Al señor intendente de Mendoza, Víctor Fayad
Al señor Gobernador de Mendoza, Celso Jaque
En los últimos meses, pasé y estuve, varias veces, en la muy bella ciudad de Mendoza. Usted, Fayad, es el Intendente. Y usted, Jaque, es el Gobernador.
Son dos jerarquías contundentes. Muestran por un lado el consenso de los ciudadanos que los eligieron, aunque hace ya de eso un tiempo; y por el otro el poder, que como en su caso se ejerce en función de un servicio público, tiene como único objeto el hacerle la vida más sencilla, más placentera y más tranquila a sus conciudadanos, porque no de otra cosa tratan sus actuales trabajos, según recuerdo haber aprendido alguna vez.
Se preguntarán ustedes, señorías, a santo de qué vienen estas palabras de un paseante impenitente por sus territorios.
Es simple, apenas si se trata de una invitación cordial a que almuercen – o cenen si sus múltiples actividades les agotan las horas del día-, conmigo en cualquiera de los restaurantes de la Peatonal, un paseo espléndido, me pareció a mí y quizás en eso coincidamos todos.
No, no quiero ser un amigo que vino de otras tierras, no me interesa un cargo en cualquiera de sus Administraciones y no hago negocios con el Estado. Todos esos “no” que talvez están pensando, ya pueden mandarlos al archivo.
No se trata de eso este convite.
Simplemente, me gustaría que veamos juntos algo que sucede en Mendoza, bella ciudad de bellas gentes. Al fin y al cabo, seríamos tres argentinos mirando una postal, parcial quizás, de la Argentina.
Porque sucede Fayad; sucede Jaque, que tienen ambos un literal ejército de hombres, mujeres y niños, abandonados todos de la suerte, caminando entre las mesas de los comensales. Ahí, en la Peatonal.
¿Saben qué hacen? Piden. Piden lo que no tienen. “Una monedita”. “Un pan”. También “esa carne que le sobró, señor”.
Algunos dan, otros se molestan y hay también quienes se avergüenzan.
También venden. Venden “una estampita de la Virgen” y a mí me pareció que la Virgencita miraba con rabia desde esa mano desolada. Venden “música de mp3”. Ustedes conocen, los autos de modelo nuevo vienen equipados con eso.
Algunos compran, otros se molestan y sigue habiendo quienes se avergüenzan.
Otros cantan. Tonadas cantan. O “El tren del cielo”. Casi cualquier cosa. Desafinan. La pobreza nunca fue buena maestra y la miseria, Fayad; la miseria, Jaque, es definitivamente una arpía.
Nadie aprendió nada bueno ahí, no sé si lo sabían, pero por las dudas, se los recuerdo.
¿Cuánto hace que no se sientan a comer por ahí? Digo sin el oropel del cargo, la corte de cortesanos, los micrófonos y las cámaras.
Así sencillamente, como cuando no era “Fayad” uno; ni “Jaque”, el otro.
Si lo hicieran –y por eso los invito – verían qué cosas están pasando en Mendoza y qué cosas les están pasando a algunos mendocinos.
Si pudieran verlo, es obvio, lo sabrían. No en vano se acuñó aquel refrán que asegura que “el que no sabe, es como el que no ve”.
Si lo vieran y lo supieran, pienso yo nomás esto, por ahí se les ocurriría alguna manera de ayudar a estas personas, negadas por el destino y –me parece a mí-, olvidadas por sus gobernantes. Que vendrían a ser usted, Fayad; y usted, Jaque.
No se preocupen por el costo del almuerzo o cena. Yo pago, porque yo invité.
Eso sí, tengan cuidado si van con sus billeteras. No las muestren mucho. Entre la fila de menesterosos, también vi algunos “apuntadores” que se encargan de marcar a los que tienen muchos billetes ahí adentro.
No es mi caso, pero por ahí podría ser el de usted, Fayad; o el de usted, Jaque. No sea cosa que los terminen robando y cargue yo con ese remordimiento.
Si llevan celular (seguro que sí), no lo dejen sobre la mesa. El mozo, cualquier mozo, de cualquier lugar, les advertirá que también se los pueden robar y ¡miren que dolor de cabeza si extravían esas agendas!
Hechas las advertencias, reitero la invitación.
Prometo que cuando vuelva, pronto, por Mendoza, avisaré por este mismo medio que ya estoy ahí y comeremos juntos.
Si se animan, digo, a mirarse a la cara con esos conciudadanos suyos, pobres de toda pobreza, que andan pidiéndole una mano a la suerte, a metros de sus despachos.
La invitación no tiene ironía, aunque talvez lo parezca. Juro que no.
Esta carta, más extensa de lo pensado, tendría otro tono si yo supusiera que usted, Fayad; y usted, Jaque, ya conocen todas estas cosas y sin embargo dejan que sigan pasando.
Cuando quieran, la mesa está servida.