Un recuerdo de Alfonsín

Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Corría el año 1983 y la esperanza democrática atravesaba a todo el cuerpo social de la patria. El peronismo decadente, con Italo Argentino Lúder a la cabeza, intentaba competir en las primeras elecciones luego de una larga noche oscura. La sociedad no se equivocó por aquel entonces. Raúl Alfonsín, supo canalizar con carisma y liderazgo las ansias de la juventud argentina y de buena parte del electorado deseoso por el cambio, por la recuperación de las libertades democráticas, pisoteadas, bastardeadas, en los años del silencio. La muerte de Alfonsín evoca los inicios de un período que aunque no resolvió los resortes estructurales del poder económico en el país, supo insuflar oxígeno genuino y libertario: el uso social de los espacios públicos, la libertad de expresión, el animarse a decir lo que se piensa.

Yo tenía por entonces 15 años. Cursaba 3er año en el Colegio Don Bosco, y justamente por llevar una escarapela roja y blanca y armar en una plancha de cartón un collage con recortes periodísticos sobre la recuperación democrática, el director Miranda, llamó a mis viejos en privado y les dijo “¿ustedes saben que su hijo Marcelo anda en política?”.

Mis viejos no eran justamente personas dedicadas a la lectura o al interés por la política. Más bien eran laburantes con miedo que quebraron su pequeño comercio y quedaron ya en los 90` en pelotas, luego se separaron y terminaron solos, cada uno por su lado, soportando la angustia. Con un amigo del colegio siempre hablábamos de política, pero no nos fue bien en el religioso Colegio Don Bosco. “Sr. Padilla –le dijo el director del Don Bosco a mi viejo- deberá cambiar a su hijo de colegio el año que viene”. El año siguiente, 1984, hice cuarto año en el Colegio Nacional Agustín Álvarez y luego terminé quinto a fines del 85 allí mismo. En el recordado Agustín Álvarez pudimos recrear el “primer centro de estudiantes en democracia”. La participación estudiantil fue voraz, y el colegio era una fiesta de carteles y pintadas y cantitos. Sin embargo el año 85 será un año de quiebre, cuando el rumbo del alfonsinismo viró sus objetivo populares, cediendo a la presión de los denominados “capitanes de la industria” con aquel recordado discurso en Parque Norte, donde columnas de jóvenes de la franja morada y la juventud radical le daban la espalda a la concesión.

Pero mi recuerdo aquí tiene que ver con lo que generó Alfonsín en el 83. En campaña electoral, cuando el hombre de Chascomús recorría las provincias convocando multitudes, yo estuve allí, en ese hormiguero humano que se dio cita en calle Las Heras y San Martín. No era radical ni peronista, solo era un joven ansioso. Desde aquella tribuna compartida por momentos con el “loco Juan”, nos habló Alfonsín las más de 20 mil personas que se apilaban hasta la calle Patricias Mendocinas. Cuatro cuadras de esperanzas. Alfonsín subió al escenario a las 18 hs. más o menos. Antes, nos habíamos congregado un grupo de amigos del secundario de distintos colegios para acudir a la cita, amigos que solíamos encontrarnos en fiestitas de quince, chicos y chicas que nos atraía la idea de meterse entre la gente. El punto de encuentro fue ni más ni menos en la casa de don Ángel Bustelo, en calle Tiburcio Benegas de Ciudad. Yo era amigo de su hija Nerina y nos habían invitado a brindar después del almuerzo por el motivo: la democracia estaba en nuestras mesas, en forma de gaseosas y sidras, turrones y sanguchitos.

El viejo Bustelo nos habló a los siete u ocho adolescentes. Tranquilo y manso, educándonos con amor ciudadano. El no era alfonsinista porque pertenecía al Partido Comunista en ese entonces. Pero  nos comprendía como jóvenes que anidábamos la esperanza de caminar por las calles sonriendo, gritando, corriendo, viviendo. Salimos de la casa de quien fuera encarcelado y torturado en dictadura con una sensación de paz y amor inigualable. Con su hija y sus amigos. El nos despidió con la frase “vayan chicos, que no se les haga tarde, disfruten del acto”. Y allí fuimos, a meternos en la masa anónima, popular y democrática. La misma que tal vez hoy haya perdido las referencias.