Nada que celebrar

Yo no lo celebraría. No me gusta que se asesine a las personas. Y Bin Laden sería un asesino pero también -por muy equivocada que estuviera- una persona. Y no apruebo que el crimen lo cometa un pistolero ni, tampoco, un ejército que recibe órdenes de un presidente electo. Y en absoluto parece derivarse de la sensatez democrática más básica que los Estados ejerciten una supuesta legitimidad para matar personas, terroristas o no, ni en su propio territorio ni, mucho menos, en otros países.

Además, dudo mucho que este mundo sea más seguro ahora, sin el asesino que lideró Al Qaeda. Con su macabra y enigmática desaparición el terrorista saudí ya es, también, un mártir. Y un mártir como él generará -ojalá yerre en mi argumento- demasiados nuevos mártires dispuestos a vengar su muerte, en su nombre, o en el de Alá.

No está claro si ha triunfado la justicia, como anuncia Obama, o si lo ha hecho la venganza. Toda una década se ha pasado Estados Unidos persiguiendo incansablemente a su enemigo número uno. Sus sangrientos y continuos ataques -con la tragedia de las Torres Gemelas neoyorquinas como máximo exponente- y la reacción de los sucesivos Gobiernos estadounidenses acabaron por provocar nada menos que dos guerras y decenas de miles de muertos. Los actos terroristas y la respuesta norteamericana regaron de barbarie y crueldad numerosos rincones del planeta.

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