El original retocado

El original retocado, suavemente, para que no se note. Tan sutil es la intervención que se advierte la vergüenza. Es lo menos que se puede sentir ¿no? Retocar un original, ¿es un acto de imperialismo cultural? “Un documento de barbarie”, diría Walter Benjamín, retocado.

Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

El permiso del autor o del propietario ¿es una convalecencia para la vanidad? Como cuando  estás con tu pareja (más allá que sea un pariente) y sentís que le diste pa que tenga, le das permiso a tu amigo para que se la coja distinto. Seguro que se la coje distinto. Pero nunca igual que vos. Tu amigo se la cojerá, brutalmente, tal vez. Sin embargo, el original retocado, no tiene el ADN del amor sexual construido. Será, una efímera paja con deseo, lo de tu amigo, digo. Nada más.

Bueno, eso sucede cuando un pintor deja brotar un cuadro. El retoque será como ese amigo permitido, pero no aportará más que deseo subjetivo, nunca deseo pictórico al objeto en cuestión. La infidelidad y la impostación no son solo sexuales, lo sabemos ya, a esta altura de las infidelidades. Tiene, por cierto, amplísimas dimensiones. Por ejemplo: uno cuenta un chiste igual que el humorista-icono que te lo contó. Ponés el acento en cada palabra, fabricás la risa como la fabricaba tu ídolo. Y vos,  te crees original. Sos un ortiba en medio de los aplausos de Fernet con Coca.

Al menos, estás cerca del original, como cuando retocas el cuadro. Y  la gente se ríe. Pero no se ríe de tu estilo. Se ríe del estilo de tu ídolo, y te hace el aguante. Y vos, te amplias de pecho. Se agrandan tu cuore y garganta, y decís “soy fantástico”. Acido, original, pesimista y encima parecido. Uy… Que bajón. Pero a la turba le gusta porque no está el tipo que lo hacía desde el vamos. Entonces, sos un continuador…y  pensás que los continuadores son necesarios. Al menos, por una semana.

Y te das cuenta que los continuadores son tipos que rinden tributo. Y el tributo es una liturgia, y te das cuenta que no sos un dandy del materialismo histórico. Y sentís el tributo. La liturgia, se siente, en medio del torso central, como se siente un bajo gravoso frente al amplificador en el recital. Esa cosa media inexplicable para los intelectuales, sentir…. Y pensás que los intelectuales son tipos que viven al lado de tu casa. Que no han leído un puto libro, pero que la cabeza les da vuelta críticamente. Sin purismos. Al contrario. Sienten, piensan, lloran. Intelectuales orgánicos a su clase. Tipos que la viejas del barrio dicen cuando barren la vereda: “y…es un vago, pero es buena persona…” ¿qué más? ¿Qué querés? ¿Un magíster? Eso es para el diario íntimo. Para el mierdoso currículum. O para cuando te presentan.  “Che, el es  Eduardo, (no basta con Eduardo) es magíster en ciencias de la vesícula y profesor en la UNCuyo”. Listo. Legitimado el tipo. Un desconocido que nadie conoce pasa a ser el tipo que anoche estuvo con la copa en mano hablando de la vesícula, toda la noche.

Con las palabras mágicas la alfombra se tiende. Qué pasaría si te presentaran así “Claudio, te presento a Eduardo, un tipo obsesivo, tan obsesivo que no disfruta nada de lo que ha vivido. Es profesor en la universidad, pero sufre con ello. Un insatisfecho moldeado  a la perfección, no se coje ni a su mujer y paga a la misma puta hace 15 años”.  Es tan insatisfecho que no podría reclamarte nada fuera de su función  de insatisfecho. Nunca te dirá “que rica que estás piba, soy un caníbal”