Aquí, en el dique seco,
en el rastro de la huella de la última tormenta,
han crecido unos cactus floridos,
blancos y amarillos,
explotados con el sol de la mañana,
limpios como cuero de cebra,
alertas, como faros para viajeros huarpes,
vigilantes de la nada.
El campo ya es imaginario,
ha sido soslayado, aunque perdure en la mente.
La tormenta en el secano cae como lisonja,
tipo bofetada,
una trompada en la jeta,
un shock mineral helado,
abundante.
Hemos cambiado la piel,
tratamos de aprender a hablar nuevamente,
sin giros, balbuceando,
como hablan los mutantes al salir de los casinos a las siete de la mañana.
Una lluvia en diciembre trae una lista:
recuerdos, oxígeno, un mazo de cartas y tabaco.
Una tormenta oscurece la siesta,
retoza en el corazón un buen rato,
te anuda la garganta
y te alenta.