Intentando conjugar esa suerte de dimes y diretes de la farándula política provincial y nacional, he pretendido subliminalmente sustraerme de la cadena de sucesos hipomorales vergonzosos que nos azotan. A veces lo he hecho intentado armarme de una coraza tipo armadura, pero siempre me gana mi corazón, simplemente haciéndome saber que deberá ser más efectiva que la del lánguido compañero de andanzas de Sancho Panza.
Veo a Juan Pueblo indolente ya, como fatigado de su irrenunciable deber de callar o redimirse.
Quienes se sienten dueños de la realidad, dicen estar comprometidos con una justicia social que no saben o no quieren poner en práctica. Quienes deben hacérselo notar, intercambian, distraídos, figuritas como la del 82% móvil para todos los legisladores. Hecho del que nadie ahora parece ser responsable.
Por allá por septiembre de 1996 supe plasmar en papel una nota que titulé: La inmoralidad de los pactos. Ahora, con todo desparpajo, le llaman consenso. Y si nada funciona está de moda decir que ha sido falta de comunicación. Han pasado muchos años y todo está intacto y aún peor.
Hemos perdido la capacidad de sorprendernos y pareciera que no nos damos cuenta que la educación y las bochornosas cuestiones de la ética y la justicia brillan por su ausencia.
Pareciera que aquel fuego de los estigmas que supimos conseguir, ha dejado de socavar las inquietudes de todos y lo que es peor, de nuestra juventud.
Es una cachetada ver un niño pidiendo para comer, un anciano jubilado mendigando atención médica, nuestros hijos, sin distinción, mezclándose con la droga, mientras el país pareciera tener cada vez más aeropuertos sin radares, más y más empleados públicos en negro (que ahora se llaman prestadores o contratados) y obras sociales estatales que cada vez cubren menos, mientras nuestros representantes cada vez viajan mas a sacarse fotos, ya ni importa con quien.
Cada uno de estos cachetazos, dejan cicatrices, aunque por ahora intangibles, pero gestan, por derecho propio y adquirido, el increíble valor de estimularnos constantemente esas vicisitudes del alma que no se consiguen en las góndolas de los supermercados.
Impávidos, solo atinamos a ofrecer juicios de valor que podrían definirse como una mezcla borboteante de sangre y espíritu que son, en definitiva, lo que cada uno llevamos grabado en la conciencia, y que conforman, sin duda, la médula fundamental de la arquitectura de los criterios del respeto.
Ese respeto perdido por las instituciones genera dos aristas sobresalientes: el avieso desnudo de la incompetencia técnica por un lado y la implicancia emocional sin límites por el otro. Esto, simplemente esto, generó un 14 de julio histórico en Francia que fue y sigue siendo un hito ejemplificador.
Saldrán militantes contratados a decir que son espíritus golpistas. Solo son gritos desesperados de quienes pretendemos otros horizontes para nuestros hijos y no esta septicemia que no nos dejará salir de este melindroso horizonte que nos cuenta el hada madrina y que no es más que nuestra terapia intensiva.
Esta pérdida de identidad generacional me asusta, porque incrementa la irresponsabilidad de nuestros hijos. Me hiere porque engendra una alocada e insensible desdicha de chatos horizontes.
A veces estos inconcebibles procederes de quienes tienen la responsabilidad de llevarnos por el buen camino me inhiben, porque cuando lo intangible del alma o lo sublime del corazón es probable mercadearlo por papeles que resultan mas apetecibles, estamos asistiendo, sin duda, al desatino irracional que nos deberá hacer pensar profundamente porque camino vamos, quienes somos, que derechos tenemos y cuanto nos costará volver a las fuentes.