Utilizando el viejo método de insistir con algo hasta que quede instalado como verdad (más allá de que lo sea o no) que tan útil es al marketineo de productos de escasa calidad, el kirchnerismo insiste porfiadamente, una vez más, en acusar a Cobos de traidor.
En esta acusación, repetida hasta el hartazgo por buena parte del arco oficialista, pareciera que el Vicepresidente no solo es traidor a la causa nacional y popular que dicen representar los K, sino que es el representante del establishment y por ello, de todo lo malo que anda suelto por ahí. Realmente, se complica entender que alguien pretenda ser o convertir a otra persona en el representante del bien o del mal en estado puro, pero en este momento histórico del país parece que la cosa es así: yo soy bueno, si estás conmigo sos de los buenos, si no, sos malo.
Y las bondades kirchneristas me hacen acordar a un conocido libro en el cual el Estado cambiaba la historia a conveniencia, en el que los que hoy son amigos y ayer eran enemigos, desaparecían de los libros de historia y de los archivos de prensa como contrincantes y se presentaban como amigos desde siempre, y viceversa, manejando con este abuso de la información la memoria colectiva que, aunque creía recordar que tal o cual antes era malo, terminaba rindiéndose ante la evidencia de los “nuevos” archivos que decían lo contrario.
El libro en cuestión (“1984”, de Orson Welles) es muy recomendable como novela, pero cuando los conceptos ahí vertidos se vuelven reales, la cosa (creo yo) se vuelve altamente preocupante.
Así, Néstor, que llegó a donde está traicionando a quien ahí lo puso (un tal Eduardo Duhalde, para los que tienen los archivos ya reseteados) es ahora el bueno, libre de toda impureza, a pesar de haber sido parte de las fuerzas vivas de Río Gallegos que brindaron un “amplio apoyo” a las Fuerzas Armadas en la época de la dictadura, aunque fue uno de los gobernadores adictos al menemismo en los 90, a pesar de haberle simplificado la vida y alargado las concesiones a los monopolios mediáticos (con Clarín a la cabeza) cuando eran sus aliados.
Pues bien, este señor dice ser el bueno entre los buenos, juzgador de quienes piensan distinto y verdugo a la vez de los mismos, ya que siempre en sus juicios los acusados son castigados con la pena capital.
Pero bien se sabe, que el supuesto bueno sea malo no necesariamente significa que el supuesto malo sea bueno, que bien pueden ser todos una manga de traidores.
¿Cuál es entonces, el pecado mortal del Vicepresidente? Tanto para los K como para aquellos radicales que lo consideran traidor, el mendocino tiene un defecto imperdonable: no se entrega a las prepotencias del líder de turno, y se revela, desde su común sentido común, quedándose del lado de sus ideales de siempre, en vez de seguir al que lo posicionó (convencido de su maleabilidad) para manejarlo desde las sombras. En este sentido, Super K no tiene suficiente con manejar a su señora esposa, pretende también manejar al entorno, y al entorno del entorno.
En definitiva, y en mi humilde opinión, no deben ser considerados traidores al pueblo los que se mantienen en sus convicciones, más allá de que las compartamos o no. Traidores son los que piensan que, utilizando su poder temporal, pueden cambiar las reglas de juego para siempre, usando para eso las peores artimañas que, podrán ser una virtud en un partido de truco altamente bolichero, pero a la hora de conducir un país, se convierten en el peor defecto con el que identifican a buena parte de los argentinos en el resto del planeta: considerarse, desde su alto y soberbio pedestal, que son los dueños de la verdad revelada.