Como consecuencia de la consulta que MDZ ha formulado a sus lectores mendocinos sobre la política, se me ocurren una serie de interrogantes y posibles respuestas que deseo compartir con ustedes.
¿La política habrá dejado de ser una rama de la ética para transformarse en un capítulo menor de la economía?; ¿será cierto eso de que la política ya no es el espacio donde se produce la síntesis, sino más bien el terreno donde se trafican influencias para los negocios particulares?; ¿los partidos políticos habrán dejado de ser la polea de transmisión entre las necesidades del pueblo y las decisiones que se toman en ámbitos estatales, para devenir en estructuras que nos mienten, manipulan y sobornan a fin de obtener el voto?; ¿las instituciones políticas: Poder Judicial, Poder Legislativo, Organismos de Control, Partidos, Universidades Estatales, etc., están preparadas para procesar demandas sociales crecientes, o se han convertido en bolsas de trabajo (y otras yerbas) para los que tienen el privilegio de pertenecer?; ¿existirá en la provincia algún ingenuo, convencido de que los jueces administran justicia, los vocales del Tribunal de Cuenta controlan y los políticos tienden a la equidad social, sólo porque les pagamos un buen sueldo para ello?; ¿los políticos, son igual de malos o peores que el resto de los ciudadanos?; ¿en qué momento los militantes mutaron a serviles “operadores” de alguien, lo que equivale a abandonar la causa del pueblo por un indigno e infinito si güana?; ¿cuándo fue que los ciudadanos tomamos la decisión de renunciar a pensar y hacernos cargo de nuestro presente, para dejar esa tarea en manos de una “mesa chica”?; ¿cuándo hablamos de política, nos referimos a la perspectiva ínfima del accionar de los profesionales de la política, o la relacionamos en un sentido amplio a la necesidad de politizar la vida cotidiana de todos?; ¿tendremos las agallas de construir una política que trascienda la política de los políticos?
Desde ya que las respuestas a estos interrogantes son múltiples y garantizan todo tipo de polémicas. Pienso que la crisis en la que nos encontramos, más allá de la dimensión fiscal, financiera, administrativa o institucional, es, esencialmente política. Como afirma el sociólogo brasileño Marco Aurelio Nogueira, “se trata de una crisis que tiene que ver con opciones políticas, con proyectos de hegemonía y de dominación que claramente incentivan la subestimación y la desvalorización de la política, la mercantilización de la vida, la difusión de una ideología de no pertenencia a comunidades mayores, una ideología de soledad”. También hay que sumar al desencanto, los numerosos desaciertos de gobiernos que facilitaron la generalización de problemas e injusticias; ni la pobreza, ni la inseguridad, ni el desempleo, ni la concentración de la riqueza, son el fruto de la fatalidad; más bien son el resultado de la incapacidad gubernamental y societal de realizar las acciones atinadas.
Ya sea por los efectos de las mega tendencias y/o por el pobre comportamiento de los actores políticos, lo cierto es que la actividad en cuestión goza de un generalizado desprestigio. Evitaré en la presente dar ejemplos del desparpajo, frivolidad, improvisación y deshonestidad material e intelectual que guían el comportamiento de no pocos individuos que, disfrazados de servidores públicos, hacen de las suyas; la idea es racionalizar el análisis para poder sacar conclusiones válidas y no caer en la crítica sanguínea, que aún fundada, suele ser estéril.
Si asumimos que la política es un factor de mediación, un campo para la organización de los intereses y de la vida en común, o el principal motor de agregación y unificación de las sociedades; no tendremos forma de darle la espalda. La indiferencia ciudadana, en este contexto, es garantía para que se cumplan las peores profecías.
Reinventar la política sería algo así como poner en marcha una movilización capaz de encontrar respuestas a los problemas que experimentamos; una movilización que contradiga la ética depredatoria que hoy justifica nuestro pobre individualismo. El acento deberá estar en el propio compromiso y no en la cómoda actitud que delega. La participación, entre otras cosas, deberá estar dirigida a controlar con rienda muy corta a todo funcionario. Sería deseable que esa participación no sea ni espasmódica ni testimonial, por el contrario deberá ser crítica, creativa, metódica, sin pausa y respetuosa de la diversidad de opiniones y de intereses. La participación además de encuadrarse en estas premisas, deberá ser lo suficientemente sólida como para que las demandas sociales se incluyan en la agenda pública.
Reinventar la política significa trabajar en esa vivencia colectiva de democracia, generando mecanismos de participación ciudadana en el diseño, ejecución y control de las políticas públicas; con mecanismos de consulta permanente, dentro de un esquema de mayor descentralización del poder y con mandatos posibles de ser extinguidos a través del mecanismo de la revocatoria. Simultáneamente al proceso de participación ciudadana, hay que construir ciudadanía para el prójimo que posa la ñata contra el vidrio. A los dirigentes se les deberá exigir integridad intelectual y parafraseando a Gramsci “las personas que pretendan ser candidatos a sujetos hegemónicos deben dar a luz, sobre todo, un liderazgo de tipo moral”.
Tendremos que aprender a hacer política de una forma nueva, más aún: reinventarla. Habrá que trabajar mucho para lograr que la democracia deje de ser una palabra hueca y un pretexto detrás del cual se parapetan las ambiciones de unos cuantos y el poder de los más privilegiados. En fin, el desafío no es original pero tampoco irrealizable; y si se me permite la metáfora, sólo hay que dejar de dormir la siesta.
El autor: Alberto Monetti es licenciado en Ciencias Políticas.