Entre los debates que siempre genera una Vendimia, el debate de este año podríamos encararlo desde el entrelazamiento de tres palabras. Ellas son colonización, lacayo y autonomía.
Es primordial reflexionar que significa cada una, para verlas después en acción, con el objetivo que nos sirva a todos para aprender, evitar equívocos y hacer de la fiesta vendimial, una fiesta verdaderamente popular.
Vamos con las palabras:
Colonización: Acción emprendida por una nación o grupo de personas en un territorio conquistado o adquirido y que se rige por leyes especiales.
Lacayo: Individuo servil que adula a un poderoso.
Autonomía: Estado y condición del pueblo que se gobierna por sí propio, con entera independencia.
Me imagino que a medida que han ido leyendo los significados van ubicando a cada situación y a cada personaje en el lugar que le corresponde.
Faltaría un concepto sumamente importante para poder interpretar mas acertadamente lo que nos está pasando y es el de Cultura Popular.
Para Eduardo Galeano la cultura popular es un complejo conjunto de símbolos que el pueblo preserva y crea . Y en esta definición se destacan dos acciones: la de crear y la de preservar.
Estas acciones oponen a la cultura popular de otra acepción, que muchas veces las dirigencias y las gestiones oficiales de cultura confunden y es la de cultura de masas. En realidad siguiendo a Adolfo Colombres el término correcto es CULTURA PARA LAS MASAS. Esta manera de interpretarla nos habla de un proceso unilateral de difusión, que tiene a los medios de comunicación masivos como vehículo principal. La estrategia de la cultura para las masas es un acompañante permanente de las acciones colonizadoras, que requieren destruir la cultura popular propia, creada y preservada por el pueblo, para imponer el dominio del colonizador que busca aliados internos, los lacayos. Y a veces en esta perversa combinación, algunos integrantes de las filas populares, más favorecidos económicamente y con más conocimientos que el resto del pueblo, operan como aliados de los poderosos y se convierten en los ideólogos de cuanto sea necesario para evitar que la cultura popular emerja, se manifieste y sea un elemento liberador y cohesionador de los sectores más desprotegidos del sistema.
Sintéticamente, esta introducción es válida para que pensemos que pasó en esta Vendimia
¿Era necesario importar tantos personajes exóticos a nuestra cultura popular y a nuestros valores?
¿Qué pasó con el protagonismo que en las vendimias tenían el contratista, el viñatero, el “sufrido” cosechador, la cosechadora con chapecas, el tomero, el tractorista, el pocero, al atador de viñas, el inspector de cauce, el podador, el niño fichero, el camionero, el parralero, el rompedor del puente de los lagares, el obrero de las bodegas?
¿Le hace falta a una de las fiestas más grandes del mundo, posicionarse a través de los consabidos lugares comunes y de los tilingos más destacados del mundo mediático o deberíamos poner el acento en lo que nos diferencia y nos hace únicos, como marca cualquier plan moderno de marketing simbólico?
Por ejemplo destacar el valor del trabajo, de la creatividad, del esfuerzo, de la solidaridad, de la inteligencia, de la austeridad, de la cohesión social y la consolidación del capital social de todos los mendocinos?
Quizás si nos hacemos estas preguntas dejemos de depender de oscuros y mentalmente débiles personajes mediáticos capitalinos, convocados por modernos lacayos que disponen de recursos fiscales para avergonzarnos a los mendocinos cada vez más.
Y reflexionando con el concepto de autonomía citado al principio: qué bueno hubiera sido si nos hubieran consultado a los mendocinos para decidir a quién invitar para compartir nuestra cultura y nuestra alegría. En una de esas podríamos haber propuesto a Dolina, a Víctor Hugo Morales, a Darín, a Gieco, a Quino, a Menotti, a Maitena, a Rep, a Alfredo Alcon, a Humberto Maturana , a Garretón, al Tato Pablovsky, a Ceverino, a Roberto Rosas y muchos otros nombres (que dejo en manos de los lectores para que los agreguen) que nos enaltecerían frente al país y el mundo.
La autonomía y la propiedad colectiva de esta fiesta nos obligan a tomar recaudos, a pensar lo que estamos arriesgando y lo que queremos que sea nuestra gran fiesta. Porque si no corremos el peligro de que personajes que hoy están en el palco oficial, en unos pocos años estén arriba del escenario.
De todos nosotros depende el tipo de cultura que estamos dispuestos a consolidar.