La patria es la infancia

Según pasan los años, nos vamos formando una idea, construimos un relato de nuestro pasado. Anécdotas, recuerdos imborrables, retazos de charlas de nuestros mayores que por casualidad escuchamos de niños. Estamos hechos de dolor, alegrías y tristezas. Como la patria misma. Siempre partir será morir un poco.

Cuando vine a vivir a Mendoza hacia fines del año 76, apenas con siete años, sentí profundamente la pena del desapego. Por eso a veces pienso que uno, de grande, no se pone triste, sino más bien “es triste”. Es que allá en San Juan, en mi barriecito de casitas blancas e igualitas, todos éramos del mismo equipo. Las veredas anchas de cemento, los paraísos que nos camuflaban por las noches para desatar la imaginación con cuentos de miedo, las siestas en ronda en el sifón de la esquina  matando gusarapos, jugando a las chapitas o a la payana. Todo ello constituía el circuito fantástico de la infancia, nuestra patria. Por entonces hubo algunos imposibles: conseguir la figurita de “la tarántula” y la chapita de “García Cambón”. Siempre dudamos que alguien las tuviera, pero la esperanza, en la niñez, es lo último que se pierde.

Algunas noches, con mi abuela y mi vieja, concurríamos al “Cine Luxor”, a cinco cuadras de casa, en la avenida Mendoza. Era un cine al aire libre de los de antes, con piso de piedritas desparramadas, bancos largos de hierro pintados de azul, y de techo, un inmenso cielo plagado de estrellas rutilantes. Al Luxor, las familias del barrio íbamos con el bolso repleto de sanguches y gaseosas, algún paquete de galletas dulces y unos caramelitos para el postre.

En las funciones de viernes y sábados, podían verse hasta tres películas en plena noche de verano. No éramos meros espectadores pasivos. La gente hablaba durante el transcurso de la película, discutía, reía y aplaudía. Había diálogo social recreado por la pantalla que parecía incluirnos en la trama del film. Se salía feliz del cine, se notaba en los rostros y en las muecas de las viejas y los viejos que regresaban a sus casas acompañados por una luna guardiana. Y los niños, éramos los mismos: los del cine, los que nos juntábamos a jugar a la pelota en el campito de la esquina -siempre imaginé ser Morete con la nueve en la espalda. Recuerdo gritar los goles igual al delantero de River, con los brazos estirados, medio agachado, corriendo con la boca llena de gol-. Yo era Morete con 5 años.

La escuela “14 de Febrero” quedaba a ocho cuadras de casa. Allí hice el jardín de 5 (recuerdo que el primer día de clase, me cagué literalmente encima, de los nervios, por lo que tuvieron que avisarle a mi vieja para que me fuera a buscar). Luego hice primero y segundo grado. Fuimos los mismos: los del cine al aire libre, los que matábamos a los gusarapos en el sifón de la esquina, los que jugábamos a las chapitas y a la payana. Los mismos de siempre nos encontrábamos en la escuela, en el grado o en el recreo. La leche que repartían por curso a media mañana, era la más rica del mundo, y a veces podías repetirte si te animabas a pedirle a la señora de delantal celeste que trabajaba en la cocina.

Hubo noches de astronomía. Con el “pimpo” y el Guillermito, poníamos en el piso una palangana gigante de chapa enlozada blanca, de esas que se usaban para lavar la ropa, llena de agua clara. No sé como lo hacíamos, pero la ubicábamos en el patio de mi casa de tal manera que podíamos ver reflejada la luna sobre el agua, la luna llena con sus accidentes. Ese rito astronómico infantil nos llevaba horas calmas de contemplación y silencio cómplice. El agua debía quedar inmóvil y estanca, y nosotros casi sin respirar. Y cuando la brisa hacía una pausa prolongada, allí, aparecía la luna en el espejo, amplificada por el efecto. ¡Claro que había vida en la luna, si nosotros la veíamos por las noches con los pibes!. Era maravilloso hacerlo. Si hasta podían distinguirse unos tipines que caminaban por grietas grises, saliendo de poros oscuros, como hormiguitas.

