El enemigo que no conviene

Por qué el kirchnerismo prefiere enemigos clásicos como Magnetto antes que ciudadanos con cacerola.

Foto: AP
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1- El enemigo se construye. Desde 2003, el kirchnerismo ha necesitado definir con quién pelear para hacer viables los distintos conflictos que ha atravesado el país. El oficialismo no le ha hecho asco al conflicto, por el contrario, los ha incentivado en alguna instancia cuando la confrontación ya está planteada.

Pero siempre ha necesitado saber a quién enfrentará. Ha necesitado otorgarle un peso político, una historia reciente y un motivo político para confrontar.

2 -La lista que ha acumulado el Gobierno nacional es importante, en estos casi 10 años de ejercicio del poder.

Enemigo fue Cecilia Pando, cuando la pelea se centró en los juicios a represores y la política de derechos humanos.

Enemiga ha sido la Iglesia, toda vez que ha cuestionado la política social y sus baches, así como las leyes que avanzan en derechos sobre la identidad sexual o el matrimonio igualitario.  

Enemiga fue la dirigencia agropecuaria caracterizada en la Mesa de Enlace -principalmente, la Sociedad Rural-, en el conflicto por las retenciones en 2008, el primer conflicto de importancia nacional que enfrentó el kirchnerismo y que definió, desde ese entonces, la lógica de fragmentación en clave maniquea.

Y, a partir de ahí sobre todo, enemigo fue Julio Cobos -esa invención puramente kirchnerista que tanto duele al oficialismo como una espina difícil de sacar- luego de su "no positivo", aún más a partir de la muerte de Néstor Kirchner. A partir de ahí, se lo define a Cobos como "el traidor".

Enemigo ha sido el Reino Unido, toda vez que haya sido necesario reivindicar la soberanía de las Malvinas en la ONU. Y, en ese afán de reinvidicaciones nacionalistas, enemiga también la española Repsol a la que se expropió YPF -así como antes lo fue Marsans con Aerolíneas Argentinas-. El enemigo externo también cobra la forma de los llamados "fondos buitres" que pidieron el embargo de la Fragata Libertad y de las calificadoras internacionales -como Standard & Poor´s- que rebajan la nota a los bonos públicos que emiten las provincias.  

Todo conflicto porteño parece ser conflicto nacional. La pelea para ver quién se hace cargo del servicio de trenes subterráneos, de la seguridad en la Ciudad de Buenos Aires o la toma de los colegios secundarios, hace que el enemigo entonces decante en la figura de Mauricio Macri.

Enemigo ahora es Hugo Moyano, antes aliado, en una pelea descomunal por los millonarios fondos de las obras sociales y la conducción de la CGT, en tanto la central obrera se asume como la representación de los trabajadores argentinos. La figura del "traidor" también recae sobre el líder camionero.  

Tampoco faltan los enemigos internos, aquellos que se atreven a adelantar sus deseos de competir por la máxima candidatura cuando todavía no se define la reforma constitucional que podría habilitar a una re-reelección de Cristina, como es el caso de Daniel Scioli. 

Y, entre todos estos rivales circunstanciales, se alza El Gran Enemigo, aquel que resiste la Ley de Medios y que por ello define una batalla histórica a darse el 7D. El Grupo Clarín, que junto con Macri y Moyano parecen encarnar hoy por hoy el eje del mal. Una hidra mediática con un rostro principal, el de Héctor Magnetto -en la imagen-, y varias cabezas periodísticas que arrojan dentelladas por los flancos débiles del modelo.

A tal punto que cualquier problemática estructural del país, pareciera reducirse a una cuestión puramente mediática.

3 - Las movilizaciones del 13S y 8N instalaron en la calle a un nuevo rival, que trae aparejada una complicación política no menor para el kirchnerismo.

La ciudadanía que, con cacerolas en mano, blanqueó sus reclamos ante el Gobierno nacional. Resulta difícil identificar a este nuevo enemigo sin caer en una generalización burda o políticamente malintencionada.

El periodismo no oficialista directamente lo define como "la clase media". En una definición propia -tal como se vio en los carteles de la última manifestación-, ese colectivo se asume como "el 46 por ciento" que no votó a Cristina.

En estos términos, la movilización ciudadana supone un problema particular en la lógica del kirchnerismo para canalizar los conflictos y dividir la sociedad.

La movilización carece de una cabeza visible, un "enemigo" al que achacarle y refutarle los principales reclamos, al que no se puede enrostrar un pasado turbio.

El cacerolazo, aún político, ha desbordado cualquier marco partidario tradicional. La oposición, como aquel que lanza un manotazo para tomar sin respiro un tren que parte sin esperar, invitó a participar -en algunos casos, se sumó-, pero no ha sabido ni podido capitalizar la protesta ciudadana.

Esta situación es políticamente inestable para el Gobierno. Y para la oposición, por supuesto.

Al Gobierno le resulta infructuoso tener que hacer frente a un colectivo que se reasume políticamente como ese 46 por ciento que no votó al oficialismo en las elecciones del año pasado.

Para la lógica de fragmentación que impone el ritmo kirchnerista, es mucho más conveniente definir al "narcosocialismo" y un Hermes Binner como alternativa, que a esta suma de consignas tan complejas como contradictorias, en alguna instancia. 

De allí que la misma Cristina pidió que este colectivo defina un o unos referentes visibles.

En la dialéctica del blanco/negro, del amor/odio, será más simple construir a ese Magnetto en las sombras, un villano a lo Pierre Nodoyuna, que a un ciudadano con un instrumento de percusión. 

4 - El kirchnerismo necesita un enemigo político claro, no enfrentar a una clase social.