Rock y neoliberalismo

El desenlace del juicio por la tragedia de Cromañón me indujo a reflexionar sobre algunas cuestiones que a simple vista parecen inconexas.

En primer lugar me surge una pregunta ¿qué pasó? o, mejor dicho ¿qué fue lo que provocó que un concierto de rock se convirtiera en un infierno que le costó la vida a 193 chicos?

La respuesta obvia y primitiva es que “alguien tiró una bengala que encendió un material sumamente inflamable situado en el techo del local”. Sumado a la ausencia de un adecuado sistema de evacuación rápida como también, la inexistencia de medidas preventivas y controles estatales.

Hasta aquí lo inferido obedece al siempre insuficiente “sentido común”, ir más lejos implica analizar aspectos que exceden el marco restringido de la tragedia en sí y del vínculo entre una expresión cultural y el negocio del espectáculo.

Acerca de la metamorfosis sufrida durante las últimas dos décadas de la relación del rock con el público, lo masivo y su “futbolización”, remitiría a la lectura del libro de Sergio Marchi, “El rock perdido”. Y remito también a la excelente nota de Walter Gazzo “Cuidáte, nadie lo hará por vos” en MDZ.

Por lo demás, me parece central indagar en el impacto que produjo el neoliberalismo en una expresión cultural que durante casi un cuarto de siglo exhibió y celebró con orgullo su independencia del poder, de la economía, de la cultura oficial, de la tilinguería, de lo vulgar y de los “empresarios”.

Para introducir el tema enunciado recurriría a una anécdota personal –si se me permite.

En invierno de 1990 me encontraba en Capital Federal por cuestiones de trabajo, una noche decido concurrir a una presentación de una banda, por ese entonces “under” y hoy muy famosa -un dato no menor- al local de Cemento en calle Estados Unidos.

Como cualquier hijo de vecino saco mi entrada en taquilla, hago la fila para ingresar, en el acceso personal de civil aparentemente contratado por el dueño del local realizaba el cacheo –inédito para mí- de manera muy respetuosa. Pasada esa instancia me encuentro con un hombre flaco, de negros bigotes a lo Dalí y una pequeña barba a lo Zappa, muy culto y amable, cubierto con una especie de túnica azul eléctrico que en cuanto me ve afirma sin dudar: “vos no sos de acá” (¿?) me describe el local, indica las salidas de emergencia y me dice “disfrutá y cuidáte mucho”. Ese personaje era Omar Chabán y esa noche tocaba la Bersuit (cuando todavía hacían rock).

¿Qué ocurrió durante esos 14 años que separan esta circunstancia comentada de la tragedia?

Nada más ni nada menos que el paradigma instalado durante la década de los ’90 de maximizar las ganancias realizando mínimas o nulas inversiones y, de ser posible, evadir los tributos o “arreglar” de alguna manera ¿se entiende?

Ese axioma extensible a casi todas las actividades económicas, sumado a la “masividad” obtenida por el rock post-Malvinas, si a este par le añadimos la retirada de los controles estatales como parte esencial de ese proceso para facilitar y allanar la acción del mercado, obtenemos condiciones inmejorables para que en cualquier momento y en cualquier lugar se desencadenara lo que sucedió en el local de Once.

Durante la década menemista se operó una sistemática depredación de los controles estatales sobre las actividades económicas y, por añadidura, sobre todas las demás: sociales, culturales, educativas, mediáticas, etc. Baste como ejemplo lo ocurrido con las intoxicaciones producidas por un vino elaborado con alcohol metílico ante la falta de controles del INV. ¿Qué tiene que ver? se preguntará el lector, tiene que ver y mucho, muchísimo.

Y sí, mal que le pese a alguien, la tragedia de Cromañón se inscribe, además, en el plan de desmantelamiento del Estado perpetrado en los ‘90.