Más sobre la Feria del Libro

La escritora Sonnia de Monte hace, aquí, su aporte al debate abierto ayer por los responsables de la revista Serendipia.

Clausurada que fue la Feria del libro Mendoza 2009, llamada “Armando Tejada Gómez”, le dedicamos un ratito más para analizarla y reflexionar.

Según el diccionario de la Real Academia Española, Madrid 1992 (los hay más nuevos, claro está, pero sobre esta palabra creo que no acontecen cambios): “feria. Mercado de mayor importancia que el común, en paraje público y días señalados, y también las fiestas que se celebran con tal ocasión. Instalación donde se exponen productos de un ramo industrial o comercial, como libros, muebles, juguetes, etc., para su promoción y venta”.

Stands, espectáculos, visitas escolares (los estudiantes serían los destinatarios privilegiados del producto libro), oferta sin alterar demasiado las neuronas para hallarle un adjetivo y demanda menor, ajustados a los términos de mercado.

Los precios altos, tal como el pasaje de ómnibus, los quesos, el taxi, los medicamentos, la carne, los anteojos, el pescado, los cuadernos y otros. Y en esto ya vale la pena detenerse un poco: no importa que en la feria se compre más caro que el resto del año en las librerías, supongo. Es que la feria es para comprar, aunque alguna que otra oferta sea un descubrimiento imperdible. Pero hay que navegar, ¿eh?, la pucha que hay que ahondar y rebuscar. Pero así sería en el medioevo o más acá o más allá. No todos los chacinados serían buenos, bonitos y baratos. Ni nutricios.

A la maquinita de tirar nombres con su significado le fue muy bien, seguramente. A tres pesos la revelación de cómo soy y quién fui, es una buena manera de informarse de algo, sin que duela mucho el gasto.

Hubo mucho trabajo. Fue extensa y la gente trabajó hasta el agotamiento. De algún modo, así debe ser.

Entonces, hasta lo que yo sé, la Feria respondió a  feria, como otras más o menos trascendentes y en uno u otro lugar. De modo que, ajustados a la acepción, todo correcto.

Un hallazgo a destacar fue el Club del Trueque, en donde el público podía llevarse un libro de autor mendocino a cambio de textos escolares para las bibliotecas. Otro, lindísimo, el “Arma de instrucción masiva”, un falcon verde de otros años transformado en escultura para albergar no sé cuántos libros por un rato nada más, porque el loco Quijote que lo ideó anda con él por barriadas y lugares chicos donde quizás ni librería haya, permitiendo que primero los ojos encuentren y después las manos se lleven  algún título alentador. Salud por la idea y por ese tipo necesario.

Hubo espacios interesantes para el tema de los derechos humanos, tomado desde distintas aristas clarificadoras y responsables. (A pesar, vaya paradoja, de que hace rato que se anda buscando los medios necesarios para editar Hacerse cargo. La identidad de lo detenidos-desaparecidos y asesinados en Mendoza (1974-1983) y el poncho, digo, el dinero no aparece).
Aunque... Y, bué.

Hay expresiones culturales que no pueden dejar de ser y buscan su lugar a fuerza de talento y rebeldía. En ciertos lugares o ciertas épocas se les llama/ba under. En este lugar fueron algo así como kelpers. Allá abajo, en los confines del edificio, en un subsuelo ardido y con menos encanto que el infierno del Dante y de difícil acceso como la casa de Asterión, la poesía traspiró, se enredó, se quejó, voló, argumentó, mientras las revistas la apantallaban para que no sufriera un infarto y tuvieran que ponerle más marcapasos que el simbólico.

Ese lugar, el “Indy-gentes”, voto a Diógenes, fue una prueba mayúscula de resistencia, especialmente al calor y a la claustrofobia. Por suerte, la “Moledora de carne” sirvió un vinito, hojear y ojear las revistas sirvió a la curiosidad y esos vates ignotos se la bancaron, lo que sirvió a la constante actividad. Pero... ¡che!

Los departamentos en la sala “Actriz Elina Alba” estuvieron algunos y se los sentía lejos como a la distancia geográfica real.

Resulta ser también que algunos actos de la Feria tuvieron una linda afluencia de público. Otros no, sufrieron las aguas bajan pocas, como camino a La Pampa (pero eso hace años, ahora no es tan así).

Aunque, a fijarse qué notable, creemos que los más concurridos fueron los de autores locales, en su mayoría. ¡Sorpresa! ¿Cambió la faz de la tierra? ¿Estamos viendo el lado oscuro de la luna? ¿Mendoza se puso generosa con sus propios? ¿Somos tan geniales que desautorizaremos por fin el refrán milenario “Nadie es profeta en su tierra”?

Nada de eso, a no cantar victoria. Pasó que varios de esos actos tuvieron como mentor a la misma institución, agrupación o comunión. Entonces, siguiendo con los términos del mercado, han tenido su público cautivo. Lo que no está mal. Está acotado, nomás.

Porque a quién le queda gana, a salto de cantero de hora en hora, para ir más allá a conocer otra cosa, a volver a escuchar, a preguntar a un desconocido ilustre o conocido ilustre o no, por más interesante que sea su libro a presentar. No hay cuerpo que aguante.

Si ni siquiera hubo tiempo, al terminar cada acto, de firmar un par de libros o de pedir ¡Otra! a los músicos ni de libar un diminuto vasito de buen vino. Es que agolpados en el ingreso de la carpa estaban siempre los próximos, manuscrito de presentación en ristre, mirando con cara de guerreros, con humor de pocas pulgas o con actitud de “Yo soy importante. Habrase visto, me robaron diez minutos de mi vida”.

Analizar y reflexionar, dijimos. Entonces vamos más allá de estas cuestiones puntuales: cuando hay mucho hay poco, creo yo.

Cuando hay que andar a mil para llegar a escuchar algo de interés y no poder ni aplaudir para salir como enajenado hacia otro lado; cuando la “oferta” es infinita y no permite ni siquiera la posibilidad de elección porque apuran los tiempos;  cuando hay ganas de debate, es decir de maduración de la cosa y se corta abruptamente para pasar a otra (imaginemos: pasamos de El terrorismo de Estado a Las impinchables bicicletas de los Mormones),  no queda menos que preguntarse cuál será la intención. ¿Un puro amontonamiento para impedir la razón?. ¿Un regodeo asaz de mucho?

Por otro lado también se me ocurre pensar que más que feria y acorde a los tiempos, me aparece la palabra shopping. Por ahora, ni bien ni mal, solo lo pienso.

Es que si los objetivos son claros, las palabras son fáciles de ubicar y su significado abarca y explica. Pero si los fines están diluidos o no armonizan con el objeto, el accionar se va por las ramas.

Se trata de saber que la cultura no es un simple factor social para fomentar o exhibir. La cultura es un derecho humano.

Entonces, más o menos satisfechos, más o menos molestos, más o menos presentes, más o menos ausentes, más o menos devotos de Tejada (¿qué diría Tejada?) o más o menos indiferentes,  está bien, ya sé. Somos la gatita de doña Flora. Nada nos conforma, nada nos deja en paz, nada “nos cierra”. ‘Ta bien. Por una vez tienen razón. Qué se le va a hacer. Somos la gatita de doña Flora. ¡Salud por eso!