Es una expresión pública y bastante usual la frase “allí donde estés” referida a algún ser querido que nos ha dejado y al que nos dirigimos para recordarlo, agradecerle y, en casos, suplicarle.
Palabras que están en el corazón y en la boca de creyentes y de muchos no creyentes. Como si “algo” dentro nuestro nos indicara que, a pesar de no tener con nosotros al ser querido, intuimos que éste se encuentra en “algún lugar” que no atinamos a precisar exactamente.
Es que hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia, y sobre todo a la medicina, para prolongar nuestra vida, pero siempre llega una última edad o enfermedad de la que nadie nos puede sacar o curar. Anhelamos una vida plena, inacabable, diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras; una vida plenamente dichosa para todos.
Nunca antes el ser humano había tenido tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz, más cómoda, más larga en años. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante el futuro cierto y amenazador del acabamiento de la vida.
Como los humanos de todos los tiempos, vivimos rodeados de dudas e incertidumbres. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? ¿Tiene sentido vivir para luego desaparecer?
Son las eternas cuestiones.
Y cada quien responde vivencialmente a esas preguntas desde su conciencia e interioridad. Sea desde una postura filosófica, científica, creyente, no creyente, o simplemente diciendo “así es la vida”.
Sin embargo, el agujero negro de la vida que se termina nos sumerge en una tortuosa incertidumbre, en un agudo dolor, en la desilusión de todo lo ilusionado.
Para muchos creyentes -cristianos y de otras confesiones- una luz brilla al fondo del túnel de esta vida-muerte: tenemos la convicción, desde la fe, que la vida no se termina ni se acaba, sino que “se transforma”. Desde una existencia transitoria, en un tiempo y en un espacio determinados, hacia una vida no acotada por este tiempo y este espacio.
Los cristianos llamamos a esa nueva existencia “resurrección y vida eterna”. Apoyados en la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y arraigados en la fe y la confianza que nos merecen Sus palabras.
Claro, es una cuestión de fe. Como cuestión de fe -humana o divina- son las vivencias profundas de nuestra vida de amor, de amistad, de relaciones humanas y de relación con el universo.
La fe es tan inasible como el espíritu humano. Es bueno recordar aquí aquella hermosa sentencia: “Lo esencial es invisible a los ojos” y “no se ve bien sino con el corazón” (Saint-Exupery). Y, sin embargo, la fe de alguien puede ser vista y constatada por su modo de obrar.
Los cristianos “hacemos visible” la resurrección a través de lo que pensamos, sentimos y hacemos en línea con la vida y las palabras de Jesús. Es la nueva vida que debe habitarnos. No existe otro modo de “probar” la resurrección de Jesús ni la perdurabilidad de nuestras vidas.
Por eso, la aseveración de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá”.
Y la pregunta con que nos desafía: “Tu, ¿crees esto?”.
En el fondo, la resurrección y la perdurabilidad de la vida es una cuestión de amor-vida. El verdadero amor nunca muere, nunca pasa, nunca se acaba. Por el contrario, se acrecienta cada día.
Esta es la Pascua cristiana. Un sí total a la vida y para siempre. Aunque la debilidad de nuestra carne nos empuje a pasar a través de la puerta de la muerte. La vida comienza siempre con un llanto: cuando nacemos aquí y cuando partimos y nos transformamos después.
A pesar de las dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en Él buscamos luz y fortaleza para luchar por la vida toda y de todos. Y para enfrentarnos a toda muerte. Sólo en Él encontramos una esperanza de vida más allá de esta acotada existencia.
Allí donde estés…
"¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? ¿Tiene sentido vivir para luego desaparecer?". La reflexión del padre Vicente Reale en Semana Santa.