La autoayuda y demás yerbas

Con humor, el lector analiza el mundo de la autoayuda. "Todo eso fue muy cool por centurias enteras, pero ha entrado en olímpica crisis", dice en el texto que te ofrecemos aquí. Imperdible.

Éramos pocos, y llegó la moda de los libritos de autoayuda. Hoy resulta que las sandeces y obviedades que antes farfullaba gratis cualquier abuelo que por viejo se sentía sabio, hoy vienen empaquetadas con formato de libro por el cual hay que pagar. Grandioso. Además, las refritan con practicas religiosas exóticas y camanduleos antiguos, de modo que se arma un sancocho ideal para el bolso de la dama o la axila del caballero angustiados por la postmodernidad y la globalización.

Lo gracioso del asunto es que sobran aquellos que lo pagan, nomás, y eso ha permitido que el rubro “librerías” no termine por convertirse en el rubro “hermoso local vendo, alquilo o permuto por comida”, así que después de todo no es tan malo. Un poco hinchacocos, nomás.

Es un festival para el ojo crítico y la mente mordaz echar una mirada por el 60 por ciento de los títulos que muestran las librerías que han quedado en pie. Se pueden ver cosas tales como: “EJERCITE EL YO INTERNO Y TRIUNFE EN LOS NEGOCIOS Y EL AMOR” (como si hubiera un YO externo); o “DESPIERTE SU SERPIENTE DE FUEGO CELESTIAL SEGÚN LOS ANTIGUOS TEXTOS ONANISTAS (de los indios Onas, se entiende); También está el de “AQUACURROPUNTURISMO VECTORIAL COSMICODIRIGIDO SEGÚN LOS MONJES DE LA CONGREGACIÓN DE LOS ADORADORES DEL SACRATÍSIMO ESCABIO”,  y muchos otros éxitos editoriales.

O sea que la versología, que es la auténtica profesión más antigua del mundo, está sumando en este agitado comienzo de siglo una nueva modalidad a su larga lista de prácticas muy redituables para algunos piolas que de solo pensar en trabajar decentemente se llenan de ronchas.

Un sociólogo amigo me lo explicaba el otro día, copas mediante, en una de esas madrugadas en que te agarra la curda filosófica. Decía que estamos en una época en que se terminan los “grandes relatos”, o sea las grandes “cosmovisiones” de origen religioso que por siglos le dieron a los que lo necesitaban el sustento intelectual indispensable para creer que no todo en el universo es la basura que vemos, sino que hay algo más (es increíble lo que logra el wisky barato). Se trataría de lo que te permite pensar que cuando estires la pata no solo vas a ser pasto de los gusanos (y eso que los gusanos no morfan pasto), porque te han explicado que el alma va para otro lado y hay algo más después de devolver el envase.

Todo eso fue muy cool por centurias enteras, pero ha entrado en olímpica crisis, y como parece que es una necesidad imperiosa de gran parte de la humanidad, se generó un vacío que miles de atorrantes han salido a llenar alegremente, ofreciendo sus recetas para encontrar la armonía interestelar orándole a los charcos de agua sucia después de la lluvia, tal como lo hacían (según ellos), los antiguos druidas que poblaron Sierra de la Ventana antes del diluvio universal, cuando la tierra estaba sostenida por cuatro elefantes y dos tortugas  anoréxicas. Así mezclan todo.

Espiritualismo “Pret a Porter”, que le dicen; filosofía Macdonalizada; sincretismo galopante y cretinismo ad-hoc, me atrevería a decir. Y no es que esté defendiendo a las religiones tradicionales, culpables de muchas de las peores cosas que le han pasado a la humanidad (y responsables de algunas buenas, también). Lo que me llama la atención poderosamente es la proliferación descarada de tanto farabute que se leyó cuatro libros más o menos viejos y sale a robar por los caminos, predicando sus menjunjes  compuestos de  lugares comunes, farfolla religiosista y consejos onda Martín Fierro. Seguramente, entre tanta hojarasca habrá cosas valiosas, importantes y recomendables, porque nuestra civilización “occidental y cristiana” (como decían algunos de cuyo nombre no quiero acordarme) no es la primera ni la única sobre el planeta y tampoco ha inventado gran cosa; es, a su vez, producto de la mezcla de muy distintos y numerosos elementos, como ocurre con todas las demás habidas y por haber.

Apenas señalo la virulencia de este fenómeno por el cual incontables malandras se forran a costa de (generalmente) señoras y señores de clase media-alta que, para no angustiarse mucho por haberse demorado en pagar el resumen de la Visa Gold  o no poder cambiar este mes el Mercedes modelo 2001 por el último que salió, recurren a libros y conferencias cuyos contenidos no resisten el menor análisis. No critico ni ahí a los que se tragan estas cosas; al que necesite que le enrosquen la víbora para soportar las cotidianas miserias, le deseo la mejor de las suertes. Después de todo, no se está gastando mi guita o la del Estado para tapar sus agujeros espirituales, y en este íspa eso solo ya es un merito de agradecer. Pero no me nieguen que es divertidísimo ver y hojear un poco esos libros onda “LAS VERDADES ASTRALES REVELADAS POR LA INTEPRETACIÓN QUE HACÍAN LOS COMECHIGONES  DE LOS TEXTOS VÉDICOS COGNOSCITIVOS DEL GURÚ CURRANDANGA”; O bien “SOLUCIONE TODOS SUS DESPELOTES CAUSADOS POR EL STRESS TOMANDO PIS DE GATO MEZCLADO CON MAYONESA RANCIA”.

Así que en cualquier librería pueden encontrar esas cosas, ideales para los que ya no creen en casi nada pero necesitan creer en algo que los trascienda, o perfectas para llorar de risa un rato. Si lo prefieren y también les gusta, paguen nomás setenta u ochenta Dólares para escuchar a cierto médico Indio que viene cada tanto a dar consejos para vivir mejor que me hacen acordar mucho a las cosas que decía mi bisabuelo un par de semanas antes de morirse de Alzehimer a los noventa y cinco años. Ustedes sabrán.

Pero permítan que les de un consejo este ignorante diplomado en nada: si quieren filosofía  posta y cosas grossas de verdad, mejor lean a Kant, a Spinoza, al gran Pepe Ortega Y Gasset, a José Ingenieros, a Aristóteles, a Mircea Elíade y su genial “Mito del eterno retorno” y a ese tipo de gente. Si lo prefieren, también hay algunos contemporáneos o casi, como Walter Benjamín o Fernando Savater, que bien valen la pena aunque no se coincida totalmente con ellos. Y no me cambien la autóctona parrillada por los brotes de soja con salsa de alfalfa integral bajas calorías, que no por eso van a conseguir la sabiduría de un monje tibetano de esos que, después de todo y según los paradigmas de la sociedad en la que vivimos, sería todo un analfabeto funcional.

Porque como bien decía un fulano muy copado: la inteligencia humana es limitada, pero la estupidez no tiene límites. ¿No les parece?