

No sentís.