¿Cómo habrá dormido don Nilo?

A las cuatro de la mañana me levanté para ir al baño pero, antes que nada, miré por la ventana. No con poca tristeza descubrí que los pronósticos de internet le habían ganado la pulseada a don Nilo González, y la mayor nevada de la década pronosticada por el hombre no estaba entre nosotros. Agrego que, de haber existido un dios justo, debería haber nevado, no sé si la mayor de las nevadas, pero al menos una buena acumulación que le hubiera permitido a Nilo sacar un empate, lejos de la miserable agua nieve que está golpeando los vidrios, con su lógica de satélites, internets  y barómetros varios dispersos por el planeta.

Aclaro que soy racional, altamente racional, pero no suicida. Y el estar todo el día googleando no me pone, o al menos eso espero, en el bando de los idiotas que se olvidaron de la tabla del siete porque tienen Excel. No me ubico tampoco en el club de los opinólogos baratos que se han venido riendo, como si su información proviniera de algún estudio previo, de las palabras del hombre del pronóstico, ese que vaya uno a saber cuantas neumonías evitó y cuantas vidas salvó con sus predicciones de zondas y de fríos, en las ya lejanas épocas previas a que Bill Gates nos legara su Windows. Ahora ese barrio es fácil, hasta un chimpancé puede entrar, mientras mira el programa de Tinelli, a la página del Weather Channel y saber cómo va a estar el tiempo dentro de diez días en Tokio, sin ser por eso más inteligente, y sin tener, junto con el dato, un agregado que le sea de utilidad práctica en su simia vida cotidiana.

Pero la necesidad de hacerse más racional que el mismísimo raciocinio ha generado, al parecer, la obligación de negar a aquellos que desde su ciencia (que Nilo no es adivinador, sino científico) osan oponerse a la verdad revelada en internet, y pierden. Se ha impuesto la obligación de negar nuestro pasado cercano, el que al parecer estuvo lleno de ignorantes que no tenían un GPS que les marcara el camino más corto a casa. En cambio es indispensable creer a quien, sin despeinarse, nos asegura que la ciencia ha confirmado que tenemos un alma y que pesa siete gramos, afirmación que, googleando, cae por tierra en el primer link que uno visite, pero que es una verdad que se acepta y se aplaude por lo “científico” de la frasesita…

En la época en la que se está del lado del actor yanqui que mata con su arma último modelo al japonés que viene a atacarlo con su arte marcial milenaria,  en que se permiten campos de soja sobre cementerios indígenas porque son más productivos, en que se hecha a un técnico de fútbol porque perdió tres partidos, en esta época, las quijoteadas son cosas del pasado, aunque según cuenta un tal Cervantes ya en la época del Quijote eran cosas del pasado. Por suerte quedan, digo yo, pronosticadores del tiempo que se arriesgan al ridículo con sus predicciones, igual que antes, cuando todos aceptábamos que el tipo que estaba con las flechitas sobre el mapa podía equivocarse, y no por eso nos íbamos a reír de él: la posibilidad de error era parte del pronóstico y a nadie se le caía el pito por creer en un pronóstico que a veces fallaba porque, racionalmente, las probabilidades de falla eran menores que las de aciertos.

En fin, que no estoy de buen humor porque me falta la nevada. Pero tranquilos ciudadanos siglo XXI: un mal día se va a cortar la luz, y por suerte vamos a tener entre nosotros a un buen número de Nilos, que van a ser los únicos que recuerden en qué cajón dejamos guardadas las velas…