Ser docente

Ser docente tiene algunas cosas muy gratificantes y otras no tanto. Una de las grandes paradojas que tenemos quienes somos profesores o maestros es la organización de los actos escolares.

En general, la responsabilidad de organizar un acto tiende a ser aceptada como una obligación más de las múltiples que tenemos y que la sociedad y el gobierno escolar no valora. Insume tiempos extras, nos somete a presiones de las que huimos al elegir nuestra profesión. Sin embargo, y aquí es el lugar de la paradoja es que nos genera dos situaciones que inevitablemente aparecen: la primera es cuándo ha culminado el acto algún alumno se nos presente con alguna observación o duda sobre lo hecho, y esto no es poco, si nos enmarcamos en que siempre solicitamos a nuestros alumnos que mediten. La segunda es la reflexión sobre el tema o la fecha en cuestión a conmemorar.

Seguramente los que lo han hecho ya sabrán a lo que me refiero y para los que no los ilustro sobre el tema: preparar un acto implica empezar por las glosas (algo así como el guión), luego por los actos artísticos y finalmente por el discurso que leeremos reflexionando.

Se desprende que para poder escribir un discurso deben tenerse en cuenta que debe estar en consideración el conocimiento de todos los alumnos sobre el tema y por ellos nos obliga a “bajarlo” para que  todos reflexionen; esta actividad, como la de la escritura implica un proceso importante de nuestra parte. Y yo al momento de escribir esta carta me encuentro inmerso en tal proceso y deseo compartir algunas consideraciones respeto de la Declaración de la Independencia.

No importa a la intención de este texto un repaso cronológico de los hechos que derivaron en la declaración de la independencia en Argentina. Lo que importa es si hemos logrado independizarnos de todos los yugos o instituciones o repúblicas extranjeras o todavía estamos en raptos de terminar con tal sometimiento.

Estoy seguro que aún con un optimismo que no tengo en este instante puedo decir que no. El Estado del Vaticano es un país aparte, que tiene su embajada en cada uno de los países que considera que debe tenerlo. El Papa es su autoridad y aunque podamos o no estar de acuerdo con su método de gobierno es el suyo y es el que ellos han elegido para regirse. Ahora bien, ¿es posible que todavía se siga diciendo que la Argentina es un país católico? ¿dependemos del Vaticano para tomar las decisiones que debemos tomar?;, tengo una lista más o menos larga de preguntas de este tipo.

La respuesta es siempre no. No somos parte del Vaticano ni mucho menos, entonces por qué tenemos que tener cruces en todas nuestras instituciones. Sigo en afán de preguntarme y molestar con ellas a algunos: en el sede Papal tiene una escarapela argentina? ¿el Embajador del Vaticano en Francia cada vez que envía una nota al Canciller francés lo hace con un encabezado con al foto de San Martín? Sí, es obvio que no es así, entonces ¿por qué cuándo un juez me juzga tiene sobre su cabeza una cruz?

Seguramente vendrán respuestas de todo tipo y les advierto que sé que la cruz es mucho más que un símbolo del Vaticano, que es lo que identifica a los cristianos y demás respuestas que se caen por obvias; pero son vuestras respuestas; no son ni las mías ni la de muchos de mis amigos, de mis cofrades y de mis hermanos. Y las nuestras, digo nuestras respuestas, son tan válidas como las de cualquiera: pero tengamos una cosa en cuenta: Una sociedad se hace libre cuando cada uno de sus miembros se siente parte de ella y siente que es tan importante como cualquiera; y, por sobre toda las cosas: esa sociedad no lo discrimina y para no discriminar: no podemos ni debemos en nombre de las mayorías subsumir a una minoría.

En este caso aquellos que no son cristianos. Pero que quede claro, que no hayan cruces, ni medias lunas musulmanas; no significa ni mucho menos denostar ni atacar a tal o cual credo; por el contrario es dejarlo ser. Que aquellos que se sienten parte lo sean con mayor ahínco. Pero que bajo ningún aspecto sometan a nuestra Nación a la servidumbre de un estado que paradójicamente, también, administra el más allá.