La clase media mendocina y el Modelo K

Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

Es frecuente escuchar que en Argentina 9 de cada 10 habitantes, se considera clase media. Una categoría que viene a representar algo así como una tarjeta de membrecía que casi todos desean poseer. Los que pertenecen al segmento medio, luchan intensamente por permanecer. Los más humildes aspiran a formar parte de ella. Y muchos integrantes del segmento “top”, prefieren ocultarse bajo las capas medias.

La explicación a esta rareza de aspiración masiva, tal vez podamos encontrarla en el espíritu de diferenciación con el que fue concebida la categoría media en nuestro país. Ezequiel Adamovsky, distingue en su libro “Historia de la clase media Argentina”, tres fases distintivas de un segmento tan ensalzado como denostado a lo largo de la historia argentina.

Cuenta que la filiación social de “clase media” no surgió transgresoramente “desde abajo”, como sucedió en Francia, sino que más bien fue el resultado de un dilatado proceso de recategorización social “desde arriba”. Relata que entre 1860 y 1930, se aspiraría a reemplazar el esquema binario que enfrentaba a la llamada “gente decente” con la “plebe”, por un sistema tripartito. Las clases dominantes buscaban componer una representación de la estructura social que incluyera un “emblanquecimiento” de la autoimagen de Argentina en desmedro del país indio y criollo. Ello se plasmó en los festejos del Centenario, que, al tiempo que magnificaba la ascendencia europea, identificaba a la clase media con el “ser nacional” blanco.

La  segunda fase descripta por Adamovsky, corresponde a los períodos que van desde 1930 y 1943. En esta etapa se alteraría la geografía social de Argentina. Las migraciones internas del campo pobre a las ciudades y conurbaciones duplicarían el número de integrantes de la clase obrera en 15 años, agrandando las urbes y, con ello, los canales de ascenso social. En esta etapa surge la mujer moderna, el ciudadano correcto, el profesional universitario, el pequeño comercio, los docentes y empleados públicos. Todos ellos eran personajes sociales atractivos de encarnar debido al prestigio que proyectaba su “buena presencia”.

Aunque el verdadero afianzamiento de la identidad prefijada del “ser clase media” sólo tendría lugar, afirma Adamovsky, cuando los potenciales ocupantes se sintieran amenazados “desde abajo” por los trabajadores que el peronismo enaltecía. Como nunca antes la clase media compartiría a partir de allí, un proceso anímico con la suficiente intensidad como para que sus inquietudes se fundieran en una verdadera estructura de interpretación social: un “nosotros”.

¿Qué representación tiene la clase media hoy en Argentina?

Guillermo Oliveto de la Consultora W publicó, a principios de este año, una nueva pirámide social. La misma señala que el 7% de la población pertenece al segmento top, con ingresos familiares que oscilan desde los 27.000 a 53.000 pesos y más, un 17% a la clase media alta con ingresos promedios de 13.800 hasta los 22.000 pesos; un 30% a la media típica (desde 6.000 a 9.000 pesos); un 31% a la media baja (con 3.100 de promedio mensual)  y un 15% a la baja con un promedio de 1.500 pesos.

Consultoras como Ecolatina o CEMA, indican que los ingresos de una familia deben oscilar entre los 12.200 y 18.000 pesos para permitir el acceso a bienes y consumos que históricamente se asociaron a la clase media, sin grandes lujos. Esto es, para mandar a los hijos a un colegio privado subsidiado, pagar un alquiler, alimentarse y pagar otros gastos como medicina privada, ropa, salidas. Ello quiere decir que en hoy en Argentina, la clase media está devaluada en términos de posesión de medios de producción y posición en el mercado. Sólo el 17%  - clase media alta - accede a lo que históricamente se asoció a los consumos y bienes típicos de la clase media. Sin embargo, aún cuando su impacto en la dinámica económica dista mucho del que fue, para el conjunto de la categoría media –47% de la población que integra los segmentos medio altos y medios típicos -, los valores y las aspiraciones que identificaron su esencia, siguen intactos.

¿Cuáles son estos valores y por qué se contraponen al Modelo K?

Diversos estudios cualitativos, realizados en la provincia en el último año, señalan que abundan consideraciones en la cultura media argentina y especialmente mendocina, que se enfrentan cotidianamente a los símbolos del kirchnerismo. La cultura del trabajo vs. asistencialismo; defensa de la institucionalidad vs. atropello de los poderes del Estado; educación como herramienta de empoderamiento social vs. degradación cultural mediante enfoques tales como consentimiento tácito a la toma de colegios por parte de alumnos; la meritocracia vs. capitalismo de amigos; libertades individuales vs. medidas restrictivas. En fin, valores intrínsecos que sumados al cúmulo de reclamos conocidos, sintetizan el rechazo.

Resulta paradójico que una fracción social que nació bajo el impulso de las clases gobernantes, según expresa Adamovsky, sufra la carencia de interpretación de la propia usina que le dio origen. Como se evidenció en la manifestación del 8-N, se trata de un segmento que demanda a gritos representación. Ahora, si el proyecto político de CFK no los contiene, pues entonces el guante deberá ser recogido por la oposición. Esto quiere decir que el éxito o fracaso de los referentes opositores, irá inexorablemente atado, a su capacidad para descifrar a los estratos medios.