Interna partidaria vs. acuerdo entre partes

Por estos días, y como parte ineludible del proceso electoral ferozmente acelerado por el adelantamiento de las votaciones impulsado por el Gobierno nacional, los distintos partidos políticos se están abocando a la elección de candidatos para presentar en sus boletas el próximo 28 de junio.

Para este “armado”, se utilizan dos formas que pueden interactuar entre sí, o  bien prevalecer una de ellas sobre la otra: la interna partidaria y el acuerdo entre las partes. Y a juzgar por las publicaciones de los medios de prensa (y por los comentarios de los foristas en sus notas) no termina de quedar claro qué es lo que prefiere la sociedad. Se han visto infinidad de notas en las que se habla de la vergüenza de los acuerdos de cúpula de tal o cual partido, y al otro día en el mismo medio, se critica a este o aquel departamento de la provincia, porque las ambiciones desmedidas de los dirigentes los hacen armar varias listas y presentarse a internas para candidatos locales o regionales, más allá del acuerdo marco de sus partidos. La verdad, si se quiere criticar, así como si se quiere alabar, ambas posiciones tienen sus ventajas y desventajas.

Por un lado, los acuerdos entre las partes de un partido político dejan en general afuera a los nuevos sectores, a la “renovación”, ya que las cúpulas que pactan suelen ser representantes de las facciones ya enraizadas en la agrupación que son las que, a fuerza de ganar espacio a lo largo del tiempo, han llegado al plano dirigencial de la fuerza política en cuestión. Visto así, es realmente malo evitar el proceso interno porque no permite la oxigenación de los partidos, la movilidad ascendente de las nuevas camadas, y la eyección de los no representativos.

Pero de la teoría a la práctica hay un gran trecho y la verdad es que, luego de las internas, los perdedores suelen quedar heridos de gravedad, y se les complica salir a hablar bien de un candidato que hasta ayer enfrentaban. Y no es este un problema excluyente de Argentina, ya vimos el año pasado (luego de las primarias de Estados Unidos)  a Hillary Clinton salir públicamente a abroquelar a sus seguidores para que apoyaran a Obama, que acababa de derrotarla, ante la amenaza cierta de algunos sectores de pasarse a las filas republicanas.
Por otro lado, las internas suelen representar distintos intereses personales, en vez del interés general de la agrupación que debería ser (según las cartas orgánicas de la gran mayoría de los partidos políticos) el interés general del pueblo al que se busca representar. Así, entre personas que supuestamente piensan lo mismo, o bastante parecido en cuanto a la forma de llegar a la solución de los problemas, ¿cuál es el motivo, sino la ambición personal, para enfrentarse en una interna? Volviendo al ejemplo foráneo (para evitar rispideces con casos locales, que los hay y muchos), si Hillary y Obama tenían tantas diferencias como para no acordar una lista en común, por qué ahora la perdedora es Secretaria de Estado del ganador? La verdad es que (supuestamente) en una agrupación política, nacional o extranjera, nadie cree que sus compañeros de partido estén “tan equivocados” como para no sumarlos en el futuro cercano.

Pero la necesidad personal los lleva, a falta de acuerdo, a “contarse las costillas” para ver quien encabeza las listas y quien acompaña refunfuñando desde el fondo.

Otro factor que suele influir en la forma de elección de candidatos entre estas dos opciones, es la posibilidad real de ganar las elecciones generales que tenga la agrupación política involucrada. Toda fuerza que tiene esperanzas ciertas de ser gobierno (o de mantenerse en él) busca solucionar sus diferencias internas a través del consenso, para no afectar en el futuro próximo la gobernabilidad por los chisporroteos que queden tras la contienda. Por el otro lado, los que no “miden” como para ganar, son más proclives a la interna, porque el que pierde queda realmente afuera. Así, las internas partidarias en partidos pequeños o en regiones en las que tal o cual agrupación no es gobierno suelen ser, más que sanas competencias, peleas de vida o muerte (partidaria) por el control futuro de ese distrito.

En definitiva (y como siempre ocurre) no puede aseverarse que alguno de estos métodos sea bueno o malo en sí mismo. Simplemente, si los candidatos son buenos, honestos, con ideas claras y con visión a largo plazo, tendremos buenos representantes. Caso contrario, volveremos a llorar sobre la leche derramada. De la ciudadanía depende marcar la diferencia.