La luna de San Juan, la noche de San Juan, mi vieja joven y la abuela Isabel que caminaba y nos hacía las semitas en el horno de barro. Todo era cierto, verosímil. El pescadero, el lechero y el borracho que asustaba. La vinería de la vuelta (vinos maravilla), la uva moscatel que todos teníamos en el fondo de la casa en parrales caseros. Sí, eso fue de veras, pasó. Las tortugas pintadas con los colores de Boca o de River. Mi honda para bajar pájaros, el trompo y las bolitas de acero de los rulemanes. El yoyó Taka, ese sí que era el mejor, mucho mejor que los que tenían luces. Yo tuve uno entre mis manos, y vivo para contarlo.

Cuando se desplomaba el aguacero, el cielo explotaba por los truenos, y los relámpagos y rayos simulaban el fin del mundo, mi abuela corría a tapar los espejos con frazadas. No sé porqué lo hacía, pero era sistemático, mi abuela hacía esas cosas. Dejábamos la puerta abierta con la cortina de tiras plásticas para las moscas, la bici siempre afuera apoyada en el porche, al lado de la maceta del gomero. Había confianza, la gente se cuidaba y protegía a los vecinos. Nos conocíamos. Los pobres eran otros pobres, muchos menos que en estas épocas, y la conciencia de la pobreza estaba asociada a valores nobles: dignidad, honradez, solidaridad, cariño. En realidad éramos todos pobres en mi barrio, o por lo menos no había ricos. O todos éramos ricos porque teníamos todo eso que nos hacía felices.

Sin embargo, una mañana de noviembre, un camión repleto de muebles y macetas esperaba zarpar desde la puerta de mi casa en la calle Boulevard Sarmiento en Rawson, San Juan, hacia Mendoza. La casa vacía, allí donde en blanco y negro la vida era lenta y suave, quedaba plagada de ecos de las voces que golpeaban de pared a pared, como si de diálogos de fantasmas se tratara. En filita se pusieron mis amigos en la vereda, pendejos carasucias con la pelota de goma bajo el brazo, esperando mi partida. El dani, los mellizos de la equina, el Gustavo chico y el Gustavo Grande, la Bettina, el pimpo y el josesito. Alineados, en silencio, miraban como subían los trastos de la casa a un camión gigante.

Yo daba vueltas por las piezas de una casa semivacía. Corría ansioso al patio de los limoneros y mandarinos -quizá para rescatar sus últimos perfumes- llegaba a la medianera del vecino y me quedaba pateando hormigas negras que trepaban por los bloques de cemento. Con el puntín de mis sacachispas, aplastaba miles de hormigas. El tiempo no pasaba y las mariposas revoloteaban incómodas. El gato viejo no estaba dispuesto a partir y se escondía en un aparador para no ser descubierto, porque claro, los animales saben mucho más de lo que nos imaginamos. El gato viejo, seguramente murió de pena vaya a saber en qué penumbra del descampado.

Yo era consciente: dejaba atrás siestas de agosto con volantines trepando el sol del campito, desafíos futboleros con los de la Villa Giné, tardes de chaya en carnaval y esas noches imborrables en el cine Luxor. Los perfumes de las maestras de mi escuela, las navidades familiares con mi primos, el viejito Valeriano, un pariente valenciano que me cantaba “Marcelino pan y vino, perdió un jarro en el camino…”. El corzo en la Fiesta del Sol, los disfraces, la tonada sentida tocada por mi tío Antonio luego de unos buenos tintos. Era mucho lo que se dejaba al partir, aún con 7 años. Partir es morir un poco.

Doña Coca y Don Saúl, nuestros vecinos de enfrente, lloraban en su casa, agazapados en su fondo plagado de rosales y jazmines, para no presenciar la lenta despedida. Don Saúl era un viejo gordo que me llevaba a las carreras de karting a motor al velódromo del Zonda, los domingos por la mañana, en su camioneta ranchera amarillo clarito. Quedó triste el viejo Saúl. Y doña Coca, la madre de mi amigo, “el Gustavo grande” del grupo, no podía soportarlo.

Las calles, nuestro barrio, esas siestas, los cuentos de terror en noches de luna llena, el juego al doctor con mi vecinita Bettina, pasaron como suspiro, pero están filmados, grabados a fuego, listos para editarlos, prestos a guionarlos y volver a mi barrio, a escondidas, sin aviso, y montar una pantalla gigante en la esquina del sifón de los gusarapos, e invitar a la función en mi  Cine Luxor ambulante.