Chile: Transición y democracia

Existe un consenso más o menos generalizado respecto a que es posible un triunfo de la Coalición por el Cambio en la segunda vuelta. Así lo han dejado ver en este mismo medio Ottone, Tironi y Walker.

La victoria de la centroderecha en Chile tiene una importancia política alta, que poco o nada se relaciona con la mayor capacidad de gestión que tendrían sus dirigentes y funcionarios, ni con que les vayan a dar un radical nuevo rumbo a los destinos del país.

Hasta ahora, la Concertación ha liderado una transición desde un régimen autoritario a uno democrático. La centroderecha, parte importante de la cual se identificó con los logros del gobierno militar, se veía de alguna manera amenazada por los fantasmas de una izquierda a la que conoció en una versión más radicalizada.

Pero la izquierda de 1989 no era la de 1973. Mucho más madura (algunos dicen “más aburguesada”), fue capaz de hacer un cambio en paz. Se dio cuenta de que podía acceder al poder, y cuando lo obtuvo, lo ejerció con responsabilidad.

Más allá de los problemas, poco a poco en Chile se comenzó a volver a vivir republicanamente, con igualdad política, con discusión pública, incluso con colaboración entre gobierno y oposición en iniciativas relevantes para el país.

Sin embargo, no es posible negar que persistía cierta desconfianza de la centroderecha hacia el sistema democrático. Y las series de derrotas de ese sector en las elecciones parlamentarias y presidenciales poco contribuían a reducir tal desconfianza: se veía muy difícil o imposible gozar del premio mayor del nuevo sistema, a saber, la Presidencia de la República, y dirigir los destinos del país imprimiendo un sello propio, diverso al impreso por la centroizquierda gobernante. Ante ese escenario, muchos centroderechistas tendían a ser más bien escépticos respecto del sistema.

En el evento de que triunfe la Coalición por el Cambio, todo esto se acaba. Pues la centroderecha tendrá que cambiar radicalmente de posición y, en consecuencia, también deberá alterar su actitud: de opositora y defensora de enclaves de poder capaces de limitar los embates centroizquierdistas, pasará a tener que llevar la iniciativa. De criticar al Estado, tendrá que volverse su defensora más leal. Tendrá asimismo que vérselas con la difícil experiencia de coordinar con diálogo y colaboración a tendencias y personalidades diversas dentro del gobierno (algo que no ha hecho en más de cincuenta años).

El desafío es difícil, pero si se lleva adelante de buen modo, la centroderecha va a haber quedado integrada en plenitud en el actual sistema democrático. Y esto, es decir, la identificación vital de todos los sectores con los principios del sistema democrático es nada menos que el cierre de la transición desde el autoritarismo a la democracia plena. De paso viene a mostrar la capacidad integradora de la democracia constitucional.

No quiero decir con esto que no importe lo bien o lo mal que la Coalición lo haga en el gobierno, ni que las ideas de centroderecha sean las mismas que las de la Concertación. Es muy importante, para la misma democracia, poner a raya la corrupción. Parte del éxito del futuro gobierno tendrá que ver con que sea capaz de perfilar un proyecto no solo bien administrado, sino que propio.

Sin embargo, y esto es lo que quiero destacar, porque tiene que ver con la evolución histórica profunda de nuestro país, el paso político que sellará la transición definitivamente ya se habrá dado, y así continúe otro gobierno de la Coalición o sea ella derrotada por la Concertación en la próxima elección presidencial, las cosas van a ser muy distintas, pues ambos sectores van a estar en un plano de igualdad, en lo que toca a los principios del sistema democrático.

(*) Académico Instituto de Filosofía Universidad de los Andes

Fuente: El Mercurio