¿Y nosotros, qué?

Mientras Obama decidió hablarle con claridad al mundo entero, explicando la profundidad de la crisis y asumiendo las riendas de la tarea por superarla, la dirigencia argentina y mendocina continúan mirando para otro lado. Entre la soberbia y la ineptitud.

Cuando aún Barack Obama no terminaba de clausurar los actos inaugurales de su mandato, sin que se respetaran los modos, los tiempos, ni el protocolo sacrosanto y haciendo caso omiso a un mensaje casi unánime de cambio, Wall Street, esa entelequia inasible que todo lo puede, le dejó a sus pies el primer desafío, la primera amenaza.

Se derrumbó la Bolsa en el corazón mismo del capitalismo, cuyo latir no pudo ser alterado por millones de almas que no muy lejos de allí, en Washington, gritaban, tremendamente esperanzados, “O-ba-ma, O-ba-ma” con un fervor con el que nunca antes había vitoreado a un presidente un pueblo frío de carácter y en medio de la frigidez climática más áspera que pueda brindar la naturaleza a la ciudad anfitriona del poder.

Bajo este “fuego amigo” -término infeliz acuñado por el saliente George W. Bush para otros menesteres, también insalvables en su era- el joven presidente presentó, en su discurso, su nominación a estadista que los tiempos confirmarán o no.

Obama fue humilde, directo, respetuoso de la dimensión de una crisis que supera, inclusive, los límites de su país, pero propietario de palabras poderosas, gentiles, acogedoras aun para los adversarios a quienes evitó consagrar como enemigos, sabedor de que necesita de todos y cada uno; aun, de los peores.

En su discurso de aceptación del cargo, le dio dimensión a la crisis con la que se encuentra. Hablándole a los estadounidenses, supo cómo informarle al mundo en torno a la gravedad del momento en que vivimos. Fue claro: evitando los rodeos, diseñó el camino a seguir, demarcado en lo urgente y lo importante de generar un mundo más confiable y previsible.

Obama sabe que, a pesar de ser uno de los pocos presidentes de su país que no transitó por la casi insoslayable responsabilidad de gobernar un Estado, tiene en sus manos una misión suprema que deberá ejercer a cualquier costo. Se refugia en sus dotes de líder, pero se respalda en la sabiduría de la humildad.

La Argentina le hizo saber al mundo, apenas estalló la crisis financiera mundial, que es fiel a algunos de los calificativos con los que se nos conoce en el exterior: soberbia, petulancia, falso orgullo. “No nos afectará”, dijimos por boca de nuestra presidenta, Cristina Fernández de Kirchner y nos burlamos de un mundo del que nos creímos ajenos.

Pero esa algarabía duró muy poco. Lo que duran, posiblemente, los papelones.

No estábamos bien tierra adentro y tampoco estábamos tan firmes a la hora de recibir las primeras ráfagas del huracán exterior que representa el cimbronazo del sistema financiero mundial.

El campo asediado por las retenciones que jamás fueron destinadas a la postulada “redistribución de la riqueza”, junto con una sequía de la Pampa Húmeda que reconoce escasos antecedentes en la historia, sumado al desconcierto del vacío de poder que representa un país signado por el “doble comando”, muchas veces contradictorio entre sí, ya hablan de una Argentina que empieza a sentir los primeros golpes de aire de aquel tornado mundial.

Como se dice en el campo, “nos agarra mal parados y nos puede voltear”. Fuimos testarudos (¿incompetentes?). Fuimos burlonamente exagerados a la hora de calcular nuestras fortalezas.

Mientras el presidente Obama, con la cabeza en alto, pide acompañamiento y sus colaboradores salen a advertir que no se trata de la versión humana de Superman, como lo hizo el ex secretario de Estado Collin Powel, la presidenta Fernández de Kirchner replicaba estas posiciones fundantes de un nuevo modelo, de cuyo éxito, ineludiblemente, dependerá el nuestro también.

Lo hizo desde lo alto del púlpito de una universidad en Cuba, en vísperas de su visita a otro destino fuera del circuito del mundo real: Venezuela, siendo fiel a quien sabe qué prioridades de agenda y asesorada por quien sabe qué asesores que no han sabido calcular que hoy mismo el petróleo que sostiene la presunta valentía del gobierno de este último país, cae a valores irritantes, socavando las bases de un ídolo de barro.

Con este panorama, ¿qué cara nos puede quedar a quienes vivimos en Mendoza, una vez que apagamos la televisión que nos contagia aquel lejano optimismo y volvemos a la realidad local

La Argentina ya decidió encriptarse en su propia soberbia inconducente. Ni siquiera, embarcándonos definitivamente en un proyecto populista sostenido por la economía de extracción y mucho menos en el desarrollismo que vecinos como Chile y Brasil vienen impulsando, con seriedad.

Nuestro país, en los actos y determinaciones de sus autoridades, está dedicado a mirarse al espejo de la ignorancia y la indecisión, cuando no en el falso reflejo de las aguas turbias de la equivocación.

Esa alegría de ver cómo alguien desde lo imposible está empujando un cambio de trascendencia histórica que nos refleja la pantalla de televisión, se torna incertidumbre aquí, en Mendoza, ante la pachorra de una dirigencia provinciana que no acaba de reaccionar, aun con los frutos de su propio campo derramados en las rutas o los cultivos arrasados por la naturaleza alertando que lo que viene será muy duro.

Mendoza no reacciona. ¿Seguirá el gobierno provincial, con el silencio de gran parte de la dirigencia de todos los sectores mirando para el mismo lado que Cristina? ¿Nos tomará el vendaval por la espalda, como ya está ocurriendo literalmente en el sur provincial o figuradamente como ocurrirá con las cuentas si no se sabe reencauzar el funcionamiento del Estado?

Desde MDZ hemos sido, en nuestra corta vida, bastante duros y directos, pero jamás hemos cultivado el pesimismo. Siempre que criticamos, señalamos que ese mismo momento puede resultar una bisagra, un momento de inflexión, el tiempo de levantar vuelo.

Pero nada de esto ocurrirá si no hay determinación y liderazgo. Y, lamentablemente, eso no se compra en el mercado y podemos decir que ni siquiera es un don natural: se construye o se dilapida el tiempo.

Si esto último es lo que ocurre, estamos en graves problemas. Mendoza dejará, pronto y ya en forma definitiva, de ser lo que muchos pensaron que podía llegar a ser.

Una vez más decimos: trabajemos para que esto no ocurra.