Nuestro hijo menor tiene síndrome de Down. Tiene tres años. El año pasado, decidimos enviarlo, además del centro de estimulación al que asiste desde muy pequeño, a una guardería “normal”. Así fue como comenzó a concurrir a una del barrio, pero lamentablemente este año esa guardería se mudó. La semana pasada quisimos cambiarlo a una guardería más cercana a nuestra casa y encontramos una. La directora conoció al pequeño e incluso ofreció algún tipo de asistencia especial para él. Así las cosas, lo llevamos el primer día a su nueva guardería, pero cuando fuimos a buscarlo nos dijeron que no podían tenerlo. Las razones fueron que se podía lastimar en los juegos del patio, que tenían demasiados niños por sala, que usa pañales (algo que ya sabían) y, que entonces, no podían hacerse cargo de él. Así que bueno, el pequeño volvió a su guardería, que está más lejos de casa, pero donde lo aceptan.
Les conté esta situación a muchas personas cercanas, entre otras, a mi amiga Fabiana Videla, que vive en Phoenix (Arizona, EEUU) desde hace unos años. Transcribo casi textualmente lo que me contó ella.
“En la escuela primaria pública a la que va mi hija, tienen un programa especial que se llama ‘Club del Amigo’ (Buddy Club). Este programa se propone que los alumnos con necesidades especiales y los alumnos ‘típicos’ (así dicen acá) tengan oportunidades de socializar y de aprender sobre aceptación y diversidad.
“Los maestros de educación especial de la escuela invitan a los alumnos típicos que quieran ‘hacerse amigos’ de los alumnos con necesidades especiales a formar parte del Club (es totalmente voluntario). Para ser elegidos (lo cual es considerado un honor), los niños típicos tienen que contar con la recomendación escrita de por lo menos dos maestras de grados anteriores y pasar por una entrevista con los encargados del programa.
“Los que son elegidos, se ‘hacen amigos’ por todo el año de un alumno con necesidades especiales. Pero no es una cuestión formal nomás, de la boca para afuera, sino que se comprometen concretamente a lo siguiente: interactuar con el niño con necesidades especiales y ser un modelo de comportamiento para él; pasar por lo menos un recreo largo completo por semana con él; almorzar por lo menos una vez por semana con él en el comedor de la escuela; acompañarlo cuando su grupo sale a diferentes excursiones; cuidarlo cuando está en áreas comunes y enseñar a los demás niños a respetarlo y a tratarlo dignamente; y ayudarlo a progresar en sus objetivos académicos individuales (lectura, tareas, etc.). Para que puedan cumplir exitosamente con estas obligaciones, los maestros especiales ‘entrenan’ a los niños típicos en distintas habilidades (manejo seguro de sillas de ruedas, lenguaje de señas, etc.).
“Cuando veo todo esto realmente pasando en la escuela de mi hija, cuando compruebo que en los patios hay niñitos con diversos problemas disfrutando del recreo y rodeados de compañeros, me emociono mucho. Me parece a mí que programas como el que te cuento no sólo ayudan a los niños con necesidades especiales, sino que nos ayudan a todos, a chicos y adultos ‘típicos’ que tantas veces adolecemos de esa ‘típica’ discapacidad invisible y horrible que es rechazar a los que son diferentes”.
Hasta aquí el testimonio de Fabiana.
Sabemos que en las escuelas de Mendoza existe apoyo para chicos especiales, pero no este programa específico, que apunta a un cambio de mentalidad y de convivencia tanto de niños como de grandes. Es evidente, como pasó en la guardería en la que no aceptaron a nuestro hijo, que no cualquiera puede ayudar a un chico con necesidades especiales. Hemos aprendido que los niños especiales requieren personas especiales. Como dice un lema de la Asociación Argentina de Síndrome de Down, dirigido a los adultos: “Tiene algo especial: te tiene a vos”.
Educar para la inclusión
El testimonio de dos padres que buscan un lugar para su hijo en una guardería y no lo encuentran.