“A medida que llegan hombres/ se hace grande la ciudad/. A medida que los pies le crecen/se le achica la cabeza/. A medida que crece olvida,/ hinchada de vanidad,/ que bajo el asfalto está la tierra de los antepasados./ A medida que pierde la medida/ va llenándose de prisioneros,/ de robinsones de andar por casa,/ náufragos en medio del barullo/ que viven vidas pequeñas en pequeños mundos de hormigón./ Así están las cosas entra Barcelona y yo”.
Históricamente, autores y juglares de todo el mundo han cantado en algún momento a su patria “chica”. Pareciera que la obra no está completa hasta que uno nombra su lugar con todas las cargas emocionales que puedan imaginarse: nostalgia sana, nostalgia regresiva, amor ciego, amor despierto, bronca, tristeza y todas aquellas más que el lector pudiera imaginar. Ciertamente, Joan Manuel Serrat ha sido poco complaciente con su ciudad al escribir los versos de “Barcelona y yo”, que abren esta nota. Lo que no significa menos afecto ni menos reconocimiento ni empatía y pertenencia.
A vuelo de copla
En estos días de obligado descanso nos hemos puesto en la tarea de acercar algunos de los muchos versos que pululan en el cancionero popular, destinados a evocar y resaltar las virtudes del barrio, la ciudad o el país de algunos de aquellos que han hecho de la canción su oficio. Y como “hay como para hacer dulce” –al decir de un mendocino- vayamos ya a esta pequeña síntesis.
Francisco Heredia (fundamental compositor cordobés) fue uno de los primeros –entre nosotros- en abordar la temática, allá por los 70. Dice en su “Córdoba va”: “Contra vientos y mareas/contra lluvias y peleas/a pesar de tanto cuento/a pesar de que anda lento/Córdoba va/Con sus ídolos de barro/con su bronca y su trabajo/con los dientes apretados/con sus sueños postergados/Córdoba va”.
En otra punta del mismo camino, el gran Oscar Valles le canta de este modo a un San Benito de Palermo que ya no es: “San Benito de Palermo,/ de “Las Cañitas” bien cerca/ casi pegado a Belgrano/ y paremos de contar./ Con Villalba y Ramoncito,/ largué mis primeros pasos/ allá en el stud de Maschio/ donde iba a guitarrear./ Pa’ los que están en el ruido/ de “burreros” y “escolazos”/ yo crecí frente al Indecis/ a una cuadra del Yeruá”.
Para dejar constancia de su barrio, Iván Diez se consagró en el mundo del tango cuando puso en pocos versos su pintura en “Almagro”: “Almagro, Almagro de mi vida/tu fuiste el alma de mis sueños/cuantas noches de luna y de fe, /a tu amparo yo supe querer/Almagro, gloria de los guapos/lugar de idilios y poesía/mi cabeza la nieve cubrió/ya se fue mi alegría/como un rayo de sol”.
Todo es folklore
Naturalmente, este tipo de evocaciones y reivindicaciones son fáciles de enmarcar en el género que se conoce como folklore, no importa la ciudad o el país del cual se hable. “Qué suerte que es chico mi pueblo/ las gentes ni saben que existe/ se esconde trepando a la sierra/ perdido y solito allá lejos. / Los cercos, blancas madreselvas/ los ranchos de paja y adobe/ el verde del álamo alto y el sauce que besa la tierra/, se alegra María A. Christensen al cantar “Mi pueblo chico”, inspirada en los bucólicos silencios de San Javier, en la Córdoba de tras-lasierra
Aun cuando Bruno Traven en su texto “El barco de la muerte” ensaye una original definición de la patria “chica al preguntarse. ¿Dónde está mi patria? y responderse de inmediato “allí donde nadie me moleste, donde nadie quiera saber quién soy, lo que hago o de dónde vengo”, la juglaría popular insiste en nombrar el lugar, pueblo, ciudad, comarca, provincia o región de origen, en contraposición a la Patria (o patria grande), referida al concepto de nación. Así lo hizo Ramón Navarro en “Mi pueblo azul”, para dejar constancia de la existencia de Chuquis en el mundo, aunque escondido en la cordillera riojana.: “Es mi pueblo un cerro azul/ es rumor de acequia en el parral/ es la gente el sol la luz/ es la sombra vieja del nogal”.
Podríamos seguir hasta el hartazgo en este rescate de aquellos versos que cumplen con uno de los requisitos fundamentales de la canción popular: “nombrar”, explícita o tácitamente; nombrar para hacerse universal, virtud que Eladia Blazqnuez esgrimió como pocos: “Aunque me dé la espalda de cemento,/ me mire transcurrir indiferente,/ es ésta mi ciudad, ésta es mi gente/ y es el lugar donde a morir, me siento./ ¡Buenos Aires!/ Para el alma mía no habrá geografía/ mejor que el paisaje de tus calles/ donde día a día me gasto los miedos,/ las suelas y el traje.
Siempre el amor conduce la inspiración de los autores cuando se trata de hablar del terruño. Con críticas, deschaves varios o supuestos rencores pasajeros. Lo recuerda Serrat en el final de la obra citada: “La quiero desnuda y entera/ resbalando entre los dos ríos/ con sus fantasías y sus cicatrices. / La quiero con el entusiasmo/ de un recluta enamorado/ porque está viva/ y porque se queja mi ciudad”.
Fuente: Télam.